Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 21
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Capítulo 21

—¿Gabriel? ¿Todo bien?

—Jero, ¿sigues en Copenhague? —la voz de su hermano sonaba preocupada.

—Estoy en Roskilde.

—¿Eso es Copenhague?

—Más o menos. Dinamarca.

Jerónimo presintió cuál iba a ser su siguiente pregunta.

—¿Cuándo vuelves a Valencia?

Pensó su mejor respuesta y solo se le ocurrió decir:

—Pronto.

Le contó a Gabriel la visita al hospital psiquiátrico, el encuentro con la madre y la carta de Connie, pero omitió la llamada de teléfono de Alberto. No quería preocupar a su hermano más de lo necesario. Había tomado la decisión de quedarse hasta que hubiera noticias de Connie.

—Esa mujer no está estable —dijo Gabriel—. Llevas casi una semana fuera. Deja que la policía se ocupe. Te puedes caer de culo.

—Creo que eso ya lo he hecho alguna que otra vez.

—Eva piensa que eres muy gracioso. Yo no. Vuelve a Valencia.

—¿Eva y el niño están bien?

—Estamos bien. Cambio pañales y duermo poco.

—A eso lo llamo ser papá. —Ajustó el móvil e inspiró—. Gabi, escucha, ahora no puedo volver. Prometí a Carles encontrar a su mujer y siento que estoy muy cerca.

—Eva me pidió que hablase contigo. Quiere que vuelvas a Valencia. Está preocupada por ti.

—¿Eva? —Carraspeó—. Sé cuidar de mí mismo.

—¿Y qué le digo?

—Dile que hablaste conmigo y que estoy bien. —El silencio de Gabriel le hizo sospechar que había algo más detrás de su llamada—. Hay algo que no me estás contando —le dijo a su hermano.

—¿Es que no puedes escuchar a la familia por una vez? —preguntó Gabriel, con tono enfadado.

Jerónimo ya no tenía sospecha. Conocía a su hermano y no sabía disimular.

—Está bien. Dame una razón.

—No puedo.

—O no quieres.

Gabriel se quedó callado. Jerónimo insistió:

—Necesito que me des una razón para volver. Una razón que me explique por qué tengo que dejar de buscar a esa mujer y a su hija.

La voz de Gabriel sonó otra vez más gruñona que enfadada.

—Vuelve, Jero. Tienes que volver, porque… si te pasa algo, Eva se pondría muy triste.

—Gabi, no es el momento.

—Nunca es el momento.

Jerónimo pensó en Alberto.

—Solo te puedo decir que esto va más allá de la desaparición de una madre y una hija. Pero te prometo que te lo contaré cuando todo termine.

—Si no termina antes contigo.

Jerónimo apretó el móvil.

—Por favor, Gabi. No me lo pongas más difícil.

—¿Qué le digo a Eva?

—Dile que tienes un hermano mayor muy cabezón y que muchas veces se equivoca, pero hay algo cierto. —Paró unos segundos—. Siempre pienso en vosotros.

—Deja de jugar a los detectives. Hazme caso. Vuelve a Valencia. Esto puede ser más peligroso de lo que tú te crees.

Jerónimo paró antes de entrar en el hotel y puso la espalda rígida.

—Gabi, te conozco demasiado bien para saber que hay algo que no me estás contando.

Esperó una respuesta de su hermano.

—Sabes que no puedo hablar de mi trabajo.

«¿Su trabajo?», se preguntó Jerónimo y su corazón se aceleró.

—Llevo días perdido como un pulpo en un garaje. ¿Habéis encontrado a Connie y a su hija? —dijo atropelladamente.

—No puedo decir nada de un caso policial. ¿Entiendes? Sería suficiente con decirte que podrías estar en peligro.

Jerónimo levantó la vista y entró en la recepción. Se sentó en el sillón pegado a la pared, desde donde podía ver a los huéspedes entrar y salir.

—¿Podría estar en peligro o estoy realmente en peligro? —preguntó frustrado por el tono enigmático de su hermano—. ¿Qué sabes?

—No me líes —dudó Gabriel como si quisiera comerse sus palabras—, que no puedo decir nada. Ni siquiera saben que te estoy llamando. Eva me insistió.

Ahora era Jerónimo quien estaba enfadado.

—Gabi, me llamas para exigirme que vuelva a Valencia y metes a Eva de por medio. Deja tú de jugar a los detectives. Se lo prometí a Carles. ¿Vale? Si no tienes nada más que decirme, hablaremos cuando vuelva. Fin de la conversación.

