Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 25
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Capítulo 25

Jerónimo mantuvo la vista fija en la pistola mientras el corazón se aceleraba y la respiración aumentaba. Pensaba en su hermano Gabriel. Vendría, ¿no? Tenía que ganar tiempo. El vino le supo a metal, como la sangre.

—Me estoy meando.

Alberto miró la hora, vació la copa de vino y no se sirvió más.

—Ahí. La primera a la derecha. —Señaló la puerta.

Jerónimo tenía las manos hinchadas y doloridas.

Movió las muñecas y tuvo un calambre. Fingió que le costaba andar y fue absorbiendo cada detalle de la bodega y el pasillo.

Se hallaban en un sótano. No había ventanas, pero podía oler el mar a través de las rendijas.

Estaban muy cerca del agua, en alguna urbanización al lado de una playa, pero ¿dónde?

Alberto cogió la cuerda con la que Jerónimo estaba atado.

—Date prisa. Meas y vuelves. Tengo gente fuera y la ventana del baño es demasiado pequeña para que quepas, así que ni te molestes.

Jerónimo pensó que el miedo no lo iba a sacar de ese agujero.

Entró, hizo pis mientras observaba a su alrededor.

Simple. Nada especial. Se lavó las manos y se quedó mirando el jabón con olor a cítrico y aceite de oliva.

Se le resbaló y cayó en el lavabo. Lo cogió, lo pasó suavemente por las manos y lo fue subiendo hasta el antebrazo.

Ahora mismo lo que más le apetecía era darse un baño de burbujas.

Le pareció la idea más tonta que podía tener en esos momentos.

Continuó frotando las manos y las muñecas.

Acercó el jabón a la nariz y lo olió. Tuvo un cosquilleo en la nuca y se le ocurrió otra idea tonta, una idea que podría ayudarle a escapar.

Una idea absurda como toda esta situación.

Cuando volvió del baño, Alberto seguía machacando cacahuetes.

—¿Puedo cambiarme de camiseta? —dijo Jerónimo y un músculo de su mandíbula tembló.

Alberto lo miró a través de sus gafas sin montura, como si no entendiera la pregunta.

Jerónimo tiró de la camiseta e hizo una mueca con la nariz.

—La que llevo está muy sudada.

Alberto asintió y observó cómo Jerónimo abría la mochila con una mano y sacaba una camiseta limpia y una sudadera con capucha. El corazón daba golpes fuertes en el pecho cuando se puso de espaldas a Alberto y se colocó la sudadera con una de las manos cerrada y llena de virutas de jabón.

—¿También tienes frío?

Jerónimo giró solo la cabeza y respondió deslizando una mirada al regulador de temperatura, mientras les daba la vuelta a las mangas desde el interior, sin que lo viera. El corazón golpeaba fuerte sus costillas.

Alberto lo cacheó. Tenía vacíos los bolsillos y en la sudadera no había nada. Le cogió las manos y le ató las muñecas y los pies a la silla.

—Hueles bien —dijo con un tono en el que Jerónimo no supo distinguir si había sarcasmo y ajustó el último nudo—. ¿Qué más llevas en esa mochila?

—Más ropa. ¿Dónde estamos?

—Soy yo el que hace las preguntas.

—Esta es la casa de tus padres, ¿verdad?

—Un chalé cerca de la playa. No te estoy contando nada que tú ya no hayas descubierto por ti mismo. Eres un chico listo, pequeño Jerónimo. Así que me vas a decir qué sabes de Connie.

—No mucho.

—¿Alguna idea?

—No.

Alberto entrecerró los ojos y sus mejillas marcaban más su rostro enjuto.

—¿Dónde crees que puede estar? —acentuó cada palabra.

—No. Lo. Sé.

Alberto cogió la pistola.

Una gota de sudor entró en el ojo de Jerónimo, pero ni siquiera se atrevió a parpadear.

—Connie nunca voló a Copenhague —contestó dando rodeos para ganar tiempo.

