Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 18
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Capítulo 18

El taxi aparcó delante del Departamento M de Psiquiatría, un edificio marrón, sombrío, de tres plantas y un sótano con ventanales con forma de cruz invertida e hileras de pequeños barrotes.

El sol estaba despertando y el frío de la noche todavía se sentía.

La idea de entrar en el hospital le ponía de mal humor.

Preguntó a los dos guardas por recepción y le indicaron a la derecha. Atravesó un pasillo dividido por puertas dobles y cámaras de seguridad en cada esquina del techo, a cada pocos metros.

Desde una de las habitaciones, alguien golpeaba con los puños la pared y en otra, una voz de niña tarareaba una canción.

Olía a sudor. Jerónimo continuó caminando con la cabeza gacha y dio los buenos días a una pareja de médicos absortos en una conversación.

Se cruzó con un par de pacientes con bandas en las muñecas de diferentes colores.

Caminaban con zapatillas sin cordones y llevaban unas bandejas con comida sosa y cubiertos de plástico.

Estaban hablando, cada uno consigo mismo.

Llegó a recepción. A ambos lados del mostrador había colgados un par de cuadros abstractos con tonos oscuros y formas extrañas. Parecían salidas del lienzo de un pintor loco, que hubiera retratado sus peores pesadillas.

Se inclinó hacia delante. Encima del mostrador había un difusor de varillas perfumadas a jazmín.

—¿Le puedo ayudar?

Una enfermera entrada en años y kilos se quitó unas gafas rosas de cadena y miró con ojos grandes y amables a Jerónimo, desde su silla. Parecía la versión madura de Peggy, sacada de la serie de los teleñecos.

—Estoy buscando información sobre una paciente —dijo Jerónimo.

La enfermera se puso las gafas y abrió un libro de visitas.

—Las horas de visita se tienen que concertar de antemano y en caso de no ser pariente directo, debe tener autorización del médico, previo acuerdo con el familiar que está a cargo del paciente.

Jerónimo puso los ojos en blanco.

—¿Eso también se aplica a los doctores? —preguntó con ironía.

La enfermera lo miró por encima de la montura de las gafas, sin entender muy bien.

—¿Cómo dice?

—Me gustaría hablar con los doctores que atendieron a un expaciente del centro.

Las gafas colgaron del pecho de la enfermera.

—Usted no es de aquí.

—Soy español.

—¿Y habla danés?

—Ya ve que sí.

La enfermera asintió con un pequeño gruñido. Jerónimo le enseñó la foto de Connie.

—Busco a los doctores que trataron a esta paciente.

La enfermera se puso las gafas otra vez y se inclinó.

—¿Y ya no es paciente nuestra?

—No.

—¿Por qué la busca?

—Vive en España y su marido me contrató para encontrarla. Desapareció hace casi una semana con la hija de ambos. —La enfermera gruñó con algo de cinismo. Jerónimo se adelantó—. No, no es lo que piensa. No ha dejado a su marido. Tenemos razones para creer que fue una desaparición forzada.

—¿Detective?

Jerónimo tomó una respiración profunda.

—Traductor en paro.

—¿Me toma usted el pelo?

—El marido denunció el caso ante la policía española. Yo solo intento agilizar la investigación.

Se levantó del asiento.

—Está bien. ¿Cómo quería que la llamaran?

—¿A qué se refiere?

—Los pacientes tienen derecho a elegir su nombre.

Jerónimo dudó.

—¿Connie?

—No sé si sabrá que el nombre de Connie es tan común como el beicon en este país.

—Nielsen de apellido.

—Lo acaba de rematar. —Cruzó los brazos—. Un apellido tan común como…

—Me hago una idea —dijo Jerónimo—. Estaría ingresada hace unos seis o siete años durante una larga temporada.

—Defina una larga temporada —dijo mientras miraba más de cerca la foto de Connie.

—Unos meses, supongo.

—Eso no es una larga temporada.

Jerónimo respiró hondo y sintió que se desinflaba como un globo.

—¿Tan desesperado está?

—Alguien más la está buscando.

La enfermera copió el rostro serio de Jerónimo.

—Dice que se llama Connie Nielsen y pasó unos meses ingresada hace seis o siete años. ¿Qué edad tendría?

—Supongo que poco más de veinte años.

—¿Diagnóstico?

—Ni idea.

Jugó con la cadena de sus gafas rosas.

—Algo serio, si no, no hubiera estado con nosotros.

—¿Entonces?

—Mire, soy veterana en este hospital y recibimos cientos de pacientes anualmente. No sabría decirle con la información que me está dando. Cambiamos el sistema de datos hace un par de años y sería como buscar una aguja en un pajar.

—Ya…

La enfermera movió las aletas de la nariz. Pensó unos segundos y su expresión cambió. Se puso las gafas.

—Espere. —Cogió el teléfono—. ¿Dónde está el cascarrabias del doctor Knudsen? Gracias. —Y colgó—. Con la poca información que me da, la única persona que quizás pueda ayudarle es el doctor Knudsen.

—¿El cascarrabias?

—No le gusta que lo molesten durante el desayuno. Está jubilado, pero sigue trabajando como voluntario cuando le viene en gana.

—¿Cómo lo reconoceré?

—Lo hará. Almuerza muy temprano en uno de los bancos, en el jardín, al lado del quiosco Søhus. Viejo, con barba blanca, gafas de montura fina y con una petaca al lado del plato.

—¿Una petaca con alcohol?

La enfermera se encogió de hombros y gruñó al estilo Peggy.

—Gracias —dijo Jerónimo—. ¿Algún consejo?

—El doctor Knudsen tiene un sentido del humor muy particular.

—Me lo pone fácil…