Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 29
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Capítulo 29

Jerónimo siguió caminando por el sendero que desembocaba en la playa, con el cuchillo recto como una espada en un duelo a muerte.

Estaba atardeciendo. Y de repente, recordó las puestas de sol en la albufera.

Alguien le dijo una vez que desde allí el último rayo de sol era verde.

Verde como la esperanza, o verde como el olvido.

La brisa y el sonido de las olas del mar golpeando la arena lo devolvieron a su infancia. Como si los años no hubieran pasado.

Al norte, pasando el barranco del Carraixet, se encontraba el pueblo de Alboraya y al sur, la playa de la Patacona.

Aquí no había restaurantes, ni chiringuitos.

Solo vio una pareja pasear a lo lejos. Y de cerca, unos metros más abajo, un hombre y una niña sentados cara a cara, jugaban con la arena en la orilla. Eran Alberto y Laura. Estaban solos.

Alberto les había dicho a sus hombres que se fueran a casa.

Que era un asunto personal. También podría haber cogido el coche y escapar con Laura.

«No», se dijo. No querría hacerle daño a su propia hija.

Laura era más importante que su propio bienestar.

Apretó más el cuchillo y también pensó que a él ya no le importaba hacerle daño a Alberto.

Terminó el sendero y pisó la playa. Se agachó y cogió un puñado de arena que dejó escapar entre los dedos. Aún estaba caliente del día. Le dio la vuelta al cuchillo y lo ocultó bajo el antebrazo. Laura no debía tenerle miedo. Solo Alberto.

Dio un paso despacio y luego otro. Vio unos cubos y unas palas de juguete. Laura construía un castillo de arena, mientras hablaba con Alberto.

—¿Viene papá? —preguntó la niña.

—Papá está aquí.

Laura arrugó su carita sin entender. La brisa jugaba con su pelo de hebras de oro.

Jerónimo estaba de espaldas a ella, que giró la cabecita, mirándolo por un momento con un ojo grande, azul. El otro lo tenía tapado por un parche. Después continuó jugando con la arena. Estaba tranquila entre cubos y palas de juguete.

Jerónimo recordó la vieja foto que Alberto le enseñó de los niños de su clase de párvulos y sintió un escalofrío. No podía negar la realidad. Laura tenía que ser su hija.

—Deja a la niña. Todo ha terminado.

Alberto no se inmutó. Laura, de espaldas a Jerónimo, lo copió y los dos continuaron creando un castillo de arena que se desmoronaba por los lados.

Jerónimo se pasó la mano por la frente y se quitó el sudor. Escuchó los graznidos de las gaviotas, que subían de intensidad como si chillasen en el cielo. Le quedaban diez minutos.

—Haz lo que te digo. —Levantó el brazo y le mostró el cuchillo.

Solo lo vio Alberto, que paró.

—Sabía que escaparías, pero no tan pronto. Te até fuerte a la silla.

—No. Me ataste fuerte a las mangas de la sudadera.

Alberto se tocó la barbilla y sonrió cansado.

—Pequeño Jerónimo, chico listo…

—Escúchame. Deja a la niña. La policía está de camino —insistió Jerónimo.

Alberto siguió llenando un cubo de arena. Le dio la vuelta y creó una torre.

—Cuidado. Que no se caiga. —Se dirigió a Laura y luego clavó la mirada en Jerónimo—. Te repito que quería conocer a mi hija, aunque fuera solo un momento. Aunque tenga que pagar el precio más alto, ya me da todo igual.

—Las cosas no funcionan así —replicó Jerónimo.

—Dime tú cómo funcionan. ¿Cargarle la culpa a otra persona? ¿Así es cómo funcionan las cosas? ¿Privar a un padre de su hija? Porque de ser así —su voz era hielo—, Carles y la loca de Connie tienen mucha mierda que tragar.

—¿Cuándo viene mamá? —preguntó Laura, con voz inocente.

Alberto suavizó su rostro.

—Mamá está durmiendo. ¿Te acuerdas? Está echando la siesta.

—¿Y papá?

Alberto sacó del bolsillo el arma y la puso debajo de su pierna.

Jerónimo sintió el corazón en la garganta.

—¿Cuándo viene papá? —insistió Laura.

—Papá vendrá cuando tengas el castillo terminado. Iremos juntos y lo traeremos aquí para que lo vea. ¿Vale?

Laura asintió mientras llenaba otro cubo con arena y Alberto le rozó la mejilla.

—¿Sabes lo que he aprendido estando en la cárcel, pequeño Jerónimo? Uno es siempre el protagonista de su propia película. Pues bien, vosotros sois los malos de mi película.

Apuntó a Jerónimo, que dejó caer el cuchillo. La respiración se le cortó. Abrió la boca, pero fue incapaz de que le salieran las palabras. Al final, balbuceó algo incoherente.

—No, no, no lo hagas, Alberto. No. Te arrepentirás.

