Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 15
11%

Capítulo 15

Jerónimo volvió a la habitación del hotel. No había contactado a nadie durante todo el día. Cogió el móvil y lo puso a cargar. Se lo pasó de una mano a la otra y finalmente marcó el número de Carles.

—Tengo noticias y no todas son buenas. Hablé con la madre de Connie. No sabe dónde está su hija. No la ha visto en años. Ni siquiera sabía que tuviera una nieta. ¿Esas cosas no las habláis en casa?

—Está loca y el padre es un bruto.

Un poco rara sí que era la mujer, pensó Jerónimo.

—¿Y la hermana?

—¿Qué hermana?

—Tienes una cuñada que se llama Katrine. —La comunicación se cortó por momentos—. ¿Carles?

—Eso no lo sabía —su voz sonaba confusa.

—No, Carles. Eso tampoco lo sabías.

Pensó que había algo que la madre ocultaba, aunque no estaba seguro y mejor no preocupar a Carles.

—¿Necesitas dinero?

—Necesito volver a Valencia, comerme una paella y echarme unas risas en compañía de mi cuñada. Es muy graciosa contando chistes.

—La policía me llamó. Están revisando la denuncia y pronto me darán más información. Tu hermano Luis insistió mucho en que me ayudarías.

—¿Y qué es lo que he estado haciendo? —dijo Jerónimo frustrado, pero sabía que Carles tenía razón.

—Busca a la hermana. Connie estará con ella.

Jerónimo no dijo nada. Dejó escapar un largo resoplido. Carles insistió:

—Si no está con la hermana, vuelves. ¿Te parece justo?

«¿Justo?», pensó Jerónimo.

—¿Y si no la encuentro?

—La encontrarás. Tengo fe en ti. —Ese comentario le chirrió en los oídos a Jerónimo—. Por favor, encuentra a mi mujer y a mi hija.

—¿Y si no quiere verte?

—Ese problema lo trataremos en su momento.

—Carles…

—Quiero saber que no les ha pasado nada —levantó la voz, desesperado.

Jerónimo miró al techo.

—Un día más y vuelvo.

«Un día más», se dijo. Se tumbó en la cama boca arriba con los brazos detrás de la nuca y mirando al vacío.

Más tarde, Jerónimo salió del hotel y dio un largo paseo por los alrededores del parque nacional de Sjkoldungernes Land.

Iba a oscurecer pronto. A la vuelta, pensó que se había ganado una buena cena como la de ayer en el restaurante Bone’s, esta vez con postre incluido. El chocolate lo ponía de buen humor.

El móvil vibró.

Incoming call.

Alguien llamaba con número oculto.

—¿Sí?

No respondió nadie.

Jerónimo moduló al inglés.

— Hello, who is it?

Había alguien al otro lado de la línea. ¿La madre de Connie? Probó en danés.

— Hvem er det?

—¿Jerónimo? —preguntó una voz de hombre, en español.

—¿Quién es?

Después de un momento de silencio, la voz preguntó:

—¿El mismo Jerónimo?

¿Alguien le estaba gastando una broma?

—Él mismo. Ding-dong. Enhorabuena, ha ganado usted un oso de peluche. ¿Con quién tengo el honor de hablar?

—Vaya, vaya… Qué mayor te has hecho, pequeño Jerónimo.

Un zumbido en el oído le avisó de un peligro inminente. Reconocía esa voz. Tenía el mismo tono grave e intimidador que recordaba, pero aumentado por los años como si hubiera cogido solera con el tiempo. Paró de andar.

—¿Con quién hablo? —preguntó Jerónimo. Su tono de voz había cambiado.

—¿No te acuerdas de mí? Solíamos jugar al fútbol en la calle de la estación cuando éramos niños.

¿Cuando éramos niños? El corazón se aceleró. Sintió un pelotazo en la cara. Acercó los dedos hasta los labios y comprobó que no había sangre, que solo era un mal recuerdo. Una pesadilla.

—Alberto…

—Ding-dong, ding-dong…

El corazón de Jerónimo se le salía del pecho y la sangre golpeaba las sienes a la velocidad de un tren sin frenos. La muerte de Josep cobró vida en su memoria. Una bici pasó y tocó el timbre. Jerónimo se apartó por inercia. Tragó hasta que encontró su voz.

—¿Quién te ha dado mi número de teléfono?