—¿Qué más?

Jerónimo respiró hondo e intentó mantener la mirada alta.

—Mi hermano Gabriel iba a contármelo, pero tus matones fueron demasiado rápidos en atraparme y en salir huyendo.

—Mientes. —Alberto levantó la pistola en el aire.

La mandíbula de Jerónimo tembló y sus palabras salieron de su boca con urgencia:

—¿Sabes que cuando descubran que has sido tú, vas a pasar más añitos en la cárcel de donde nunca debiste haber salido?

Alberto apuntó a Jerónimo, que contuvo el aire y hasta su lengua quedó petrificada.

—Eso no va a pasar —le dijo y sus ojos brillaron y por extraño que pareciese, estaban tristes—.

Tengo un plan. —Bajó la pistola y Jerónimo dejó escapar todo el aire, de golpe.

Era un momento de tregua—. Mis chicos me han dicho que tu hermano y tú estabais muy entretenidos viendo un video en su móvil.

¿Qué había en ese video? —Puso el móvil de Gabriel sobre la mesa.

—No sé —balbuceó—. ¿Lo has desbloqueado así de rápido?

—¿Crees que eso es lo difícil? Tampoco hizo falta ir a Dinamarca.

De todas maneras, yo no hubiera podido pasar el control de pasaporte con la condicional.

Pero sé cómo pinchar los mensajes de WhatsApp —dijo y se ajustó las gafas— y todavía es más fácil desbloquear un móvil.

—Se acercó a Jerónimo—. Vamos a verlo juntos entonces.

Ver a su hermano Luis discutir con Connie le parecía surrealista.

—¿Quién es el hombre que habla con Connie?

—No lo conozco.

Alberto se rascó la barbilla.

—Yo sí. Esa cara me suena. Estuvo en el juicio.

Jerónimo se quedó callado.

Durante el par de minutos que vieron el video, solo tenía una meta: escapar. Salir corriendo y no mirar atrás.

Entonces Alberto hizo algo curioso. Metió la mano dentro de la mochila de Jerónimo y escarbó hasta que encontró lo que buscaba.

—Tienes el móvil apagado. ¿Cuál es la contraseña? —le preguntó Alberto mientras lo encendía.

Jerónimo se quedó callado mirando la pared.

Alberto cogió de nuevo la pistola y se la pegó en la sien. Jerónimo apartó la cabeza como un acto reflejo. Sintió el frío metal y cerró los ojos.

—No es lo que tú crees, pequeño Jerónimo. No es venganza lo que busco. —Quitó el seguro.

—Y me lo dices apuntándome con una pistola. —Los dientes le castañetearon. Nada iba a parar a Alberto. Le dio la contraseña entre tartamudeos—. No vas a encontrar nada.

Alberto ignoró el comentario. Se quedó pegado a la pantalla entrando y saliendo de aplicaciones.

Jerónimo no había encendido su móvil en las últimas veinticuatro horas. Ahora sería cuestión de tiempo que la policía lo rastreara, pensó mientras recuperaba el aliento.

Alberto fijó sus ojos en Jerónimo.

—Es más fácil de lo que pensaba. Carles te mandó un mensaje esta tarde: «Vuelve a Valencia. Connie y mi hija están conmigo».

—¿Dónde están? —preguntó Jerónimo, aunque sabía que nunca se lo diría.

Los ojos de Alberto se abrieron más y formó una sonrisa tan grande y grotesca que podría haber asustado al mismo demonio.

—Más cerca de lo que pensaba. Te pone en el mensaje que te encuentres con él y vayas solo. Es más raro que su hermano Josep. —Cerró los ojos. Cuando los abrió, su rostro parecía esculpido en piedra. Apagó el móvil, y se lo guardó—. No quiero dejar ningún rastro.

Jerónimo se revolvió en la silla.

—Eres un hijo de puta.

Alberto llamó a sus hombres.

—Chicos, iros a casa. Del resto me encargo yo. No quiero involucrar a nadie más. Es un asunto personal.

