Capítulo 14
A la mañana siguiente, Jerónimo tomó el autobús dirección sur, a la escuela técnica de Roskilde.
El trayecto duró unos diez minutos, luego continuó caminando otros quince, hasta llegar a la zona donde se celebraba el festival de música de Roskilde todos los veranos.
Era una de las áreas menos atractivas para vivir, por su difícil comunicación con el centro y la masificación de jóvenes, música y alcohol en la zona, durante los fines de semana.
Llegó a la carretera principal y confirmó que estaba en la dirección correcta. Al otro lado había una sucesión de casas de planta baja prefabricadas, pegadas unas a otras. El frontal era de metal verde gris como la misma puerta y con un número y una letra. No había nombres.
Jerónimo se rascó la barba, cruzó y buscó la casa de la familia Nielsen.
Respiró tres segundos y tocó a la puerta.
Nadie abrió. Esperó un poco y tocó más fuerte.
Tenía la garganta seca. Se había olvidado la botella de agua en la habitación del hotel.
Miró a través de la ventana. Las cortinas estaban echadas.
Observó alrededor si había algún vecino a quien preguntar.
En la calle solo se oían los motores de los coches y camiones que pasaban con prisa.
Se sentó en el escalón y esperó.
En el suelo había un par de banderitas danesas pisoteadas: fondo rojo atravesado por una cruz blanca en posición horizontal.
Los daneses celebraban los cumpleaños decorando todos sus eventos con banderas del país: manteles bordados con la bandera danesa, servilletas con el dibujo de la bandera o cócteles con una banderita pinchada en la aceituna.
Incluso la tarta era de bizcocho con nata y fresas.
Le pareció escuchar que alguien, al otro lado de la puerta, movía la llave en la cerradura. Jerónimo se levantó rápido. ¿O lo había imaginado?
—¿Hola? —preguntó al otro lado de la puerta—. ¿Hay alguien ahí?
Nadie respondió. ¿Se lo imaginó? Dio una patada a las banderitas y se paseó de arriba abajo. Escuchó otra vez un ruido detrás de la puerta y detuvo sus pasos. No se lo estaba imaginando. Alguien lo observaba por la mirilla.
—¿Podría hablar con el señor o la señora Nielsen?
La puerta se entreabrió, con la cadena echada. La silueta de una mujer lo miró de arriba abajo. Olía a naftalina.
—¿Qué quiere? —preguntó con voz hosca.
—Me llamo Jerónimo —dijo tambaleando los pies— y vengo de España. Estoy buscando a la familia Nielsen.
—¿Para qué?
—La familia Nielsen tiene una hija, Connie. Su marido la está buscando. ¿Es usted la madre?
La puerta se cerró en seco.
Jerónimo se acercó, con cautela.
—¿Sigue ahí? ¿Hola?
Pasaron unos instantes largos y sin respuesta. Alguien quitó la cadena y abrió la puerta completamente. Una mujer alta y delgada como una escoba lo miraba con desconfianza. Llevaba un batín oscuro y su pelo rubio ceniza caía despeinado sobre unos hombros de poca carne y mucho hueso.
Jerónimo levantó las manos y se presentó.
—Estoy buscando a la familia Nielsen.
La mujer dio un paso atrás y cruzó los brazos.
—¿Cómo sabe dónde vivimos?
—¿Es usted la señora Nielsen?
—Le vuelvo a preguntar: ¿cómo sabe dónde vivimos?
—La agencia inmobiliaria me dio su nueva dirección. Soy Jerónimo.
—Ya me ha dicho cómo se llama.
Su sonrisa se desvaneció y bajó nervioso las manos.
—Vengo de España y estoy buscando a su hija Connie. —La madre se tapó la boca. Jerónimo continuó—: ¿Puedo hablar con ella?
La mujer bajó la mano y apretó fuerte el pomo de la puerta.
—¿Por qué busca a Connie?
—Su marido me contrató. Hace unos días, ella y su hija Laura tomaron un avión de Valencia en dirección a Copenhague y… se perdió el rastro.
La mujer miró al suelo, pensativa, como si hiciera un cálculo mental. Abrió la boca, pero no dijo nada. Tragó. Cuando habló, su voz era un susurro.
—Connie no está aquí.
—¿Puedo pasar y hacerle algunas preguntas? —pidió con voz cercana.
La madre volvió en sí y miró a Jerónimo, que insistió:
—Si me deja pasar un momento, le podría explicar…
La madre se tomó unos segundos y finalmente se hizo a un lado.
Jerónimo pasó y notó que casi podía tocar el techo extendiendo los brazos.
La casa no tenía pasillo y la puerta frontal daba a un plano abierto con un pequeño comedor cargado de muebles color caoba, demasiado caros para este tipo de vivienda prefabricada.
La luz era tenue. Encima de los muebles había una interminable hilera de fotos enmarcadas.
Un sofá de cuero negro, tipo Chesterfield, de brazos curvados, respaldo bajo y con botones repartidos de forma geométrica.
Olía a rancio y a señorial. Lo que más le llamó la atención fue un árbol de Navidad en pleno octubre. Ella lo observó.
—Mi marido tiene ciertas… dificultades. Se pone nervioso cuando hay cambios en la casa. Así que todos los días celebramos la Navidad —explicó e hizo una mueca agria.
Al final del comedor había una puerta abierta que daba a otra habitación, de donde se oía la tertulia de un programa de televisión americano.
—Helle, ¿¡con quién hablas!? —gritó el marido desde la habitación.
—¡Se han equivocado! —le respondió mientras cruzaba el comedor y cerraba la puerta.
Se acercó a Jerónimo, que estaba de pie en la entrada.
—Es difícil dejar a mi marido solo más de diez minutos, cuando se despierta.