—Pregunté por ahí. —La voz de Alberto era grave y tranquila—. ¿Te acuerdas de la última vez que nos vimos? Yo sí.

Jerónimo apretó más fuerte el móvil. Abrió la boca, pero no le salieron las palabras.

Parecía que hubiera pasado toda una vida desde aquel verano.

Era la hora de la siesta, las telenovelas venezolanas y los largos y soñolientos monólogos del periodista Jesús Hermida rellenando huecos en una televisión de sobremesa, aburrida y de solo dos canales nacionales.

Josep se escapó de la siesta para ir a jugar fútbol y nunca volvió a casa para la merienda.

—La última vez que nos vimos, pequeño Jerónimo, saliste corriendo como un cobarde.

—La última vez que nos vimos, alguien murió.

—Fue un accidente.

—Una mierda.

—La mierda me la comí yo. Tú desapareciste.

Jerónimo sintió un puño oprimiéndole el pecho. Si se hubiera quedado en casa aquel día, nunca hubiera pasado aquella tragedia. El miedo y las amenazas no le dieron otra opción.

—Sigues siendo él mismo matón de colegio.

—No soy el mismo. Pagué por mis errores. Tú no.

Sus rodillas se doblaron.

—¿Qué quieres?

—Ahora empezamos a entendernos. ¿Has estado alguna vez en la cárcel? No, no lo creo. Un chico tan bueno y formal como tú, que viaja, habla idiomas y come pollas, nunca rompe platos. ¿Sigues estando tan orgulloso de ser maricón?

Jerónimo apretó más fuerte el móvil y se tragó la rabia.

—Dime qué quieres de mí.

—Quiero encontrar a la rata que arruinó mi vida con mentiras.

Jerónimo empezó a sudar. La adrenalina bañó su cuerpo y sus sentidos se agudizaron. Ahora entendía la razón de la llamada de Alberto y tuvo miedo.

—Hace años que no vivo en España. No tengo nada que ver con tus asuntos sucios.

La voz de Alberto se hacía más grande o quizás era Jerónimo que se hacía más pequeño. Luchó para librarse de esa sensación.

—Escúchame bien. Yo fui la cabeza de turco de políticos comprados y empresarios corruptos.

Acusado de robar un dinero que nunca toqué y unos hilos que nunca moví.

Soy inocente. ¿Me oyes bien? Inocente. El falso testimonio de esa zorra y unos falsos documentos fueron la razón de muchos años de cárcel.

Años buscando a esa rata. Ahora sé quién es.

—No sé de qué rata me estás hablando. —Esperaba que Alberto no pudiera oler su miedo.

—Sí que lo sabes, si no, ¿qué coño haces visitando la casa de sus padres?

Jerónimo pegó la espalda al muro como un acto reflejo y miró a los lados. Todo se movía demasiado rápido. Las ramas de los árboles se balanceaban demasiado rápido. Los coches iban demasiado rápidos. La gente andaba demasiado rápido. Pasó la mano por la frente y se secó las gotas de sudor.

—¿Para qué me llamas?

—Quiero avisarte de que esta vez se hará justicia. Van a caer cabezas y no habrá perdón para los mentirosos.

Y colgó.

El corazón de Jerónimo latía al ritmo de una ametralladora.

Las manos le sudaban. Abrió la boca para coger aire.

Parecía como si el mundo que le rodeaba se fragmentara y las imágenes del pasado se hicieran más presentes que la realidad misma.

Revivió los últimos segundos con vida de Josep y sintió dolor en el pecho.

Culpa de haber presenciado la muerte de aquel niño.

Se frotó los ojos. Se dio unas palmadas en la cara. Un golpe de adrenalina anuló el mareo. Los músculos de sus piernas se tensaron, preparados para escapar y corrió raudo de vuelta al hotel. Cuando llegó, se encerró en su habitación.

Josep murió una tarde de verano, hacía casi treinta años. Solo hubo un testigo de aquella tragedia: Alberto. Le contó a la policía que había contemplado el accidente desde la tapia.

La calle y la estación estaban separadas por una tapia de ladrillo gris llena de grafitis y agujeros. Los grafitis los hacían los estudiantes de formación profesional durante las noches de borrachera y los agujeros, los niños que jugaban a escalar la tapia.