Los gorilas desaparecieron.

Alberto abrió un armario y sacó una foto vieja con un marco gastado.

—Antes de irme, quiero que sepas algo. Mi madre enmarcó esta foto del primer año que hicimos primaria, en párvulos.

A mi padre le pareció una sensiblería, pero mi madre, que en paz descanse, la conservó.

Él nunca fue una persona fácil y, sobre todo, siendo yo su único hijo.

Las frustraciones de no poder comerse el mundo cayeron en mí.

Tenía mucha presión en casa. Tomé decisiones sin pensar y me equivoqué bastantes veces.

Jerónimo no le hizo caso a la foto. La rabia le comía por dentro.

Alberto continuó.

—Es fácil saber quién soy. —Y acercó el marco hasta Jerónimo, que movió el cuello hacia atrás y apenas prestó atención a esos niños vestidos con baberos anchos, verdes.

—Este soy yo. —Apuntó con el dedo—. Cuando cumplí los doce años, mi madre me contó que fui fruto de una infidelidad.

Un hijo bastardo. No me lo dijo con esas palabras, pero me lo explicó para que yo lo entendiera.

El marido de mi madre hizo de padre adoptivo todos estos años.

Sabía que yo no era su hijo biológico, puesto que no podía tener hijos…

y mi madre, que siempre quiso uno, bueno, cometió un error y me tuvo a mí.

Nunca conocí a mi verdadero padre. Ahora ya no tengo ningún interés.

Mi padrastro me enseñó lo fácil que era conseguir cosas abusando de la gente que te quería.

De puertas para dentro trataba a mi madre como a una mierda y a mí, más o menos igual, si me rebelaba.

Llegué a odiarlo con todas mis fuerzas. Durante el tiempo que estuve en la cárcel me di cuenta de que yo había sido igual con mucha gente, con mis compañeros de colegio.

—El rostro de Alberto se suavizó—. Contigo, por ejemplo.

Jerónimo encontró al joven Alberto en la foto y el corazón se le paró.

—A Connie le pagaron para robar unos documentos que luego falsearon.

Trabajaba como secretaria en una inmobiliaria que prometía a daneses apartamentos en la Costa Blanca, tirados de precio.

Nosotros teníamos una cartera de apartamentos a través de contactos con el ayuntamiento.

Me calentó la bragueta y cuando me descuidé, robó documentos importantes que luego falsearon y…

ya sabes cómo son estas cosas. Se busca a un culpable para tapar a otros delincuentes.

Ya no supe nada más de ella hasta hace poco.

—Tragó fuerte—. La sorpresa fue inmensa.

Jerónimo tardó unos segundos en asimilar la noticia.

—Y encontrando a Connie, encontraste a Laura.

Alberto asintió. Se mordió el labio inferior y cerró los ojos. Antes de hablar, Jerónimo se adelantó.

—Laura sufre de estrabismo.

Alberto asintió otra vez.

—Se le irá en un par de años, cuando cumpla los seis.

Se hizo silencio en la pequeña bodega de luz tenue. Un silencio tan profundo, que aplastaba a Jerónimo y no le dejaba respirar. Un silencio que era casi un grito de desesperación.

—Laura es mi hija.

Alberto se agachó y se puso casi de rodillas mirando a Jerónimo.

—No te metas en esto. Es asunto mío y de Connie. No puedes salvar a Carles. Él no es el padre. Lo soy yo —repitió—. Laura es mi hija. Mi hija.

Se levantó.

—¿Qué les vas a hacer? —preguntó Jerónimo, desesperado.

Alberto no respondió.

—Alberto —insistió—, ¿qué estás planeando? —Levantó más el tono de voz.

Miró una última vez a Jerónimo.

—Siempre me has caído bien. Lo digo en serio. Te encontrarán pronto.

Lo amordazó y antes de desaparecer por la puerta, guardó la pistola en el bolsillo de la chaqueta.