Capítulo 19
El centro psiquiátrico de Sankt Hans tenía un jardín con un pequeño lago en el centro.
Al lado del lago, un pequeño quiosco llamado Søhus, o «casa del lago» vendía cafés y tartas a los visitantes.
Jerónimo se compró un pastel de manzana, echó un vistazo al parque y encontró al doctor Knudsen sentado unos metros más abajo, al otro lado del pequeño lago. Se acercó:
—¿Puedo sentarme?
El doctor observó a Jerónimo con mirada analítica a través de unas gafas de montura fina y sin decir nada, movió la cabeza hacia los bancos vacíos de alrededor. Tenía una barba blanca como la nieve.
—Necesito hablar con usted —insistió Jerónimo.
El doctor sujetaba una bandeja en su regazo con un táper abierto.
Dentro había dos piezas de smørrebrød . Un almuerzo danés compuesto por una rodaja de pan de centeno o rugbrød con mantequilla, smør , con diferentes ingredientes encima.
Una de las piezas tenía arenque marinado con cebolla fresca y la otra, paté con rodajas de pepino.
Empezó a comer sin levantar la vista del plato.
—¿Qué quiere? —preguntó con una voz fría.
—Estoy buscando información de una antigua paciente del centro —explicó Jerónimo, mientras se acercaba más al banco.
—Aún no le he invitado a sentarse. ¿De dónde es usted, joven?
—De España, pero viví muchos años en Copenhague.
—¿Le gusta el frío?
—Me gusta la soledad —dijo mientras se rascaba la barba.
El doctor asintió con la cabeza, dando por válida la respuesta de Jerónimo y como si de un ritual se tratara, continuó comiendo.
—Un español en Copenhague.
Jerónimo apoyó la mano en el banco, impaciente.
—¿Quiere que le baile flamenco?
El doctor Knudsen se limpió con la servilleta.
—Quiero que se guarde su humor infantil para sus amigos más queridos. Por la forma en la que sujeta el banco, parece usted un poco desesperado. ¿Cómo se llama la paciente a la que busca?
Jerónimo se metió la mano en el bolsillo.
—Connie. Se llama Connie Nielsen.
—¿Ha visto Gladiator ?
—Se parecen mucho, pero no es esa Connie —respondió con la mirada fija en el doctor—. Puede guardarse su humor senil para sus conocidos y pacientes más queridos.
El doctor levantó una ceja y continuó comiendo. Su tranquilidad ponía nervioso a Jerónimo.
—Doctor Knudsen, siento molestarle en su hora de almuerzo, pero si sabe algo de Connie, por favor, necesito saberlo.
—Sus palabras salían disparadas como balas de una metralleta—.
Hace una semana, Connie y su hija de cuatro años tomaron un vuelo de Valencia a Copenhague y se perdió su rastro.
Ni el hotel donde hizo la reserva, ni su madre saben nada.
No han dado señales de vida. La única posibilidad que me queda es encontrar a su hermana.
Quizás ella sepa algo. —Tomó una pausa y respiró—. Alguien más está buscando a Connie.
El doctor escuchó atento a Jerónimo. Puso el táper a un lado, abrió la petaca y llenó el tercio de un vaso. El líquido era transparente como el agua.
—Siéntese. ¿Le apetece Gammel Dansk ?
Gammel Dansk era una bebida con propiedades digestivas elaborada con hierbas y especias, altamente alcohólica, sobre todo a esa hora de la mañana.
Jerónimo negó con la cabeza. Se sentó al lado del doctor, contemplando el pequeño lago de aguas oscuras y ramas de árbol secas.
—Pues lo va a necesitar —dijo el doctor y, acto seguido, se bebió el vaso de un trago—.
Lo que le voy a contar es confidencial, pero teniendo en cuenta las circunstancias…
En fin —Paró unos segundos—. Connie ingresó en este centro la primera vez cuando tenía diecisiete años.
Intentó quitarse la vida cortándose las venas.
Le dimos el alta, pero lo volvió a intentar una segunda vez a los veintitrés años.
Jerónimo arrugó la cara.
—¿Por qué le dieron el alta?
El doctor negó con la cabeza.
—Nunca le dimos el alta. —Se puso de pie—. Acompáñeme a mi despacho. Quizás lo que le cuente le pueda servir para encontrar a Connie. ¿Me ayuda?
Jerónimo cogió la bandeja y acompañó al doctor hasta su despacho.
El despacho del doctor Knudsen era una galería desordenada de libros, documentos y tazas de café sucias. Levantó de su silla de oficina a un gato persa de nariz chata y pelo grisáceo y lo puso en el suelo.
—No quiero que las limpiadoras entren a desorganizarme la oficina. Usted verá mucho caos aquí, pero es un caos ordenado. Sea tan amable de sentarse.
El danés podía ser tan directo que, por absurdo que pareciese, no existía la expresión: «por favor». La forma educada era « være venlig at …», es decir, «sea tan amable de…».
Jerónimo quitó unos tomos de psicología de la silla, se sentó y dejó el pastel de manzana encima del escritorio del doctor.
Entre tanto desorden, el doctor escarbó en los archivos de una de las cabinas y sacó una vieja carpeta marrón. Después cerró con llave y puso el documento sobre el escritorio.
Olía a sótano húmedo. El gato se acercó al pastel de manzana, pero Jerónimo interpuso una mano y el animal terminó en el regazo de su amo.
—Aquí está —dijo el doctor.
—¿Ha dicho que nunca le dieron el alta?
—No, nunca le dimos el alta. La joven Connie se escapó. —Levantó la mano como si hiciera un juego de prestidigitación.
—Esa afición no ha cambiado con los años.