La enfermera debería pasar todos los días, pero con el nuevo presupuesto del ayuntamiento, ahora viene un par de veces a la semana.
Primero me llama para preguntarme si tiene que pasar.
Yo siempre le doy la misma respuesta, que sí, así que no entiendo por qué lo hace.
En fin. Toda tu vida pagando la mitad del sueldo en impuestos para esto...
—Paró y se ajustó el batín—. No hay café ni té. Tengo que salir pronto a comprar.
—¿Agua? Solo será un momento.
Inclinó la cabeza.
—Siéntese, ahora se la traigo.
Jerónimo dejó la mochila a un lado y se acomodó en la esquina del lujoso sofá, con cuidado.
Sintió que era demasiado rígido. Pasó una rápida mirada por las fotos, pero no encontró a Connie.
Solo fotos de la señora Nielsen subida a un escenario o en el camerino antes de una actuación.
Algunas en blanco y negro y otras en color.
La mujer había sido muy guapa de joven. Le llamó la atención la única foto con dos niñas rubias sentadas en un columpio, una tarde de verano.
Estaba seguro de que la foto fue tomada en los jardines del Tívoli, por la decoración.
La madre lo observó.
—Aquí tiene. —Le dio el agua y señaló la foto—. Son mis hijas Katrine y Connie.
Jerónimo apretó el vaso.
—Creí que Connie era hija única.
La madre negó nerviosa con la cabeza. Cogió el marco y lo miró de cerca. No dijo nada. Como si las palabras se hubieran quedado atragantadas en la garganta. Colocó la foto en su rincón, se sentó y se quedó absorta en su propia memoria.
—¿Es usted amigo de mi hija?
—No nos conocemos. El marido de Connie me contrató para encontrarla.
—¿Y cree que yo la tengo aquí retenida? —El comentario de la madre era irónico, pero también tenía cierta tristeza. Jerónimo no supo qué decir—. No sé nada de mi hija desde que se marchó sin decirnos adiós.
Recordó la tarjeta con las palabras «papá» y «mamá» tachadas. No se atrevió a preguntar por qué.
—Connie vino a Dinamarca a verlos.
—Lo dudo —le cortó.
—Eso fue lo que ella confirmó en el hotel cuando hizo la reserva: una visita familiar.
La madre negó con la cabeza.
—Se equivoca. Hace años que no vemos a Connie.
—No se me ocurre otra razón que no sea su familia, para volar de vuelta a Dinamarca.
Sus mejillas cambiaron de color. Se levantó y se acercó hasta la ventana. No era la reacción que Jerónimo hubiera esperado de una madre. Continuó:
—Encontraron el móvil de Connie en los baños del aeropuerto de Valencia, en España, el día que voló a Dinamarca. Desapareció con su hija Laura —añadió e hizo una pausa—, su nieta.
La madre movía los dedos nerviosa, mientras miraba a través de la ventana.
—¿Cuándo pasó lo que me está contando?
—Hace cinco días exactamente. —Dejó el vaso encima de la mesa de café y se levantó—. No tenga miedo. He venido solo.
La madre corrió la cortina y se dio la vuelta.
—Hace años que no he visto a mi hija. —Se dirigió a la puerta—. Ha perdido el tiempo en venir aquí desde tan lejos.
—Cualquier ayuda…
—Le repito que no he visto a Connie desde que se fue sin decirnos adiós —dijo con voz resentida y abrió la puerta.
Jerónimo no se movió. Sabía que era la única oportunidad que tenía de encontrar alguna pista.
—Connie y Laura podrían estar en peligro.
La madre clavó la mirada en los ojos de Jerónimo.
—Mi hija, hace muchos años que renegó de su padre y de su madre.
—Le creo y siento mucho la situación. ¿No quiere volver a verla?
La madre se mordió el labio inferior.
—No tiene derecho a remover el pasado. Váyase, por favor.
—No me ha respondido a la pregunta.
Era casi tan alta como Jerónimo, pero de una delgadez preocupante. Cruzó los brazos y puso recta la espalda.
—Ni tengo por qué. Ya le he dicho todo lo que sé. Váyase.
Cogió la mochila y se dirigió a la puerta.
—¡Helle!
La mujer reaccionó a la llamada.
—Mi marido me necesita.
Jerónimo pensó rápido.
—¿Y su otra hija? Katrine. Quizás Connie esté con su hermana.
—Eso es imposible.
—¿Dónde vive?
Se puso blanca. Se tomó unos segundos antes de hablar, mientras apretaba nerviosa el nudo de su batín.
—Llegó al sitio equivocado. De verdad que no sé nada. Tengo que atender a mi marido. Váyase, por favor. —La voz del marido volvió a repetirse en el aire—. Le he dicho que se vaya.
Jerónimo hizo ademán de moverse, intentando alargar el tiempo.
—¿No tiene Connie ninguna amiga? ¿Alguien con quien pueda estar en estos momentos?
—Connie no tiene amigas. Y quiero que se vaya de esta casa —insistió la mujer levantando la voz.
Jerónimo puso una tarjeta al lado de la foto con las niñas en los columpios y salió por la puerta.
—Me quedaré unos días en este hotel y detrás tiene mi número de móvil, por si se le ocurriese algo y decidiera contactarme. Estoy seguro de que a Connie le gustaría volver a ver a su madre.
La señora Nielsen apretó el nudo del batín, pero más fuerte los labios.
Jerónimo bajó el escalón y se dio la vuelta.
—Mire, estoy aquí para encontrar a Connie. Si no quiere ver a su marido, tendrá sus razones. Solo quiero confirmar que ella y su hija están vivas. Que tenga un buen día.
Y la madre respondió cerrando la puerta de golpe.