Y colgó.

Mordió el puño para sofocar un grito, pero enseguida se sintió mal por haber colgado a su hermano. Sabía que lo hacía con sus mejores intenciones. Antes de llamarlo de vuelta y disculparse, Gabriel se adelantó y dejó caer la primera bomba.

—No vas a encontrar a Connie en Dinamarca.

A Jerónimo se le cortó la respiración.

—¿Ha aparecido? Está en Valencia, ¿verdad? Gabi, tengo que saberlo.

—No me chilles.

—Gabi, por favor. Necesito saberlo.

Gabriel estaba al otro lado de la línea, pero no decía nada. Jerónimo escuchó un largo suspiro.

—Me estoy jugando mi trabajo. Es información confidencial y no debería decirte nada.

—Pero me lo dirás. ¿Verdad que sí? Porfa… —le pidió, con una voz de niño.

—Déjate de mariconadas. Eres cabezón como papá. Esto es lo que sé: han comprobado el día y la hora en la que Connie y su hija tomaron el vuelo a Copenhague. Nunca embarcaron. ¿Lo entiendes?

—¿Estás seguro? —dijo mientras sentía algo revolotear en el pecho.

—Un compañero me dejó revisar la documentación que nos enviaron de la compañía aérea.

Nos confirmaron que Connie recogió los billetes del mostrador, pero nunca facturaron maletas ni se montaron en el avión.

Por lo menos, no en ese. Faltaban dos pasajeros cuando el avión despegó.

Suele pasar y la compañía no le dio importancia hasta que los contactamos.

Te lo repito: el vuelo despegó sin Connie y su hija.

—Me ha quedado claro. —Jerónimo pensó en otras opciones—. ¿Cogería otro vuelo para despistar?

—Connie nunca voló a Copenhague. —El tono de Gabriel era ahora cansado.

—¿Podría la policía verificar las cámaras de circuito interno?

—Jerónimo, eres increíble —respondió Gabriel frustrado—. Esta mañana, el juez nos dio autorización. Más tarde, me pasarán una copia del circuito cerrado. Deja que la policía haga su trabajo.

—Estupendo. ¿Sabe Carles que Connie nunca tomó ese avión?

—Aún no.

—¿Y no se lo vais a contar a su marido tampoco?

—Lo hemos intentado.

—¿Y eso qué quiere decir? Yo no he conseguido hablar con él desde ayer.

Aquí paró Gabriel otra vez y eso no era una buena señal.

—Carles está en el hospital, inconsciente.

Cayó la segunda bomba. Jerónimo pensó en Alberto y en la llamada de teléfono. Demasiada coincidencia.

—¿Qué le ha pasado?

—Tuvo un accidente de coche al salir del garaje. El médico del hospital nos ha confirmado que se pondrá bien, pero que necesita reposo.

Jerónimo se rascó la barba y pensó en Alberto.

—¿Crees que tiene algo que ver con la desaparición de su mujer? Siempre dijo que no tenía enemigos. ¿Sabes de alguien que pudiera estar detrás de Carles? —preguntó dando rodeos.

—No lo sé.

—No lo sabes o no me lo quieres decir.

—Jero, no lo sé —respondió Gabriel levantando la voz—. Cuando Carles se despierte, que nos lo cuente. ¿Vuelves a Valencia?

—No —se le escapó a Jerónimo.

¿O quizás sí?

Gabriel insistió.

—Volverás, porque te voy a enseñar el video de circuito cerrado.

Jerónimo se sorprendió de la estratagema de su hermano Gabriel.

—¿Me lo puedes mandar como archivo?

—Estás loco. Son evidencias de la policía.

—Eso se llama chantaje emocional. Lo pensaré.

Y colgó. Estaba confuso. Se tomó unos minutos.

La reserva del hotel y la carta que escribió Connie a su madre dejaban clara su intención de coger a su hija y presentarse en Roskilde. Pero nunca voló a Dinamarca. Connie desaparecida y Carles en el hospital, inconsciente. La cosa estaba jodida. Toda esta historia olía a Alberto.

Unas horas más tarde, llamó a la compañía aérea y después le mandó un mensaje a su hermano.

«Gabi, aterrizaré en Valencia mañana por la mañana».

«Allí estaré. He visto el video. Apaga el móvil. No hables con nadie. Con nadie. Apágalo ahora. Promételo».

Jerónimo se mordió el labio inferior. Gabriel había usado la palabra mágica «promételo».

«Lo hago por Eva».

Apagó el móvil y se sintió más aislado que nunca.