Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 17
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Capítulo 17

El reloj marcaba más de las nueve de la noche. Una hora muy tardía para cenar en Dinamarca, un día entre semana. El restaurante Bone’s de Roskilde seguía abierto hasta las diez, aunque no había nadie cenando.

Detrás de la barra, una camarera con cola de caballo color miel y expresión ausente estaba ocupada con dos cosas: mandando mensajes con el móvil y haciendo globos con el chicle. Todo lo que tenía de guapa, lo tenía de seria.

—Siento molestar. ¿Tenéis la cocina abierta?

El globo del chicle explotó. La camarera guardó el móvil y asintió.

—¿Está bien ahí? —Jerónimo señaló al lado de la ventana.

Sin decir nada, lo acompañó, con un trapo húmedo y la carta de menús.

—Bonita decoración.

La camarera movió los músculos de la cara en una pequeña sonrisa y mostró signos de ser humana, además de danesa.

Jerónimo se ajustó la silla, mientras ella limpiaba la mesa.

—Te has dejado esta esquina.

La camarera paró, lo miró y explotó un gran globo con el chicle.

—Svetlana no está.

Jerónimo ladeó la cabeza en duda mientras ella sacaba una pequeña libreta de su delantal y preparaba el bolígrafo para tomar nota.

—Es la lavavajillas a quien le diste propina ayer. ¿Una big boy con beicon, sin cebolla, extra de pepinillos y queso cheddar?

Jerónimo esbozó una sonrisa.

—Me has leído el pensamiento. Acompáñalo con una cerveza Tuborg.

—¿Grande?

—Lo has vuelto a hacer.

La camarera le guiñó un ojo y volvió con la jarra.

Jerónimo meditó durante unos minutos sobre la foto de familia que le había mandado Carles. El olor de hamburguesa lo despertó.

La camarera dejó el plato y cogió la jarra vacía de cerveza.

—¿Otra? —Jerónimo balanceaba la cabeza en duda—. ¿Pequeña?

—Eres una auténtica mentalista.

La camarera se rio como si le hubieran hecho cosquillas. Jerónimo le enseñó la foto de Connie.

—¿Puedes leer el pensamiento de esta mujer?

—¿Es tu novia?

—No, pero la estoy buscando.

La camarera se acercó más.

—No estoy segura. Sí y no —dijo la camarera haciendo un globo con el chicle.

—¿Es una adivinanza?

—Parece más mayor en la foto.

—Se llama Connie Nielsen —dijo Jerónimo—. Es de aquí de Roskilde.

—¿Eres detective?

—¿Te sirve traductor en paro?

La camarera se encogió de hombros.

—¿Por qué la buscas?

—Desapareció de España con su hija. Su marido me contrató para encontrarlas.

La camarera pensó unos segundos mientras masticaba el chicle y daba vueltas al trapo de cocina.

—Mi hermana mayor y ella iban juntas al instituto hace muchos años.

Jerónimo tuvo un hormigueo en las piernas.

—¿Las has visto estos días, por casualidad?

La camarera negó con la cabeza.

—¿De qué más te acuerdas?

—Vivía un par de calles más abajo de mi casa. Sé lo que sabe la gente de mi barrio.

—¿Y qué sabe la gente de tu barrio?

—Que Connie se fue de viaje hace años y nunca volvió.

—¿Conoces a la madre?

—Una vieja amargada.

—Eso me pareció.

—¿Has hablado con ella?

Jerónimo asintió.

—No le hizo mucha ilusión saber que su hija podría estar en Roskilde de visita.

La camarera se enrolló el trapo de cocina en una mano, como un guante de boxeo.

—Es todo lo que sé. Tengo que seguir trabajando.

Jerónimo miró alrededor.

—Soy el único cliente. —El color de las mejillas de la camarera cambió y se quedó callada—. Hay algo que su madre no me contó, ¿verdad?

La camarera miró la hamburguesa, pero a Jerónimo le daba igual comerla fría.

—¿No me lo puedes decir? —Puso un billete de cien coronas de propina encima de la mesa—. ¿Qué sabe la gente de tu barrio?

