Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 26
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Capítulo 26

Jerónimo estaba en el sótano de una bodega, atado de pies y manos a una silla.

Se le quedó grabada una imagen en la cabeza, la imagen de la pistola.

Nunca había visto una pistola real, pero aquello era real.

Las cuerdas que lo ataban eran reales, el pañuelo que le tapaba la boca era real y la muerte también era real.

Sintió un sudor frío y un calor intenso al mismo tiempo. No conseguía controlar la mandíbula. Los dientes le castañeaban. La última vez que vio a Alberto hacía casi treinta años, hubo una muerte. La historia se repetía.

Según lo que contaba, Connie le robó unos documentos que fueron más tarde manipulados para inculparlo y meterlo en la cárcel.

Connie, no solamente fue utilizada para su puesta en prisión, sino que también era la madre de su hija.

Respiró hondo. Aún le costaba creer que Laura fuera la hija de Alberto.

Una idea grotesca, pero al mismo tiempo era innegable que padre e hija sufrían de estrabismo.

Quería gritar, pero solo se quedó en un gemido desesperado. Respiró despacio. Gotas de sudor resbalaban por su frente. El miedo no lo iba a sacar de ese agujero. Sacudió su cuerpo e intentó controlar los temblores. Concentró su fuerza en hacer fricción con las muñecas. Tenía que salir de allí.

Le dijo a Alberto que tenía frío y se puso una sudadera.

Se untó las muñecas con virutas de jabón y dobló las mangas por dentro, mientras Alberto estaba distraído hablando y no se dio cuenta de que ató a Jerónimo sobre el doblado de las mangas de la sudadera.

El calor había derretido el jabón, que hacía efecto de lubricante.

Siguió friccionando las muñecas. No había forma de ceder el nudo. Parpadeó varias veces para quitarse las gotas de sudor que le irritaban los ojos. Si conseguía desdoblar las mangas por dentro, el nudo que ataba sus muñecas estaría más suelto.

Ahora sabía cómo colocar todas las piezas del rompecabezas.

Connie tuvo más de una razón para huir. Cuando Luis la pilló en el aeropuerto, Connie cambió sus planes.

Sabía que el bufete la buscaría en Dinamarca y también sabía que Alberto seguiría los movimientos del bufete.

Connie debió de haber tirado el móvil a la papelera para no ser localizada y esconderse por Valencia todos estos días.

Ganar tiempo. ¿Y Carles? Carles nunca supo nada.

Quizás ni siquiera ella supo que estaba embarazada hasta que fue demasiado tarde, cuando ya había conocido al amor de su vida en un viaje por la India y no supo cómo contárselo.

Después de la condicional de Alberto, tuvo miedo de que su secreto fuera desvelado, pero aún más miedo de que le quitasen a su hija. Alberto iba a por ella.

«Un poco más», se dijo mientras sentía en su piel una dolorosa ampolla.

Tenía que darse prisa, pero la adrenalina se evaporaba de su cuerpo.

Con un brote de rabia, se movió con fuerza y la silla se tambaleó y cayó de cara contra el suelo.

Lo que más le dolió fue la nariz y el labio superior.

Se mareó durante unos segundos. Parecía un feto atado a una silla.

Intentó abstraerse del escozor que le producía la piel de las muñecas al hacer fricción. Había conseguido un poco más de movimiento. La manga empezaba a ceder. La rabia le dio más fuerzas. Respiró más rápido. Siguió haciendo fricción. El nudo no aflojaba, pero la muñeca crujió y cedió un poco.

¿Qué haría Alberto con Carles? Era un padre desesperado y los padres desesperados hacen locuras.

El dolor en las muñecas era más intenso. Gritó por dentro. Pensó en mucha gente, pero sobre todo en Connie y su hija Laura. «Un poco más», se dijo. Parecía que se arrancaba una mano, pero por fin se liberó.

Estaba libre.

Libre.

Se quitó la cinta que le tapaba la boca.

Las manos le temblaban. Respiró profundamente varias veces.

Tragó, pero tenía la garganta seca como una piedra.

El dolor era demasiado intenso y no conseguía desatar el nudo de los tobillos.

Levantó los brazos. Gotas de sangre caían por las muñecas.

Abrió y cerró las manos hasta que la sangre fue circulando y recuperó el sentido del tacto.