Cada vez que el balón se colaba en las vías, uno de ellos saltaba a hurtadillas y lo recogía. Por suerte, pasaba muy pocas veces.

Alberto contó a la policía que esa vez le tocó a Josep. Saltó la tapia y recogió el balón justo cuando un tren regional pasaba. Todo sucedió muy rápido. Al maquinista no le dio tiempo a ver qué ocurría y aunque hubiese visto a Josep, le hubiera sido imposible parar el tren. Extraña coincidencia.

No hubo otros testigos que dieran una versión diferente de la historia.

Alberto mantuvo la misma versión de lo que pasó y todo quedó ahí.

Él siempre estuvo en la tapia y la intención de Josep fue recoger el balón.

Hacía un sol de justicia aquella tarde, aunque no hubo mucha justicia cuando terminó el día.

La noticia de la muerte de Josep causó sensación, tanto local como nacional y amenizó la sobremesa durante un tiempo.

La familia buscó un culpable a quien responsabilizar de la muerte de su hijo.

Era como si buscando un culpable, la muerte de Josep tuviera más sentido y así se pudiera seguir adelante en la vida.

El maquinista quedó absuelto, la compañía de trenes también.

El ayuntamiento cubrió la parte superior de la tapia con alambrada. Nadie fue a la cárcel.

La madre siempre dijo que su hijo nunca hubiera saltado a las vías y menos con un tren en marcha, si no hubiese sido porque Alberto lo incitó. A pesar de haber encontrado a un culpable a quien acusar, la familia nunca salió adelante.

Nadie supo realmente por qué Josep cayó en las vías justo cuando el tren pasó, como tampoco nadie supo que Jerónimo también fue testigo de esa tragedia. Nadie tenía que saberlo.

Llamó a Carles y se dio cuenta de que las manos le temblaban. Carles no respondió. Lo intentó de nuevo y le dejó un mensaje. Tenía que hablar con él urgentemente.

Se sentó a esperar. Aguantó un minuto antes de levantarse y caminar por la habitación con los nervios a flor de piel.

El estrés le daba hambre. Abrió el paquete de galletas artesanales que guardaba como regalo para Eva.

Comió una galleta. Luego otra. Y luego se dio cuenta de que el paquete estaba vacío.

No tenía hambre. Tenía nervios. Se duchó.

Se tumbó en la cama con la toalla. Había pasado más de una hora y cinco llamadas perdidas, pero Carles no respondía.

Le escribió un mensaje por el WhatsApp.

«Alberto Martí me ha llamado. ¿Lo conoces? Está buscando a tu mujer».

Segundos más tarde, el mensaje había sido recibido y leído, pero Carles no lo contactó.

Jerónimo lo intentó por última vez.

«Yo también estoy ahora en peligro».

Este último mensaje no entró en el hilo de la conversación. O Carles no tenía cobertura, o había apagado el móvil.

Miró al techo como una pantalla de cine y reconstruyó la historia.

La mujer de Carles reservó habitación para ella y su hija en un hotel de Copenhague. Correcto. Confirmado por el hotel.

Luego salió de casa con algo de ropa y dinero y recogió a su hija de la guardería a mitad del día. También correcto. Confirmado por Carles y por la guardería.

Llegó al aeropuerto, se montó en el avión y aquí se perdió la pista.

Respiró hondo.

Antes de salir de Valencia, Jerónimo tenía claro que la desaparición de Connie fue voluntaria.

La visitaría en el hotel, confirmaría sus razones y convencería a Carles de lo que él ya sospechaba: que la intención de Connie era terminar la relación con su marido.

Carles tendría que aceptar que había pasado a pertenecer al grupo de la estadística de separaciones maritales antes de los cuarenta. «Bienvenido al club», pensó Jerónimo.

Eso no explicaba por qué había aparecido el móvil de Connie en los baños del aeropuerto de Manises.

La madre de Connie no había visto a su hija en muchos años y tampoco quería saber nada, ni de ella ni de su nieta. «Más o menos», pensó Jerónimo. Había verdad en las palabras de la madre, pero una mentira entre verdades era menos obvia.

La llamada de Alberto lo cambió todo. Connie no huía de su marido, Connie escapaba de Alberto. El denominador común de su desaparición. El denominador común de otra tragedia.

¿En qué lío estaba metida Connie? ¿Por qué no respondía Carles a sus llamadas? Su móvil seguía desconectado.