Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 24
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Capítulo 24

Jerónimo tembló. La voz desenterró recuerdos de la infancia que parecía que nunca habían existido, de tanto esconderlos en la memoria del olvido. Tuvo miedo. Nervios y mareo se daban la mano.

—Vaya, vaya, pequeño Jerónimo… —repitió Alberto.

La voz era aún más grave de lo que recordaba. La misma voz de la llamada de teléfono en Roskilde y la misma que lo acosó de niño.

Después de casi treinta años estaba delante de Alberto, el matón de la escuela. Aunque no lo hubiera reconocido. No era el recuerdo que tenía de él. No era tan alto como lo recordaba, pero esto podía ser porque él también había crecido.

Apretó los puños. Tenía muy claro que aquellos años ya pasaron y que no iba a mostrarle ninguna debilidad.

—Tenemos que hablar —dijo Alberto.

«Y hablaremos», pensó Jerónimo. Largo y tendido. Hasta que alguien viniera a rescatarlo o se le ocurriese cómo escapar.

Alberto dio la espalda a Jerónimo y con gestos calmados, buscó en la bodega una botella en concreto. Todas tenían el mismo tamaño, pero con formas diferentes y de algunas colgaban etiquetas raídas.

—Dicen que da buena suerte beber una copa de vino del año en que naciste. ¿Eres un año más joven que yo? —preguntó Alberto.

—Dos años más joven. Repetiste curso dos veces. Yo tenía once años, tú tenías trece.

Alberto paró unos segundos y miró a Jerónimo de reojo.

—Es cierto. Fueron tiempos difíciles para todos.

Puso la botella y una copa encima de la mesa rústica y sacó una bolsa de cacahuetes y un sacacorchos del pequeño cajón.

—El vino fue la obsesión de mi padre. Quería fermentar un vino para comercializarlo.

Vinos valencianos. De aquí de la tierra.

No tienen nada que envidiar a un Rioja… y menos aún a los franceses o italianos.

¿Sabes por qué los vinos franceses son más populares que los españoles?

Porque los franceses son buenos en el marketing y saben cómo vender sus vinos.

—Olió el corcho—. Nuestra calidad es igual o mejor.

—¿Me has traído aquí para darme una charla sobre enología y estrategias de marketing?

Alberto lo miró a los ojos, mientras dejaba despacio la copa de vino sobre la mesa. Era un hombre atractivo. Percibía a Alberto de una forma muy diferente a como recordaba a ese matón de escuela y por lo tanto creaba una disonancia cognitiva en su cerebro. ¿Quién era ese hombre?

—He abierto la botella para ti también. ¿Quieres?

Jerónimo le siguió el juego.

—Me tendrás que desatar.

Alberto se levantó, llenó otra copa y después le desató las manos. Jerónimo estaba alerta esperando un movimiento en falso que no llegaba. Se preguntó qué estaba tramando. Esa tranquilidad le ponía más nervioso.

Alberto reguló la temperatura de la bodega.

—No quiero que suba la temperatura, o los vinos más delicados se estropearán.

El sistema de enfriado se encendió e hizo un pequeño zumbido.

Jerónimo agarró la copa. Tenía las manos entumecidas y la camiseta pegada al pecho.

Hizo como que bebía y se mojó los labios sin apartar la vista de Alberto, que regulaba el sistema de enfriado.

El vino sabía a roble y frutas especiadas.

Pensó que podría golpearle con la botella y salir corriendo.

Podía correr muy rápido. Pero descartó la idea.

No funcionaría. Los gorilas estarían fuera y lo atraparían.

Se quedó mirando el sistema de enfriado. Por ahora le seguiría el juego.

Alberto se sentó a la mesa y abrió la bolsa de cacahuetes. Jerónimo lo observó mientras aplastaba la cáscara con el pulgar y el dedo índice.

—¿Quieres? —le preguntó.

Jerónimo negó con la cabeza.

—El buen vino me lo tomo con un buen queso, no con cacahuetes. —Dejó la copa en la mesa—. ¿Qué quieres de mí?

—Quiero que hablemos. ¿Te acuerdas de la última vez que nos vimos? ¡Puf! Desapareciste de la noche a la mañana.

Jerónimo bajó la mirada y sacudió la cabeza para así desechar los malos recuerdos. Se tocó la cara. La tenía dolorida.

—¿Me has traído hasta aquí para rememorar tiempos pasados?

La tarde del accidente, Jerónimo llegó a casa con los pantalones rasgados y sucios.

Su madre se puso furiosa. Se duchó y estando sentado en el filo de la bañera mientras se secaba, decidió contarle que había visto a Josep arrollado por un tren.

Cuando se levantó, tocaron a la puerta. Su madre abrió y una vecina le contó sobre la muerte de un niño en las vías del tren.

