Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 22
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Capítulo 22

Durante el vuelo Copenhague-Valencia con escala en Madrid, Jerónimo sacó el libro que le había regalado Erik: Memorias de Adriano , pero no consiguió concentrarse en la lectura y se quedó dormido por el cansancio y el estrés.

Fue un sueño intranquilo que lo mareó más que relajarlo. El avión aterrizó a la hora prevista.

Pasó por el control de pasaportes. En la cola estuvo tentado de encender el móvil y llamar a Luis, o contarle las últimas noticias a su amigo Christian, pero le prometió a Gabriel no encenderlo hasta encontrarse con él.

Se agarró más fuerte a la mochila, como si así pudiera seguir de pie más tiempo.

Estaba cansado, mareado por el viaje y bastante irritado.

Guardó el pasaporte y sacó el móvil por inercia.

Paró. Recordó las palabras de su hermano Gabriel: «Apaga el móvil».

¿Estaba de broma? ¿Qué había visto Gabriel en el video de circuito cerrado?

Pasó por la puerta de salidas y buscó a su hermano con la mirada.

En una mano tenía la mochila y en la otra el móvil.

Si no aparecía en los próximos segundos, encendería el maldito móvil y cogería un taxi para llegar a la casa del abuelo.

Estaba cansado de tanto misterio. Le dolían los oídos y aunque no había comido, tampoco tenía hambre.

Quizás esa era una buena señal. Perder unos kilos.

Contó hasta tres y entonces alguien le tocó el hombro por detrás y saltó.

—Estoy de servicio —dijo su hermano Gabriel, poniendo su mano encima de la de Jerónimo, que sujetaba el móvil.

Echó una mirada de arriba abajo al uniforme de policía nacional de su hermano, con cierta molestia.

—Yo no. Y estoy cansado y de mala leche. Así que espero que lo que me tengas que contar sea muy importante. Extremadamente importante.

—¿Has encendido el móvil?

—Estoy muy tentado.

—No lo hagas.

—¿Y la razón?

Gabriel clavó la mirada en Jerónimo y sus manos grandes lo cogieron por los hombros.

—Te vienes conmigo. Tu vida corre peligro.

Jerónimo abrió la boca, formó una sonrisa tonta y solo pudo decir:

—Ah… siendo así…

Se pegó a su hermano que siguió caminando. Atravesaron las puertas y salieron a la calle.

—¿Algo nuevo de Connie? —preguntó Jerónimo.

—No.

—¿Cómo está Carles?

—En observación. Alguien colisionó con él por detrás cuando sacaba el coche del garaje. No se había puesto el cinturón y se golpeó la cabeza con el volante.

Jerónimo tragó.

—Lo quieren asustar.

—¿No has encendido el móvil? —le preguntó Gabriel. Jerónimo negó con la cabeza, exasperado—. ¿Cuándo hablaste con Luis por última vez?

Jerónimo se tocó la barbilla y recordó que se había comido las galletas artesanas que compró para Eva, cuando habló con Luis.

—Hace un par de días. ¿A dónde vamos?

—A coger un taxi. —Y levantó la mano.

—¿Un taxi? ¿Y tu coche?

Gabriel arrugó la frente.

—En el taller. Esta mañana me di cuenta de que tenía las ruedas pinchadas.

Jerónimo abrió los ojos.

—¿Más de una?

—Las dos traseras.

—¿No te parece raro? —dijo ladeando la cabeza.

Gabriel miró a su hermano unos segundos, pero no respondió a la pregunta.

—Vamos a la cafetería que está al lado de la comisaría. Uno de los jefes de la policía quiere hablar contigo.

Jerónimo se detuvo y levantó la palma de la mano, haciendo un círculo en el aire.

—Para un momento. No tengo ganas de tomar café con nadie. Quiero ir a la casa del abuelo.

—Quiere verte de forma extraoficial y que le cuentes sobre Connie, Carles y Dinamarca. —Jerónimo pensó en Alberto, pero no dijo nada. Gabriel continuó con el plan—. Eva quiere que te quedes con ella en la casa de campo de su padre. —Se rascó la nariz y bajó la mirada—. Si te apetece.

—Claro que me apetece.

—Vale. —Y continuó andando.

—No, espera. No vale. Me apetece estar con Eva y el niño, pero no quiero ver a tu jefe.

—Lo hemos hecho pensando en ti.

Jerónimo enarcó una ceja.

—Muy amable por vuestra parte —dijo con sarcasmo.

El taxista se bajó del coche.

—Así es mejor —insistió Gabriel—. Una reunión informal. Solo él, tú y yo.

Se le escapó una carcajada seca.

—¿Solo él, tú y yo? ¿Y si me niego?

—No lo hagas todo más difícil.

Jerónimo cruzó los brazos, clavó una mirada en su hermano y esperó una respuesta.

—¿Y si me niego? —repitió.

Gabriel miró el pie de Jerónimo repiqueteando en el suelo.

—Obstrucción a la autoridad. Esto es serio, Jero.

—Vaya… —dijo mientras pensaba que había caído en alguna trampa.

