Capítulo 27
Jerónimo pedaleaba tan rápido como los kilos le permitían bajo el cielo raso y la brisa marina, por caminos asfaltados y caminos de piedra con forma de serpiente enroscada. Subió y bajó por pequeñas ondulaciones de cuestas sobre un mapa de campos de huertas valencianas y casas de verano.
Era como volver a su infancia. Veranos húmedos, chapuzones y competiciones de bici descendiendo la pendiente más pronunciada, mientras esquivaban piedras y baches.
El miedo era un concepto que todavía no había calado en la conciencia de los niños.
Ahora la meta era salvar tres vidas y el miedo, el impulso que movía las piernas de Jerónimo.
Paró un momento. Solo se oía el ladrido de algún perro, dueño de la casa cuando el amo estaba ausente. Miró a su alrededor. Sabía que estaba en el lugar correcto, pero no sabía exactamente qué sendero seguir. Si Carles y Connie estuvieran allí, estarían bastante aislados de todos.
Encontró a un agricultor que pasaba con su tractor. Le preguntó cómo seguir hasta la dirección que le había dado su hermano Luis, el agricultor le indicó en valenciano. Moltes gràcies , le respondió Jerónimo.
En cada finca aparecían un par de casas, pero no había signos de que hubiera alguien. Siguió el camino sin asfaltar que le había indicado el agricultor y al poco paró en seco. El corazón se le aceleró. No habría reconocido la casa de campo si no hubiera sido por el coche de Carles.
Era el mismo coche de lujo desde donde hizo la llamada al hotel de Copenhague hacía una semana.
Se preguntó cuánto le costaría a Carles reparar el maletero abollado por la colisión que tuvo en el garaje de su casa.
Debió salir del hospital sin que le dieran el alta, sin que nadie supiese adonde iba o con quién se iba a encontrar.
El precio era más alto que la reparación de un coche de lujo.
La casa, o más bien caseta, estaba hecha de cemento y pintada en blanco, con ventanas de rejas de aluminio azules, situada en una pequeña elevación de terreno que daba a la playa, unos metros más abajo.
Echó un vistazo alrededor y se le cortó la respiración. Debajo de unos olivos había un coche mal aparcado. Alguien tuvo prisa y se olvidó de cerrar la puerta del conductor. Gotas de sudor caían por su frente. Ese alguien tenía que ser Alberto. Ahora estaría en esa caseta y estaba armado.
Tragó. Dejó la bici en el suelo, sacó el cuchillo de la mochila y se acercó despacio hacia la parte trasera de la casa, alerta a cualquier sonido o movimiento.
Estaba atardeciendo y el silencio le ponía aún más nervioso.
No sabía lo que iba a encontrar. Con cada paso, apretaba más fuerte el cuchillo, al tiempo que su respiración y su pulso se aceleraban.
Su plan era sacar de allí a Carles, Connie y su hija; el cómo, aún no lo sabía.
Una vez que estuvieran a salvo, llamaría a la policía.
Su única ventaja era que contaba con el factor sorpresa, para así pillar a Alberto desprevenido y evitar cualquier distracción que pudiera ponerlo nervioso y que cometiera alguna locura.
El olor a sal y el sonido de las olas del mar le acompañaron mientras pegaba la espalda a la pared y se movía con sigilo hacia la ventana. Se quedó debajo de esta, durante unos instantes. No se oía a nadie dentro de casa.
Levantó el cuello y echó un vistazo por una ventana, cubierta con una malla verde de las que se usan para protegerse de los mosquitos en verano.
A través de la malla, pudo distinguir un armario y una cama.
El corazón se le salió del pecho cuando vio dos cuerpos tumbados en la cama.
Estaban quietos, puestos cara a cara en posición fetal y con los ojos cerrados.
Se quedó sin aire en los pulmones. Uno de los cuerpos era el de Carles.
Estaba atado de pies y manos y con cinta en la boca.
El otro cuerpo era el de una mujer. Tenía que ser Connie.