Jerónimo lo escuchó desde el marco de la puerta.

Parece ser que saltó el muro para recoger una pelota y cayó en las vías.

Solo hubo un testigo. Otro niño presenció la tragedia, sentado en la tapia que separaba la estación del tren y las vías.

La madre del niño se desmayó y el padre quedó en estado de choque.

La familia estaba de camino para el velatorio.

La casa de los Arnau era un enjambre de curiosos, vecinos y amigos que recogían los trozos de una familia rota por esta inesperada tragedia.

Luego la conversación derivó hacia si estaba bien que los padres permitieran que los niños se fueran a jugar al fútbol en plena siesta.

Jerónimo dejó la conversación de vecinas y entró en el comedor.

Su padre estaba viendo el fútbol de los domingos.

Le dijo que después del verano quería estudiar en el internado de Cheste, un colegio de renombre en Valencia.

Su padre apagó la tele y le chocó la mano.

Jerónimo nunca lo había visto tan orgulloso de él.

Levantó la vista y volvió al presente.

—Mis padres me metieron en el internado de Cheste.

Alberto masticó los cacahuetes con más fuerza.

—Nunca te despediste del grupo.

—Nunca tuve un grupo.

Jerónimo pasó todo el verano en el chalé de sus padres, alejado de chismes y habladurías. Cuando llegó septiembre, volvió a casa para coger la maleta y empezar el año académico en ese internado de renombre y lejos del pueblo. Ya no vio a Alberto ni a los otros niños.

—Nunca dijiste que yo también estuve.

Alberto paró de comer.

—Contar lo que pasó no traería de vuelta a Josep.

Jerónimo pensó en Carles.

—No contarlo ha hecho que Josep esté más presente que nunca.

—A Josep se le cayó la pelota. Fue a recogerla y ¡zas! Se lo llevó el tren.

Jerónimo apretó la mandíbula negando lo que escuchaba.

—No es exactamente cómo murió.

—Es así como yo lo recuerdo.

—Pero no es así como pasó.

—Sí que pasó así. —La voz de Alberto se elevó.

Jerónimo le lanzó una mirada de asco y prestó más atención a las botellas de vino colgadas de la pared.

Alberto continuó:

—Ahora que has conocido a su hermano pequeño, ¿por qué no te sinceras con él?

Los dos sabían bien que Jerónimo era incapaz. Es más, la culpabilidad que sentía por lo que pasó lo impulsó a ayudar a Carles a encontrar a su mujer y su hija. Enmendar de alguna forma el daño irreparable de la muerte de su hermano Josep.

—No le has dicho nada porque Josep no va a resucitar. ¿Sabes lo que le conté a la policía? Que lo llamé desde la tapia y le avisé que el tren se acercaba, pero no me hizo caso y se tropezó en las vías. Reaccionó demasiado tarde.

—¿Y se lo creyeron?

—La policía se lo creyó. Su madre me llamó mentiroso.

Jerónimo tenía grabada en la memoria la mirada de su propia madre cuando entró en el baño, más tarde.

Recogió la ropa sucia por el polvo de las vías del tren y le preguntó si sabía algo.

Jerónimo se puso nervioso y cuando se ponía nervioso miraba al suelo.

Negó con la cabeza. Su madre no le llamó mentiroso.

Simplemente no insistió. Su padre estaba demasiado contento con la noticia de que Jerónimo había decidido estudiar en el internado y hacerse un hombre de provecho.

—No sé por qué, pero le caías mal a Josep. Te tenía manía por lo que sea. Ya conoces el refrán, pequeño Jerónimo: unos cardan la lana y otros se llevan la fama. —Se frotó las palmas para quitarse las cáscaras de los cacahuetes.

Alberto transmitía una extraña serenidad.

Jerónimo continuó estirando el tiempo.

—¿Por qué te mandaron a prisión?

—Seguro que ya lo sabes.

—Pero no por ti. Quiero que seas tú quien me lo cuente.

Alberto lo miró unos segundos. Jerónimo esquivó la mirada y pensó en su hermano Gabriel. Desde la bodega no podía oír el ruido de la calle.

Cuando Alberto habló, su voz era tranquila.

—Me he pasado unos años en prisión por un puñado de mentiras.

No tuvieron pruebas de cargo que afectasen a mi derecho a la presunción de inocencia, solo pura especulación e indicios infundados.

Aparecieron unos documentos falsos a última hora.

Fueron admitidos. Era tan obvio que eran falsos…

Falsos —repitió mientras retorcía las manos, haciendo incómodos sonidos con los huesos.

—Unos cardan la lana y otros se llevan la fama…

—Exacto, pequeño Jerónimo. Te he traído porque quiero que me cuentes todo lo que sabes de esa zorra. —Metió la mano en un cajón y puso sobre la mesa una pistola—. Y me lo vas a contar todo.