Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 20
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Capítulo 20

Jerónimo volvió a llamar a Carles varias veces, pero lo dejó por imposible.

Luis tampoco lo había contactado y eso significaba que no había noticias.

Quería mantener a su hermano Gabriel al margen.

Estaba demasiado ocupado con su recién nacido y, además, había sido él quien no quería que aceptara el trabajo.

En la recepción del hotel le dijeron que alguien lo estaba esperando. Primero pensó que se habían equivocado. Ni siquiera Luis sabía dónde se alojaba. Luego recordó la llamada de Alberto y se pasó la mano por la garganta. Quiso subir rápido a la habitación, coger todas sus cosas y desaparecer.

—¿Está segura? —le preguntó a la recepcionista mientras golpeaba nervioso el suelo con el pie.

—No me quiso decir su nombre —respondió señalando al fondo.

Sus cejas se juntaron. Giró despacio la cabeza con la espalda recta mientras apoyaba las manos sobre el mostrador de recepción haciendo presión.

Estaba en un lugar público, se repetía en su cabeza.

Había gente que entraba y salía. Cámaras de seguridad.

Enfocó la vista y vio en la esquina a una mujer muy delgada y alta como una columna, con aire de aristócrata.

Relajó el rostro. Era Helle, la madre de Connie.

La mujer hizo una señal tímida. Se mordió el labio inferior y entrecruzó las manos, jugando con un anillo demasiado ancho para unos dedos largos y delgados.

Un moño que en otra época hubiese sido rubio, era ahora cano por los años, pero lo que más llamaba la atención era un maquillaje que no correspondía a su edad.

—Necesito que me ayude —dijo con voz desesperada.

Jerónimo fue incapaz de moverse durante unos segundos.

—¿Quiere que busquemos un sitio tranquilo donde sentarnos y hablar?

—La enfermera le está echando un ojo a mi marido. Voy justa de tiempo. No tengo más que treinta minutos antes de volver a casa.

Jerónimo y Helle salieron del hotel en dirección al café Emmerys. Esta vez, sí que se comería una tarta de manzana con extra de crema fresca.

La madre pidió un té Earl Grey.

—Solía quedar en este café cuando esperaba a mis compañeros para ir a trabajar al teatro real de Copenhague. Hace ya mucho tiempo de esto, y esta cafetería tenía otro nombre y otros muebles.

—¿Cuándo dejó su trabajo?

—Nunca fue un trabajo. Voluntaria como extra en las grandes funciones de aquella época.

Fue mi pasión hasta que conocí a Jørgen y…

bueno, intenté tomarme en serio mi carrera, pero Katrine vino al mundo y todo cambió para mí.

—Bufó recordando el pasado—. La familia y las artes nunca son compatibles.

Y quien diga que sí, miente. Cuando tienes una pasión, pagas un precio muy alto si quieres triunfar.

El precio que pagas es la soledad. Conocí a otras actrices mayores que yo, que terminaron viejas, solas y amargadas.

Así que dejé la pasión y me dediqué a la familia.

Pero me he dado cuenta de que yo también he terminado como ellas…

Giró el anillo de casada. El rostro no solamente tenía un maquillaje demasiado blanco, también había pintado algo de resentimiento en su forma de mirar.

Jerónimo fue a la barra y volvió con una bandeja.

—Aquí tiene el té, señora Nielsen.

—Gracias. Por favor, llámeme Helle.

—Helle, hablé con el doctor que trató a su hija Connie.

La madre echó un terrón de azúcar y movió el té sin mirar a Jerónimo.

—Ahora lo sabe todo.

—Le acompaño en el sentimiento.

Helle paró y apretó la cucharita con los dedos. Miró a través de la ventana a la gente que pasaba y dio un sorbo al té.

—Aquel invierno tuvimos nieve de dos palmos aquí en Roskilde.

Connie llamó desde el hospital para que la recogiéramos.

Decía que le habían dado el alta. Katrine pasó por casa con las invitaciones de boda e insistió en ir ella y darle la noticia, pero nunca volvió.

La policía tocó a la puerta y nos informó del accidente.

—Dejó el té a un lado. La mano le temblaba.

—Lo siento muchísimo.

—Connie estuvo unas horas en urgencias. Salió ilesa. Tuvieron que sedar a mi marido. Maldecía a su propia hija: «¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho, malnacida?». —Apretó los labios.

Jerónimo se inclinó hacia delante, pero no supo qué decir.

—Está bien —dijo la madre. Como si la historia, al ser contada, pesara menos en el pecho—.

Nunca volví a ver a mi hija Connie. Desapareció de mi vida.

Lo intenté. De verdad que lo intenté. Connie no quiso vernos nunca más.

Mi marido tuvo un derrame cerebral y se quedó postrado en una silla de ruedas.

Sobran actrices de teatro viejas. Vendimos la casa y el resto ya se lo imagina.

Una lágrima manchada de rímel resbaló por su mejilla. Sacó un pañuelo del bolso y se la secó con mucho cuidado para no estropear el maquillaje.

Jerónimo no supo cómo consolarla.

La madre bajó la mirada y removió el té con la cucharita como removía sus memorias.

—¿Por qué se fue de la casa de sus padres?

Jerónimo dudó.

—Me fui.

—¿Así porque sí?