El taxista los estaba observando sin atreverse a decir nada.

Jerónimo le pasó la mochila a su hermano, que la agarró por inercia.

—Tengo que ir al baño. —Pasó por el lado del taxista, que estaba entretenido viendo la discusión y le dijo—: El poli no es mi novio, es mi hermano pequeño y es un tocapelotas. Ahora vuelvo.

Gabriel se puso rojo como un tomate.

Jerónimo entró en el baño y se echó agua en la cara para atenuar los nervios.

Se miró al espejo. Madurito canoso con barba.

Torció una sonrisa y se bajó la camiseta un poco más.

¿Se compraba ropa de una talla más grande?

No. Tenía que correr y cerrar la boca. Apoyó los puños sobre el lavabo.

Hizo presión. El pobre Carles estaba ahora en el hospital.

Si no fue Alberto quien interfirió en el intento fallido de fuga de Connie, ¿quién impidió que cogiera ese vuelo?

Algo falló en el plan de Alberto. Algo falló en el plan de Connie.

Salió del baño. Era hora de negociar. Volvió a la parada de taxis.

—Acepto. Le contaré a tu jefe todo lo que sé de Connie, Carles y Dinamarca. No iré a Londres. Todavía no. Me hace mucha ilusión ser yo el que desaparece. Voy a pasar unos días con Eva y mi sobrino en el aire fresco del campo.

Gabriel escuchó a Jerónimo atentamente con los ojos entrecerrados y sus cejas más marcadas.

—Pero… —añadió Gabriel.

—Pero yo también tengo una condición.

—¿Qué es?

—Quiero ver el video ahora.

Su hermano bufó.

—¿No puedes esperar a que hablemos con mi jefe, primero?

—No.

—Eres terco como papá.

—Y suave como mamá. —Sus pestañas revoloteaban y una pluma se cayó al suelo.

Gabriel cerró fuerte las manos y dio un paso adelante.

—No le dirás nada a mi jefe. —Se acercó más a su hermano—. Ni a Eva. ¿Me has entendido? —Su voz era dura como sus puños.

Jerónimo asintió.

Gabriel insistió.

—A nadie.

—Te lo prometo por Snoopy.

—No me toques los huevos, Jero —levantó la voz.

—Eso sería incesto.

—¡Jerónimo!

Jerónimo echó el cuello hacia atrás. Había tocado el límite de la paciencia de su hermano. Borró una sonrisa tonta y dijo, serio:

—Está bien. ¿Vale? Lo entiendo. No diré nada.

Gabriel negó ligeramente con la cabeza.

—No te va a gustar lo que vas a ver.

El corazón de Jerónimo paró unos segundos. Se sentaron en el taxi. Gabriel puso su móvil en posición vertical y se lo pasó a Jerónimo.

—Aquí tienes el video.

—¿Saben que lo tienes guardado en tu móvil?

—Ni siquiera saben que sé de su existencia.

Jerónimo pegó los ojos al video. Era un circuito cerrado con la imagen en blanco y negro.

Marcaba la fecha y la hora del día que desapareció Connie con su hija.

Era fácil reconocerla entre la gente que iba y venía con maletas, abrazos de despedida y besos de reencuentro.

Connie era alta y de pelo claro. Tenía cogida de la mano a su hija y estaban haciendo cola para pasar el control de seguridad.

La niña llevaba una mochila pequeña con orejas de ratón.

Sería la que solía llevar cuando iba a la guardería.

La mochila de Connie no era mucho más grande.

La cola continuó. Alguien se les acercó por la espalda.

Un hombre. Gabriel tenía sus manos sobre las rodillas y las apretaba como un pasajero en un vuelo con turbulencias, mientras sus ojos bailaban de Jerónimo a la pantalla del móvil.

—No le dirás nada a nadie. Tiene que haber alguna explicación.

Jerónimo respiró hondo.

Golpearon el cristal del coche y los dos hermanos dieron un respingo. Era el taxista desde la calle.

—Perdone —le dijo a Gabriel a través de la ventanilla.

Gabriel bajó el cristal.

—¿Qué pasa?

—Tengo jodido el sistema para abrir el maletero. ¿Le importa levantarlo con la mano desde fuera, cuando yo le dé al sistema desde el cuadro de mandos?

—Voy. —Abrió la puerta y cuando salió del coche le dijo a su hermano—. Ahora te lo cuento todo.

Jerónimo no levantó la vista de la pantalla.

Vio a un hombre vestido con traje de chaqueta.

Parecía un ejecutivo. No era muy alto. Movía los brazos, nervioso, mientras le decía algo a Connie.

Pensó en Carles. Mintió y sí que tuvieron una pelea.

El hombre intentó agarrarla del brazo, pero ella se soltó dando un paso hacia atrás.

Cogió a Laura y continuó la cola. Parece que se conocían.

Jerónimo pegó más los ojos a la pantalla.

Estaban secos. Parpadeó varias veces. La figura se giró y el corazón de Jerónimo cayó en picado.

El hombre que intentaba sacar a Connie de la cola del control de seguridad era su hermano Luis.