Capítulo 16
Rumió una hora más hasta que llegó a la conclusión de llamar a su hermano Luis. Fue él quien lo metió en toda esta historia.
Luis estaba ocupado con la fisioterapeuta y sus problemas de espalda. Jerónimo le contó sobre el hotel, la visita a casa de los padres de Connie y la llamada de Alberto.
—Fue al mismo colegio que Gabriel y yo cuando éramos niños —añadió Jerónimo.
—¿Quién más lo sabe?
—¿Que iba al mismo colegio o que me ha llamado?
—Jero, despierta, coño. Cuando llamaste, sabía que era importante y tuve un coitus interruptus con la masajista. Alberto te ha llamado amenazándote. ¿Quién más lo sabe?
—Solo tú —dijo angustiado—. Debería volver a Londres.
—Está bien. Vamos por partes. A ese Alberto lo conozco yo, el ayuntamiento de Valencia y el juez que lo puso en prisión. Se metió en un pollo hace años. Tú no estabas aquí.
—¿Sabes los cargos?
—La Audiencia Provincial de Valencia lo condenó por delito de cohecho. Perdió todos los recursos hasta llegar al Tribunal Supremo. ¿Te has perdido?
—¿Cómo sabes todos esos detalles?
—Tengo compañeros que trabajaron con el caso. Fue muy sonado aquí en Valencia y en toda España.
—¿Me lo puedes explicar para que un mortal como yo lo entienda?
—Alberto estuvo implicado en una trama que se dedicaba a amañar contratos de obras públicas por la zona del Levante.
Por arte de magia, año tras año, siempre ganaba los concursos de adjudicación.
Ya podían recurrir las otras empresas que participaban, que se podían comer dos mierdas.
Los recursos siempre se desestimaron… Hasta que se descubrió el pastel.
Lo suyo fue una condena ejemplar. Más de cinco años en prisión, hasta que le concedieron la condicional hace unos meses.
—¿Cómo que «hace unos meses»?
—Sí, hace unos meses.
Jerónimo tuvo un escalofrío.
—¿Qué relación tiene Connie con el encarcelamiento de Alberto?
Buscó el último paquete de galletas artesanales y se prometió que compraría más antes de volver a España.
—¿Estás comiendo? —preguntó Luis.
—Y tú estarás fumando. ¿Crees que su marido sabe sobre la conexión de Connie con Alberto?
—Estoy seguro de que no.
—No entiendo por qué. Si tenía miedo de que Alberto saliera libre, ¿por qué no le dijo nada a su marido?
—No lo sé.
—¿Alguna sugerencia?
—No.
El silencio se alargó.
—¿Luis?
—Te he dicho que no.
Jerónimo se tumbó en la cama vestido y se tapó con la sábana, incluso la cabeza. Se encogió en forma de huevo. Era demasiado simplista creer que la condena de Alberto estaba basada en el simple testimonio de Connie.
—Dejaré todo en manos de la policía y regresaré a Londres.
—¿No piensas en Gabriel y Eva?
—Estaré con ellos unos días antes de volver a casa.
—Y te vas sin encontrar a Connie y a su hija.
Jerónimo sintió que le habían dado una bofetada. Esperó. Pero al ver que Luis no añadía nada más, preguntó:
—¿Y yo?
—Carles te está pagando mucho. Nada ha cambiado para ti. Solo tienes que encontrar a Connie y convencerla de que vuelva a España y pida protección policial. Además, ¿has pensado si realmente es inteligente volver a Valencia justo ahora, después de la llamada de Alberto?
Jerónimo no supo qué responder.
—¿Y si no la encuentro?
—Jero, estás en una posición de ventaja. Hablas el idioma, te mueves bien. Encuéntrala, a ella y a su hija. Además, tienes un encanto personal.
—¿Un encanto personal? —preguntó pasmado.
—Sobrevivirás.
Había una línea muy fina entre el sentido del humor de Luis y la frialdad.
—Carles tiene que saberlo —dijo Jerónimo.
—Hablaré con él. Encuentra a Connie antes de que la encuentre Alberto.
—No le cuentes nada a Gabriel de que me llamó.
—Mis labios están sellados.
—Lo digo en serio. No quiero preocuparlos.
—Cuenta conmigo.
Y colgó.
El problema no era solamente encontrar a Connie y a su hija antes que Alberto. Carles no podía saber que Jerónimo fue testigo de la muerte de su hermano. Ni él, ni nadie.
Echó de menos Londres, su estudio, a Erik, su vida. Volver a Valencia estaba siempre ligado a alguna tragedia.
Solo le quedaba una última pista. Dar con el paradero de la hermana de Connie, Katrine.