—Bueno, Valencia se me hizo pequeña y la relación con mi familia no era buena. —Calló unos segundos y también él miró a través de la ventana la gente que pasaba—. Hice algo de lo que no pude perdonarme.

—¿Y se ha perdonado?

Se rascó la barba.

—No. No lo creo.

—Yo tampoco.

Jerónimo pasó un trozo de tarta de manzana sobre la crema y la saboreó.

—Tengo una vida en Londres. La mujer de mi hermano pequeño ha tenido un hijo precioso y fui a Valencia para pasar unos días con la familia.

Uno de los clientes del bufete de abogados de mi hermano mayor me ofreció bastante dinero, si encontraba alguna pista del paradero de su mujer y su hija, aquí en Dinamarca.

—Y seguimos esperándolas —susurró la madre.

Jerónimo asintió varias veces.

—Pensé que era un problema marital. Connie dejó a su marido y se llevó a su hija de vuelta a Dinamarca. Solo vine para confirmar si realmente no quería volver con él y respetar su decisión. ¿Y no se han visto? —le preguntó a la madre.

—Ya le dije que no. Su padre está muy mal. No quiere morir sin pedirle perdón a su hija por todos estos años de silencio y resentimiento. Quiere cerrar heridas. ¿Me entiende?

—Demasiado bien. No hay peor herida que la que nunca cicatriza.

La madre guardó el pañuelo.

—Hay algo que no le he contado.

Jerónimo ya lo intuía.

—¿Cuándo la llamó Connie?

—Tampoco me llamó.

—¿Pero le ha contactado?

—Por eso estoy aquí. Cuando se fue, pensé en sus palabras.

Parece un buen hombre. Es cierto, Connie me avisó de que venía.

Después de todos estos años, mi hija vuelve a casa.

Y vuelve con mi nieta. ¿Sabe que nunca la he visto?

—Sus ojos brillaban, pero su sonrisa era triste—.

Se parece tanto a Connie de niña… —Suspiró—.

Esperé y seguí esperando. No tengo su teléfono ni su dirección en España, así que cuando usted se presentó preguntando por ella, supe que le tenía que haber pasado algo.

—Miró a Jerónimo que contenía la respiración—.

Y ahora que iba a reencontrarme con mi hija y conocer a mi nieta, la vuelvo a perder.

Es como condenar a un inocente por un crimen que no ha cometido y castigarlo dos veces.

—Sacó un sobre del bolso—. Aquí tiene. Léala si quiere. No creo que le sirva de mucho.

Dentro del sobre había una foto de Laura. La carta estaba escrita a mano.

Kaere mor,

…

Querida mamá,

Cuando leas esta carta, estaré de camino de vuelta a casa.

Espero que papá me haya perdonado por la muerte de Katrine. Yo también sufrí mucho su pérdida.

Os echo mucho de menos. Tengo tanto que contaros…

Hace unos años conocí a gente con poder aquí en España y me engañaron con promesas y dinero.

Un hombre inocente terminó en la cárcel por mi culpa.

Viajé por la India buscando paz interior y volví a España, mi nuevo hogar, con la cosita más preciosa de este mundo, mi niña. Se llama Laura, como la abuela.

Hace unas semanas, el pasado tocó a la puerta y tuve miedo de que me quitasen a mi hija. Un miedo aterrador. Ni siquiera mi pobre marido podía ayudarme. Y el miedo me hizo pensar en ti y lo que había sido todos estos años sufrir por la pérdida de tus hijas.

Viendo a Laura crecer, entendí que la mayor pena para una madre es perder a sus hijos.

Mamá, ya no soy la misma, pero los remordimientos no me dejan vivir.

Siento todos estos años de ausencia. Lo siento con toda mi alma.

Pronto iré a verte con Laura y te lo contaré todo.

Tu hija Connie

Jerónimo dio la vuelta a la carta y buscó algún detalle. No había fecha.

—¿Cómo sabía su dirección?

La madre se encogió de hombros.

—La recibí hace una semana.

Jerónimo hizo un cálculo mental. Connie tendría que haberla mandado unos días antes de su desaparición.

Releyó la carta.

« …tuve miedo de que me quitasen a mi hija ».

—¿Por qué tenía miedo de que le quitasen a su hija?

—No lo sé. —La madre juntó las manos moteadas y arrugadas por la edad, en un gesto de súplica—. Por favor, encuéntrelas.

Jerónimo se preguntó si debía contarle que Alberto, ese «hombre inocente», buscaba a su hija para vengarse, lo había amenazado por teléfono y estaba siguiendo sus pasos, tanto que sabía que Jerónimo había estado en casa de los padres.

Se le ocurrieron dos opciones y las dos apuntaban al mismo sitio.

Si Connie se escondía en Dinamarca, en algún momento contactaría con su madre.

En ese caso, lo más inteligente sería quedarse por allí y proteger a Connie antes de que apareciese Alberto.

Pero si estuviera escondida en España, lo más inteligente también sería quedarse en Dinamarca y despistar a Alberto, haciéndole creer que Connie también se encontraba allí.

Hizo una foto a la carta con el móvil y sintió un hormigueo en el pecho. Empezaba la cuenta atrás.

—Le prometo hacer todo lo que esté en mi mano.

Porque Jerónimo cumplía lo que prometía o por lo menos lo intentaba.

Una hora más tarde, sonó su móvil. Era su hermano Gabriel.