Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 23
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Capítulo 23

El tiempo se ralentizó poco a poco hasta pararse.

Y se paró.

Quieto.

Estático en la nada. Y de la nada flotaba un nombre. Un nombre que se repetía en la mente de Jerónimo: Luis.

Fue Luis quien lo convenció para buscar a Connie. Fue Luis quien insistió en que se quedara en Dinamarca, a pesar de las amenazas de Alberto. Fue Luis quien intentó retener a Connie antes de coger un avión a Copenhague.

Cuando Jerónimo cobró conciencia, despertó para entrar en una nueva pesadilla.

El tiempo tomó velocidad y en segundos, la vida de Jerónimo corría un peligro mortal.

Todo pasó muy rápido.

Gabriel le cogió la mochila de viaje y bajó del coche. Metió los dedos dentro del maletero para hacer presión y desbloquear el sistema. Cuando se distrajo guardando la mochila, dos gorilas entraron por ambas puertas del taxi, e inmovilizaron a Jerónimo por los brazos.

El taxista arrancó.

Habían caído en una trampa.

Intentó moverse, pero no pudo.

Intentó gritar y pedir ayuda, pero tampoco pudo. Le taparon la boca con cinta adhesiva.

Intentó ver lo que pasaba, pero fue imposible. Eso fue lo peor. Le cubrieron la cabeza con una capucha y todo se volvió negro.

Solo escuchó dos cosas: el motor del taxi que aceleraba a toda velocidad y su corazón que aceleraba aún más rápido.

Casi no podía respirar. Se ahogaba. La última imagen que se quedó grabada en su memoria fue el asiento de su hermano ocupado por una masa de músculos con gorra y gafas de sol.

Unas manos fuertes lo agarraban por los brazos y una tercera le dobló la nuca para que se agachara. Que nadie lo viera. Que no levantaran sospechas. El móvil de su hermano se cayó al suelo. El taxi siguió acelerando. Le faltaba el oxígeno y todo se volvió negro.

Nadie dijo nada.

Minutos más tarde pararon. Sacaron a Jerónimo como un muñeco de trapo y lo arrastraron unos metros.

¿Iba a morir? ¿Así? Había llegado su hora y tuvo miedo.

Tuvo tremendas ganas de mear. Una mano le cogía de la cabeza y lo agachaba.

Lo estaban metiendo en otro coche. Eran profesionales.

No querían que nadie siguiera su rastro.

El coche arrancó. Al parecer, lo querían vivo.

Por algún capricho de su conciencia, su mente viajó al día que tomó el avión con dirección a Valencia para ver a su familia y a su sobrino recién nacido.

Atrás dejaba una relación con un danés que no terminaba de germinar.

Cada día había pisado un peldaño más abajo, hacia los infiernos.

Toda esta historia empezó con su hermano, quien lo puso en contacto con Carles y la desaparición de su mujer.

Luis siempre tuvo claro que Connie escapó a Copenhague.

Ahora Jerónimo sabía que era porque Luis estuvo allí discutiendo con Connie mientras ella esperaba en la cola para pasar el control de seguridad.

Connie debió despistar a Luis. Carles, desesperado por encontrar a su mujer e influenciado por los consejos de Luis, insistió tanto, que Jerónimo acordó ir a Copenhague y encontrar a la mujer, siempre y cuando ella estuviera de acuerdo con hablar con su marido.

Un trabajo fácil: confirmar que Connie y su hija estaban bien.

Después de la llamada de Alberto, quedaba claro que Connie no huía de su marido.

Sintió la bilis subir por el esófago, como veneno.

Intentó tragar, pero tenía la garganta seca.

¿Qué hacía Luis discutiendo con Connie, el día de su desaparición? ¿De qué hablaron? ¿Qué le dijo para que cambiara sus planes y nunca volara para encontrarse con su familia? Y si no cogió ese vuelo, ¿dónde estaban ahora Connie y su hija? ¿Seguían vivas?

El golpe de adrenalina pasó a un miedo absoluto.

Intentó controlar la respiración, pero solo salían unos gemidos.

—Cállate o te mato —dijo una voz grave.

Sintió la presión de un metal en el costado y tuvo un escalofrío. No se movió.