Ahora sí que pudo quitar el nudo del tobillo.

Se dejó caer al suelo y abrazó sus rodillas como si quisiera hacerse pequeño y desaparecer. «¿Qué coño hago ahora?», se preguntó. Miró la pared, trazando las arrugas de pequeñas grietas. Tenía que hacer algo. Se levantó y entró al baño. Puso las manos bajo el grifo y las movió con cuidado.

Cogió su mochila. Abrió la puerta despacio. No oyó ningún ruido. Subió las escaleras en sigilo y llegó a un comedor. Miró a los lados. No había nadie. La casa estaba vacía.

Entró en el comedor, diseñado con muebles viejos: un mueble vitrina, una mesa oscura, ovalada, de los ochenta y un sofá marrón que parecía que había sido elegido como el más feo de la tienda.

En el mueble vitrina había un teléfono. Sintió un cosquilleo.

Lo descolgó. Dio línea. ¿A quién llamaba?

No se acordaba de ningún teléfono. Ni siquiera se sabía de memoria el número de Erik. ¿Llamaba a la policía?

Marcó y esperó. Desde la ventana vio el mar y casas unifamiliares.

Estaba en alguna urbanización, pero no sabía decir dónde.

Cuando salió una voz, dudó. Pensó en Alberto.

Un padre desesperado era un animal peligroso, sobre todo si tenía un arma.

Si la policía aparecía, podría hacer cualquier locura, si no la había hecho ya…

Colgó. Se tocó el estómago y sintió mareos.

La vitrina tenía una enciclopedia de tomos marrones y letras en color oro.

Hasta veinticuatro tomos. Una de esas enciclopedias que los padres compraban al vendedor de libros ambulante que pasaba tocando a la puerta, cuando ibas al cole en los ochenta y el internet era ciencia ficción.

Al lado del último tomo había el directorio viejo de las páginas amarillas.

Miró por la ventana otra vez. Alberto dijo que Carles estaba más cerca de lo que pensaba. Jerónimo reflexionó. Se estrujó el cerebro y cantó bingo. Cogió las páginas amarillas y ojeó rápido hasta que encontró el número que buscaba.

La secretaria le dio las buenas tardes.

—Quisiera hablar con don Luis.

—¿De parte de quién?

—Soy su hermano Jerónimo.

—Ah, me acuerdo de ti. El hermano guapo de Luis. Cuando quieras nos tomamos un café.

Jerónimo movió las muñecas doloridas.

—Bueno, ahora mismo me pillas un poquito ocupado. A ti te lo puedo contar. Se me ha caído el móvil al retrete del baño y no tengo el número de Luis.

—Qué putada.

—Mucho.

A la secretaria le pareció graciosa la situación y le dio el número de móvil.

Jerónimo le dio las gracias y le prometió pasar a tomar café.

La prima de la secretaria planeaba ir a Londres y quería hacerle algunas preguntas.

El peor sitio para aprender inglés era Londres, una burbuja llena de grupos que coexistían aislados del país.

Allí encontraría españoles en la soledad de la urbe y se aislaría en esa ciudad de paso.

Miró el reloj del comedor. ¿Habría llegado Alberto hasta Connie y Carles? Se encogió y sintió una piedra en el estómago.

Tenía el número móvil de su hermano y el de la policía. Dudó.

Luis tenía mucho que explicarle, pero si llamaba a la policía, sería él quien tendría que explicar mucho más.

Por otra parte, si la policía intervenía, podría poner más nervioso a Alberto y cometer otra locura, pero si no hacía nada, alguien podría morir. Estaba solo en esto.

No podía confiar en Luis y tampoco era buena idea llamar a la policía. Ninguna de las opciones era buena. Fue al baño. Se cambió de camiseta y se echó agua a la cara. Respiró hondo. Se miró, pero no le gustó lo que vio. Entró en el comedor. Cogió el teléfono.

—¿Sí?

—Soy Jerónimo —su voz era hielo.

—¿Jero? Jerónimo, ¿eres tú? ¿Dónde estás? ¿Qué está pasando? Gabriel me lo ha contado todo.

—Espero que seas tú el que me diga qué está pasando. Conocías a Connie y no me dijiste nada.

—Claro que conocía a Connie. Es la mujer de Carles.