Pero había algo extraño. Ella no estaba atada.
Sacudió los hombros para mantener la calma. Miró a sus espaldas y a los lados. Jerónimo susurró el nombre de Carles, pero él no reaccionó.
Lo volvió a intentar.
Carles abrió los ojos.
Jerónimo respiró hondo. Pensó por un momento que había llegado tarde y que estaban muertos.
—Aquí. —Hizo señales con las manos desde la ventana.
Carles movió ligeramente la cabeza hasta que su mirada se encontró con la de Jerónimo. Parpadeó varias veces. Miró confuso. Intentó decir algo, pero solo emitió un pequeño gemido. Había miedo en sus ojos.
—¿Está Alberto dentro? —preguntó Jerónimo moviendo los labios sin emitir palabra.
Carles se tomó unos segundos y negó con la cabeza.
Jerónimo rodeó la casa y encontró la puerta abierta totalmente.
Alargó el brazo y puso el cuchillo delante como si agarrase una antorcha.
La casa tenía un comedor pequeño con cocina integrada, un baño en la parte derecha y el dormitorio donde Carles y Connie se hallaban tumbados cara a cara en la cama.
Alberto no estaba en casa, pero lo que más le preocupaba era que Laura tampoco.
Cerró la puerta y fue hasta el dormitorio. Carles también estaba atado al marco de la cama por los pies.
—Ha sido Alberto, ¿verdad?
Miró a Jerónimo con desesperación mientras asentía con la cabeza.
Alberto no podía andar muy lejos. Se puso de rodillas al lado de Carles y guardó el cuchillo en el bolsillo. Le quitó la cinta de la boca.
—Laura. —Fue la primera palabra que pronunció Carles.
Jerónimo miró a la puerta. No había nadie.
—¿Dónde está Laura? —preguntó Jerónimo mientras lo desataba de pies y manos.
Sentó a Carles en la cama que no reaccionaba. Sus ojos negros, perdidos en la nada, se llenaron de lágrimas que mojaron su barba fina. De su boca salían sonidos incoherentes.
—Carles, ¿dónde está Laura? ¿Qué ha pasado? —repitió más alto mientras le sacudía los hombros para que volviera a la realidad.
Entre un llanto incontrolado, Carles levantó la mano y señaló la puerta.
—En la arena… —la voz apenas le salía del pecho.
—¿Tu hija Laura está en la playa?
—Alberto… Se la di a Alberto. —Se tapó la cara con las manos.
Jerónimo abrió más los ojos. Apretó el labio inferior fuerte, pero la rabia le impedía sentir dolor. Rabia por lo que estaba presenciando y por ser incapaz de comprenderlo. ¿Por qué se iría Alberto a la playa con Laura? Era mucho más fácil coger el coche y escapar.
Rodeó la cama y se acercó a Connie, que seguía durmiendo, quieta como una bella durmiente. Por fin estaba delante de la mujer a la que había estado buscando todos estos días. Era realmente guapa. Alberto no la había atado.
Tenía que darse prisa. Levantó la cabeza de Connie y le dio unas palmaditas en la cara. No reaccionaba. Había un olor agrio en la habitación. ¿La había drogado Alberto? Puso la mano sobre la cara de Connie. La piel estaba fría al contacto. Jerónimo sintió la bilis subiendo por su garganta.
—¿Qué le ha hecho a Connie? ¡No responde!
Carles estaba de espaldas sentado en la cama. Jerónimo sacudió la cabeza y luchó por dentro para contener el dolor.
Le cogió la mano a Connie y le habló en danés.
—Me llamo Jerónimo. Despierta. Despierta, Connie.
Connie no reaccionaba.
Carles se puso las manos en la cara. Se contoneaba y vomitó.
Jerónimo vio sus dedos temblar cuando los acercó al cuello de Connie. Ahora entendía los llantos de Carles. Sintió una daga atravesándole el corazón. Sintió frío. Frío y asco. Asco y locura. Locura y una rabia contenida de muchos años. Connie no tenía pulso. Estaba muerta.