Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 28
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Capítulo 28

Sintió un picor en las mejillas. Apretó fuerte la mandíbula y escuchó sus propios dientes rechinar. Se le escapó un gemido. Agarró el cuchillo hasta que los nudillos se le quedaron blancos.

Es curioso cómo la mente juega con la memoria.

En ese mismo momento, Jerónimo recordó el colegio de primaria donde estudió.

Un edificio pintado de color amarillo paja y techos marrones, con un patio para jugar durante el recreo.

Cuando daba un paseo por Valencia, intentaba evitar esa calle, o quizás evitaba los recuerdos que ese colegio le traía. Ahora estaban más presentes que nunca.

Encontrarse con Alberto era como encontrarse con su pasado y recordó el día en el que Jerónimo lo retó por primera vez. Fue también el mismo día que se odió a sí mismo por lo que hizo.

Salió con prisas del colegio con su hermano pequeño de la mano. Le habían dicho en clase que lo esperaban a la salida.

La pandilla de Alberto los siguió con caras maliciosas de burla. Uno de ellos le preguntó si quería jugar al balón. A Jerónimo aún le picaba la nariz de un pelotazo que le dieron en la cara la última vez y la hinchazón no se había ido del todo.

No hizo caso de la oferta. Sabía que se estaban riendo de él. Agarró a su hermano Gabriel y agilizó el paso.

Recibió una colleja. Lo ignoró. Antes de torcer la esquina, alguien le lanzó el balón a la cabeza. Siguió andando rápido. Si paraba, no tendría ninguna oportunidad de enfrentarse a todos. Los cobardes siempre van en grupo.

Empezaron a gritarle que era un marica. Sintió vergüenza.

Había gente en la calle, pero la gente del pueblo era experta en ignorar estas situaciones.

Simplemente los niños estaban jugando entre ellos.

Aunque el acoso nunca fue un juego de niños.

Era un juego de tres: víctimas, cobardes y testigos pasivos.

Su hermano pequeño trotaba a su lado y le decía que andaba muy rápido y que le hacía daño en la mano. Jerónimo quería llegar a casa lo antes posible.

Cuando entraron en el portal, nadie los seguía.

Gabriel miró a su hermano mayor con cara seria y le dijo que lloraba como una niña y que se iba a chivar a papá.

Cuando su padre se enteró aquella noche, después de pasar horas en el bar, le dio una charla a Jerónimo sobre cómo ser un hombre y luego le dio una bofetada.

El día en el que decidió no llorar como una niña y plantarle cara a Alberto, se fue con él y con Josep a las vías.

Después del accidente, cuando salió corriendo y desapareció entre el polvo del tren, pensó que hubiese preferido que su padre le hubiera dado otra bofetada.

Que otros lo odiasen por ser cobarde a que se odiara a sí mismo por provocar una muerte.

El llanto de Carles lo trajo al presente. Su cara y su barba de finas líneas negras se arrugaban con cada sollozo.

Habían pasado cosas terribles en las últimas horas.

Alberto lo había secuestrado, interrogado… y había encontrado el paradero de Connie.

Dijo que había cambiado. Que ya no era el mismo. Mentira. Había matado a Connie.

Dijo que Laura era su hija. Mentira. Se la había robado a Carles.

Dijo que su padrastro le daba palizas y no sabía cómo controlar esa rabia cuando era un niño, pero que Jerónimo le caía bien y por eso nunca lo involucró en la muerte de Josep.

Otra mentira. No lo involucró para que todo el mundo creyera que él estaba subido en la tapia y Josep estaba solo en las vías cuando fue arrollado.

Es decir, Alberto nunca involucró a Jerónimo, para que todo el mundo creyera su mentira y salvar su propio pellejo.

La peor mentira no era la que le había contado Alberto. La peor mentira fue la que se contó a sí mismo. Creerse capaz de poder poner las cosas en su sitio, ahora en el presente, para así redimir el sentimiento de culpa por la muerte de Josep. Esa fue su peor mentira.

La historia se repetía. Esta vez más macabra.

Puso una mano sobre el hombro de Carles. Su mujer estaba muerta y su hija, con su peor enemigo.

Ahora parecía más pequeño, más niño. Hacía casi treinta años, su infancia se desmoronó cuando su hermano murió. Creyó ver el espectro de Josep en la cara de Carles y tuvo un escalofrío.

Las muñecas le escocían, pero más le dolía que Alberto hubiera matado a Connie y raptado a Laura.

Podía llamar a la policía y dejar que ellos se encargaran, pero la opción más fácil no era siempre la mejor.

Carles cogió su móvil. Jerónimo lo miró fijamente a los ojos, mientras le apretaba la mano. Sabía lo que tenía que hacer. Cuando habló, su voz era tan afilada como el cuchillo que tenía en la mano.

—No te muevas de aquí —le susurró a Carles—. Si no vuelvo con tu hija en veinte minutos, llama a la policía. Les dices que se den prisa o morirá más gente.

Carles lo miró confuso.

Acto seguido, Jerónimo salió por la puerta. Le temblaban las piernas, pero siguió andando.

A sus espaldas oyó a Carles sollozar otra vez y rápidamente, sus sollozos se convirtieron en un llanto fuerte e incontrolable.