La camarera miró el billete, pero no dijo nada. Jerónimo insistió.

—Connie y su hija desaparecieron de Valencia camino a Copenhague. Su marido piensa que están en peligro. Yo siempre creí que simplemente quería divorciarse de él. —Jerónimo alzó la cabeza y la observó con más interés—. Ahora yo también pienso que están en peligro.

La camarera tragó y cogió el billete.

—Lo que te voy a contar no creo que te sirva de mucho. —Se lamió los labios—. Antes de irse al extranjero, Connie estuvo ingresada en un hospital durante unos meses. Fue grave.

El hormigueo le subió ahora hasta el estómago.

—¿Y su hermana?

—Katrine era la única que iba a visitarla.

—¿Sabes cómo puedo contactarla?

Negó despacio con la cabeza mientras retorcía el trapo de cocina y su mirada mostraba sorpresa.

—¿Alguna amiga? —insistió—. ¿Alguien con quien Connie estuviera ahora?

La camarera apretó más el trapo de cocina, como si así pudiera estrangular su propia lengua.

—¿Quién has dicho que eres?

—Detective.

Ella dio un paso hacia atrás.

—¿No eras traductor?

—Las dos cosas. ¿Alguien que pueda darme alguna información?

La camarera miró al suelo.

—¿No sabes más, o no me quieres contar más?

Parecía asustada.

—Está bien, está bien. —Levantó las manos y bajó su tono de voz. ¿Sabes el nombre del hospital? La gente de tu barrio lo sabe, ¿no?

La camarera mascó el chicle un par de veces. Sacó el bloc de notas y apuntó un nombre. Arrancó el papel y lo puso en la mesa, al lado de la hamburguesa.

—Gracias. —Jerónimo cogió la nota—. Su madre no me dijo nada.

—Su madre está tan loca como Connie. —Se dio la vuelta y desapareció detrás de la barra.

Psykiastrisk Afdeling M .

Departamento M de Psiquiatría.

Jerónimo releyó el nombre del hospital sin mover un solo músculo del cuerpo durante unos segundos y lentamente mordió la hamburguesa.

Estaba fría. Comió solo la mitad y dio un trago a la cerveza.

Cogió un puñado de patatas fritas y después se limpió las manos con una servilleta.

Dejó el plato a un lado. Tampoco habría postre esta noche.

Por una parte, Alberto buscaba a Connie para vengarse de falsas acusaciones y su encarcelamiento; y por la otra parte, Connie huyó con su hija a Dinamarca para esconderse de las amenazas de Alberto. No le dijo nada a la policía ni a su marido. No se quedó en el hotel, tampoco visitó a sus padres.

Connie tuvo que haber cambiado de planes a última hora. ¿Por qué? Faltaba una pieza en el rompecabezas.

Hizo una búsqueda rápida en su móvil. El departamento M de Psiquiatría estaba cerca del hospital de Sankt Hans, a unos seis kilómetros de la antigua casa de los padres de Connie y a cuatro del centro de Roskilde.

¿Tenía algo que ver el ingreso de Connie en un hospital de salud mental? La historia no era tan simple. Había que darle la vuelta. Jerónimo añadió esta nueva información a la desaparición: Connie, previamente ingresada en un centro psiquiátrico, era perseguida por Alberto, un empresario corrupto.

Jerónimo pensó que la única opción que le quedaba era encontrar a Katrine, la hermana mayor. Si la encontrase, quizás encontrase a Connie.

O por lo menos sabría que si Connie no estaba con su hermana, cabría la posibilidad de que nunca volase a Copenhague. Y si nunca voló a Copenhague…

Se acercó la hamburguesa. Su madre le había enseñado a no tirar la comida. Le dio otro mordisco y le supo tan buena como la que había comido la noche anterior.

El departamento de psiquiatría lo abrían a las ocho de la mañana.

Esto no se lo contaría a Carles. Todavía no. Tampoco le había llamado de vuelta. Otra incoherencia en esta historia.

Se tomó el último trago de la cerveza y dejó otra generosa propina encima de la mesa, pero no vio a la camarera. Mañana tendría otro día muy largo.