—Eso parece —dijo el doctor levantando las cejas.
—¿Qué padecía? —preguntó Jerónimo.
—La paciente Connie Nielsen sufría de trastorno bipolar o cambios de ánimo intensos e incontrolables.
Abrió los ojos y se rascó la barba.
—Eso me suena a que también explicaría mucho la situación actual.
—O no. —Puso el gato persa en su regazo y lo acarició—. Connie era muy joven. El diagnóstico era preliminar. No tuvimos tiempo de completar todos los exámenes puesto que, bueno…
—Se escapó —añadió Jerónimo parodiando el gesto del doctor Knudsen.
Él asintió con sonrisa torcida.
—Fue traída de vuelta más bien a la fuerza y continuamos con los exámenes pertinentes.
—¿Sabe de alguna amiga con la que pueda estar?
—Connie era poco social.
—¿Tendrá contacto con su hermana Katrine?
—Eso es imposible —dijo el doctor acariciando al gato.
—¿Tampoco se hablaba con ella?
—Oh, sí. Venía muy a menudo y le daba ánimos a Connie. Para Katrine era triste ver a su hermana en ese estado depresivo. Sobre todo, porque recuerdo que ella tenía planes de boda… —Miró en la distancia y siguió acariciando al gato de forma mecánica.
—¿Y qué pasó?
—Connie se escapó dos veces durante su segundo ingreso en el hospital. Katrine la trajo de vuelta la primera vez, pero no la última. —Paró unos segundos y lo miró—: Doy por descontado que ya ha visitado a los padres.
Jerónimo se acomodó en la silla.
—Fue una visita breve. Hablé con la madre y confirmó que llevaba muchos años sin ver a su hija. Pero lo que más me sorprendió fue que tampoco tenía ganas de volver a verla. Me cuesta creer que una madre no quiera saber de su hija.
—El padre enfermó meses después. ¿Sigue vivo?
—Sí —respondió Jerónimo—, pero no hablé con él. La madre me echó de su casa a los diez minutos. —Reflexionó—. ¿Ha dicho que Katrine no pudo traer a su hermana de vuelta la segunda vez?
—Correcto —dijo el doctor acomodándose en la silla. El gato saltó del regazo de su dueño al suelo.
Jerónimo puso recta la espalda.
—¿Cómo puedo contactar con Katrine?
El doctor negó.
—¿Una dirección? —insistió con tono de súplica.
—Le he dicho que es imposible. —Se acercó más—. Katrine descansa en el cementerio de Roskilde. Murió en un accidente de tráfico.
Los hombros de Jerónimo cayeron unos centímetros. Bajó la vista al suelo y se levantó de golpe. Acababa de juntar una pieza más al rompecabezas. Miró a la nada y contuvo el aire. Sus labios formaron un círculo, pero no le salieron las palabras.
El doctor sacó una botella de Gammel Dansk del cajón de la oficina. Amontonó unos papeles a un lado e hizo espacio para la botella y un vaso pequeño de cristal. Lo levantó en el aire.
—Cristal de Bohemia. Perteneció a Freud.
Bueno, eso es lo que me contaron cuando me lo vendieron en un mercado en Viena.
—Llenó el pequeño vaso—. Me dicen que está prohibido tomar alcohol en el hospital.
Por eso me voy al parque durante el almuerzo.
Reglas absurdas. Como muchas en este país.
Creo que hoy podemos hacer una excepción.
—Y vació el vaso de un trago. Respiró hondo—. Mucho mejor así.
Jerónimo se sentó lentamente. Sospechaba lo que el doctor le iba a contar.
—La segunda vez que Connie se escapó, Katrine llamó para confirmar que estaba con ella. Le ofrecimos una ambulancia, pero dijo que su hermana ya estaba demasiado alterada como para que también viniera más gente. Ella misma la traería de vuelta en su coche.
—¿Cree que discutieron? —le preguntó al doctor; no obstante, ya sabía la respuesta.
—Lo más probable —asintió—. La policía nos informó que Katrine se salió de la carretera. Era Navidad y nevó esos días. —El doctor se bebió el segundo vaso—. Connie salió ilesa.
Jerónimo se puso la mano en la boca.
—¿Me sirve un buen trago?
—Claro. Antes rehusó.
—Antes no sabía que hubo un accidente y una muerte.
—Los padres nunca perdonaron a Connie —continuó el doctor—. Aquí tiene.
Jerónimo cogió el vaso y dio un trago. Tosió. Perdió la voz unos segundos.
—¿Esa es la razón de que la madre no quiera ver a Connie?
—Esa es la razón de que el padre no perdone a su propia hija. Empeoró tras la muerte de Katrine y la madre tuvo que encargarse de su cuidado. Perdió el trabajo y vendieron la casa. Connie desapareció y entiendo que terminó en España.
—Hasta ahora.
Se hizo un largo silencio.
—¿Puedo preguntarle cómo está tan seguro de que Connie está en Dinamarca?
Jerónimo se quedó pensando y luego negó con la cabeza.
—Después de lo que me ha contado, creo que estoy menos seguro de todo. —Suspiró—. ¿Cree que el padre ha perdonado a su hija?
El doctor guardó la botella.
—Cuanto más grande es la herida, más difícil es cerrarla. Y sin perdón, la herida nunca sana.
Jerónimo desvió la mirada. Pensó en Alberto y en la muerte de Josep. Había un cierto paralelismo con su pasado. De alguna forma entendía al padre.
Le dio las gracias al doctor. De vuelta al hotel, se acordó de que se había dejado la tarta de manzana encima del escritorio del doctor. Esa noche un gato tendría una gran indigestión.