¿Y si Connie había sido raptada por la misma gente que lo tenía retenido? ¿Sería Luis capaz de matarlo a él, su propio hermano?

Lo conoció el día de la repartición de la herencia de su padre, pero este no les había dicho nada. Nunca los presentó y se llevó las razones a la tumba.

¿Por qué buscaba Luis a Connie? Recordó las palabras de su hermano: «es un favor», «yo solo soy un mandado». ¿Un mandado? Una luz se encendió. En eso no mentía Luis. No era exactamente él quien buscaba a Connie. Tenía que haber alguna relación con el bufete.

Connie sabía que todos la estaban buscando: su marido, Alberto y el bufete donde trabajaba Luis.

Había algo claro: en el momento en el que a Alberto le dieron la condicional, alguien del bufete estuvo muy interesado en contactar con Connie.

Una alarma saltó y Alberto encontró lo que buscaba: la «rata» que había declarado en su contra.

Tenía que estar equivocado, porque si todo esto era cierto, la historia de la desaparición de Connie y su hija era más macabra de lo que había pensado. Tuvo ganas de vomitar.

El coche paró. Había perdido la noción del tiempo. Lo llevaron a rastras hasta un lugar donde lo sentaron y le ataron las manos. La temperatura cambió. Sintió frío.

Si oponía resistencia, lo podían matar, pero si no hacía nada, también.

Fuera quien fuese la persona que lo había raptado, descubriría pronto quién estaba detrás de los motivos de la desaparición de Connie.

No iba a ceder tan fácilmente. Se escapó de Valencia hacía veinte años, se escondió durante una temporada y cuando salió convertido en un traductor profesional, viajó por casi todos los países de Europa y parte del continente americano.

Se había codeado con diplomáticos, políticos y empresarios.

Había visto las reglas del juego y había visto ganar y perder.

No se movió, como sus raptores querían. Se quedaría así hasta que pudiera atacar.

Todo estaba claro: Connie cambió los planes de volar a Copenhague cuando apareció Luis. Ahora había que saber por qué y no iba a perder la partida.

Le quitaron la capucha y la venda de los ojos.

La luz era intensa y todo parecía borroso.

Jerónimo parpadeó varias veces y ajustó la vista.

Vio a sus raptores. Uno al lado del otro.

Tenían la misma estatura y el mismo tamaño grande de orangután enfadado.

Parecían idénticos. Jerónimo estaba mareado.

¿Veía doble? Llevaban medias en la cabeza, que les desfiguraban el rostro.

Pero vestían con camisetas de colores distintos. Eran hermanos.

—Pin y Pon… —murmuró y se rio de su propio chiste.

—¿Qué ha dicho? —dijo uno de ellos con voz tosca, ajustándose la media en la cara.

Jerónimo movió la cabeza hacia atrás y pidió agua. Tenía la garganta seca.

—Ha dicho que quiere agua —dijo el otro.

Uno de los hermanos llenó un vaso y se lo puso en los labios. Jerónimo bebió con avidez. Observó el lugar. Estaban en una pequeña bodega de vinos. Paredes de cemento cargadas de hileras de botellas y luces tenues en las esquinas. Olía a agrio y a sótano húmedo.

Jerónimo tiritó. Estaba mojado en sudor. Movió las muñecas. Tenía las manos bien atadas. Intentó abrirlas y cerrarlas para que la sangre circulase.

No había ventanas. Solo un par de sillas, una mesita y muchas botellas de vino, algunas con la etiqueta raída por los años. Gotas de sudor le caían por la frente. Cerró y abrió los ojos varias veces.

El otro orangután le apretó el hombro y presionó el nervio. Le hizo gracia escuchar a Jerónimo gritar.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Jerónimo entre jadeos.

El orangután miró a su hermano y soltaron unas carcajadas.

—Está bien —dijo Jerónimo—. A ti con la camiseta blanca sucia, te voy a llamar Pin; a tu hermano de camiseta gris vieja, Pon. Sois Pin y Pon.

Los hermanos se miraron sin entender. Uno de ellos comprobó la hora. Jerónimo intuyó que estaban esperando a alguien.