Alberto habló más fuerte.

—¿Más de lo que me he arrepentido? —su voz parecía aullar—.

Perdí amigos, familia. Me quedé en la ruina.

Me he pasado años en la cárcel y sé que pasaré unos cuantos más.

—Su mandíbula temblaba—. ¡Me habéis quitado tanto en esta vida…

! Tanto, que ya no me queda nada más que me podáis quitar!

—Tomó aire por la boca y cuando habló, su voz era un susurro—: Quería conocer a mi hija.

Aunque fuera un rato. Aunque tenga que pagar un precio muy alto. Me da ya todo igual.

Laura se asustó. No entendía lo que estaba pasando.

Alberto levantó el gatillo preparado para disparar.

Para Jerónimo, el mundo se paró. No pudo decir nada.

Había verdad en las palabras de Alberto.

Miró al mar y vio un velero que paseaba tranquilo.

Nunca pensó que su última emoción antes de despedirse de este mundo fuese la serenidad.

Realmente nunca pensó en la muerte hasta ese momento.

Después de todo, quizás mereciese morir.

Se acercaron los coches de policía. Despertó. Pensó en Erik y quiso vivir.

—Alberto, no la jodas. Deja el arma y entrégate.

Sus miradas quedaron suspendidas en el tiempo. Jerónimo pareció ver el alma de Alberto y se preguntó cómo podía haber tanta tristeza en esos ojos tan vacíos de vida.

Laura empezó a llorar.

Tres coches de policía aparcaron a varios metros. Las luces azules y rojas centelleaban y eran más intensas al atardecer.

Jerónimo levantó los brazos en cruz y dio un paso más hacia Laura, sentada en la arena.

—No pasa nada —le dijo con los ojos fijos en el arma de Alberto—.

Voy a coger a la niña. —Se puso de espaldas haciendo escudo entre Alberto y la niña.

Estaba temblando—. Me llamo Jerónimo… Soy amigo de mamá…

Mamá habla un lenguaje secreto. ¿A que sí?

Yo también… Ella me lo enseñó… Mit navn er Jerónimo.

Laura se rascó el parche. Tenía la cara manchada con arena y lágrimas.

Su llanto se fue calmando en los brazos de Jerónimo, que se repetía que seguía vivo.

Escuchó reír a Alberto cuando habló en danés.

Una risa gutural y descontrolada. Jerónimo abrazó más a Laura, como si la protegiera.

Giró la cabeza despacio y se le congeló la sangre. Alberto se apuntaba a la sien.

Varios policías armados formaban un semicírculo apuntando a Alberto, que seguía de rodillas en la arena.

Jerónimo no se movió. Bajó la cabeza de Laura a su hombro.

—Cierra los ojos y te contaré una historia —le susurró a la niña.

Laura obedeció.

Alberto presionó más el arma contra la sien. La mano le temblaba tanto que parecían más espasmos que temblores.

—¡Me lo habéis quitado todo! —gritó.

Jerónimo estaba quieto como una piedra, con los ojos fijos en Alberto, mientras sostenía a Laura y le susurraba en danés un pequeño cuento.

—Alberto, no lo hagas, por favor. Saldrás de esta. No lo hagas —le suplicó Jerónimo mirándolo mientras tenía la mano sobre la cabeza de Laura.

—Dame una razón. ¡Dame una puta razón para no acabar con mi vida!

«¿Una razón?» pensó Jerónimo… y entendió algo de esta historia: que no había malos ni buenos.

Recordó que su amigo Christian decía muchas veces que hurt people hurt people (las personas heridas hieren a otras).

Sosteniendo a Laura, extendió el brazo con la mano abierta, como hizo con Josep antes de ser arrollado por el tren, por su culpa.

—La razón es que nunca me lo perdonaré. Nunca. —Laura abrió los ojos y lloró—. Pero la principal razón es tu hija, lo tienes que hacer por ella.

Entre tanto temblor, la pistola cayó al suelo. El resto fue cuestión de segundos. Varios policías atraparon a Alberto, lo sometieron y lo esposaron.

Detrás de un coche patrulla estaba Carles.

Jerónimo se acercó y le pasó a Laura, que hacía señas con las manitas para que su padre la cogiese en brazos.

Carles no reaccionaba a la llamada de su hija.

Estaba en estado de choque. Jerónimo dejó a Laura en el suelo y ella se agarró a la pierna de su padre, que la miraba como si no la reconociera.

A través de los cristales del coche patrulla, Alberto observaba a Laura y Jerónimo leyó en sus labios que le decían otra vez:

—Unos cardan la lana y otros se llevan la fama.

Jerónimo se agachó y recogió el cuchillo. Se quedó quieto. Presionó fuerte el dedo índice sobre la punta. La mano de un policía le tocó el hombro y le ayudó a incorporarse.

El sol acababa de desaparecer.