—Pero no me dijiste que la amenazaste el día que supuestamente cogió un avión a Dinamarca. —Las palabras de Jerónimo salían a borbotones de su boca.

—Yo no la amenacé. Se lo he repetido a Gabriel y a la policía un montón de veces.

—¿Qué le dijiste? —Jerónimo apretó más el teléfono—. Quiero la verdad.

—Le dije que allá donde fuera, Alberto siempre la encontraría. Que hablase con su marido y que el bufete le podría dar protección.

—Pero Connie no confiaba en vosotros.

—No me incluyas a mí, Jero. Yo quería proteger a Connie. Mi intención…

—Quería irse pitando porque Alberto había descubierto que fue ella quien contribuyó a meterlo en prisión. Y supuestamente cogió un avión a Dinamarca. ¡No me dijiste nada!

—No me grites. Lo hice para protegerte. Te lo creas o no. ¿Qué quieres decir con que «supuestamente cogió un avión a Dinamarca»?

Gabriel no le había dicho nada sobre la información de la compañía aérea y Luis tampoco sabía que la razón de Connie para huir era Laura. No se lo había dicho a su marido y para Alberto sería solo cuestión de tiempo descubrir que él era el padre biológico de la criatura.

—No, Luis. Estoy muy cabreado. Soy yo el que hace las preguntas. ¿Tiene Carles una casa en la playa?

—¿No te gusta la casa del abuelo?

—No me jodas y respóndeme a la pregunta.

Cuando Luis habló, parecía que sus palabras salían entre dientes.

—Carles tiene varios apartamentos, aparte de su casa.

—Debe tener uno por la costa.

—Una caseta por la zona de la Patacona. Ahora mismo está en el hospital en observación después de un accidente de coche.

Luis se equivocaba. Carles estaba con Connie. Le mandó un mensaje a su móvil. Solo Alberto y él lo sabían.

—¿Dónde está la caseta exactamente?

Jerónimo apuntó la dirección que Luis le dio.

—Lo tienen en observación. Tuvo un accidente de coche.

—Y los dos sabemos quién está detrás de todo esto.

—Jerónimo, ¿dónde estás? Voy a buscarte, no te muevas.

Pensó que, si no se movía, podría morir gente inocente.

—Esto lo tengo que hacer yo solo —le dijo Jerónimo.

—¿No me vas a decir dónde coño estás? —insistió Luis.

—No. Yo también quiero protegerte.

Y colgó.

Antes de salir del chalé, guardó en la mochila el cuchillo más grande que encontró en la cocina.

Afuera no había nadie, solo campos de naranjos, tierra seca y un sol intenso.

La luz brillaba en el horizonte sobre el mar como cristales rotos.

Estaba en una elevación de montaña a menos de un kilómetro de la costa.

Se orientó mirando al mar. La Patacona seguía la costa hacia el sur.

No estaba lejos, pero tardaría mucho andando.

Al lado de la casa había un cobertizo de madera. Estaba cerrado con un viejo candado. Jerónimo cogió una piedra gorda y golpeó el pomo con todas sus fuerzas. Partió la madera y quedó la cerradura colgando.

Empujó la puerta, que chirrió. El cobertizo estaba lleno de herramientas de agricultura: rastrillos, palas, azadas, martillos y tijeras de podar.

Olía a polvo y a fertilizantes. Sus ojos se iluminaron.

Tuvo un golpe de suerte entre tanto desastre.

Apoyadas en la pared, había un par de bicicletas viejas.

Cogió la que le pareció estar en mejor estado y salió a toda velocidad.

Bajó el sendero y comprobó los frenos. Estaban duros, pero funcionaban.

La bici era de manillar recto, de ruedas anchas y suspensión en la parte trasera.

Una bici que le regalabas a un sobrino por su primera comunión.

La cadena estaba en buen estado, pero el sillín era un plástico duro con forma de tubo.

Bajó la cuesta y se orientó. Estaba seguro de que había pasado por esos campos cuando era niño y de que se había ido con los amigos en bici a comer melones y sandías debajo de un algarrobo en los días de verano.

Calculó que la urbanización estaba a menos de treinta minutos. Pedaleó con fuerza, como si le fuera la vida en ello. No pudo salvar a Josep, pero por lo menos lo iba a intentar con Carles.