—Quítate la media para que te vea bien la cara.

El orangután gruñó con desprecio. Jerónimo continuó provocándolos.

—Las medias se ponen en las piernas y solo las llevan las mujeres.

—Va de gracioso el marica este —dijo el orangután Pin.

Jerónimo escuchó atento su voz y continuó hablando.

—Me estoy meando.

El orangután Pon lo miró con cara de pocos amigos.

—Te aguantas.

—No puedo.

—Cierra la boca.

—Es que…

—¡Que cierres la boca, te he dicho!

Repitió las palabras en su mente. Ahora estaba familiarizado con la voz de los dos hermanos.

—Estamos en la playa. Lo puedo oler. Hemos dado vueltas, pero estamos muy cerca de la costa. Mi hermano habrá avisado y la policía llegará de un momento a otro. Os pueden seguir con el sistema del GPS del móvil.

No estaba seguro de lo último, pero se lo inventó.

—Nuestro jefe está de camino. Quiere hablar contigo —dijo el orangután Pon.

—Dile a vuestro jefe que se vaya a la mierda.

El orangután Pon le metió un guantazo. Jerónimo apretó los dientes. Se mareó y sintió sabor a sangre.

—El jefe insiste y tú haces lo que se te dice.

—Yo también insisto. Dile que se vaya a la gran mierda.

Antes de terminar la frase, le había pegado otro guantazo, que le hizo zumbar el oído durante unos segundos.

Este le dolió más. La última vez que le dieron una torta, fue en un bar gay en Berlín y no fue precisamente por ser gay, sino por defender a una chica que, por cierto, era lesbiana. Bueno, todo quedaba en casa.

—Dijo el jefe que no lo toques —dijo el orangután Pin.

—Un poco tarde —consiguió decir Jerónimo mientras movía los músculos de la cara y un hilo de sangre corría de la comisura de la boca—. Mira, habéis hecho vuestro trabajo. Me trajisteis, pero a mí no me interesa. Así que quiero irme.

Los dos gorilas se miraron, cruzaron los brazos al mismo tiempo y empezaron a reírse. Sus risas hacían eco en la pequeña bodega.

—¿Quieres otra hostia, listillo? —dijo el orangután Pon.

Jerónimo negó con la cabeza gacha. Mejor se callaba.

—No le pegues. —Levantó la mano su hermano—. Dijo el jefe que se encargará él de que este marica desaparezca. —Y le tapó la boca con cinta.

Jerónimo tuvo un escalofrío. ¿Hacerle desaparecer? Su hermano Gabriel lo estaría buscando con todo el regimiento de la policía de Valencia. ¿Podría aguantar? ¿Y si no lo encontraban?

La puerta se abrió y entró alguien que lo observó.

Jerónimo puso la espalda recta y sintió que quería levantarse y correr.

Era un hombre de estatura mediana, con el rostro enjuto, pelo color pimienta y unas gafas sin montura sobre una nariz larga, pero en consonancia con las facciones de la cara, que le daban un aire intelectual, o como mínimo interesante.

Llevaba una camisa blanca de lino y pantalones a juego.

Parecía un marido atractivo cuarentón, de estar por casa.

Incluso tenía cara de buena persona. Hizo una señal con la frente y los dos gorilas desaparecieron de la oficina.

¿Quién era ese hombre? ¿Luis trabajaba para él? ¿Qué quería?

Jerónimo irguió más la espalda.

El hombre se acercó y puso su dedo índice sobre sus labios, mientras le quitaba la cinta aislante con la otra mano.

—Sh… —Sus ojos eran duros, de color ceniza.

Jerónimo intentó sacar pecho y clavó su mirada en el adversario. Cuando habló, escupió las palabras:

—No sé cómo convencisteis a Luis para que hiciera lo que hizo, conmigo lo tendréis más difícil.

El hombre sacó un pañuelo de papel del bolsillo y le secó la sangre del labio.

—Vaya, vaya, pequeño Jerónimo, cómo pasa el tiempo…

Jerónimo sintió como si le pasaran una espada fría por la columna. Miró más detenidamente al hombre que tenía enfrente y fue ahí cuando empezó a sudar.

—Alberto…