Capítulo 13
Jerónimo caminó en dirección a la inmobiliaria. Cada paso se le hacía más pesado. Todo ese asunto tenía cada vez menos sentido.
Connie reservó habitación en un hotel en Copenhague, pero nunca llegó y la única pista que tenía era la dirección en una vieja tarjeta, con los nombres de «papá» y «mamá» tachados.
¿Tachados? ¿Por qué volver a Dinamarca si no quería ver a sus padres?
Además, la casa perteneció a una familia sin hijos.
¿Era esa la antigua casa de los padres de Connie?
No tenía sentido. ¿Dónde se escondían, ella y su hija?
Cerró los ojos, se frotó la cara y trató de reestructurar toda esa información. Y le dio vueltas y vueltas a la misma idea. No podía ser otra. Connie no dejó a su marido. Huía de algo. Un algo demasiado peligroso para involucrarle.
Tragó saliva. Esto no tenía muy buena pinta.
¿Qué le iba a decir a Carles?
El billete de vuelta a Valencia era para el día siguiente. Se lo pasó de una mano a la otra. Lo dejó en el aire. Lo miró otra vez y finalmente lo guardó.
Tomó una decisión con todas las consecuencias. No podía irse. Le había prometido a Carles encontrar a su mujer y a su hija.
Apagó el móvil. No le iba a mandar ninguna foto. No le iba a contactar hasta que no tuviera algo claro. Además, Carles no le podía ayudar. Estaba solo.
Llegó hasta la inmobiliaria Hensrik, un edificio blanco de dos plantas, con pequeños toldos, blancos también. En cada ventanal había la misma maceta con un cactus diferente.
Se dijo que tenía que jugar bien sus cartas y averiguar la nueva dirección de la familia Nielsen.
Antes de entrar, pasó en frente por la tienda Seven-Eleven y se compró un batido de chocolate cocio .
Era el mejor batido de chocolate del mundo.
Esa marca no estaba en Londres y la calidad del batido de chocolate en España era para ponerse a llorar.
Hacer batidos de chocolate con leche pasteurizada era un crimen.
El batido venía en bote de cristal con el logo de la marca y la tapa amarilla.
Pasó la mano por la mochila que tenía colgada a la espalda y notó las zapatillas de correr, limpiando así un poco la mala conciencia.
Había que ser positivo y el batido de chocolate cocio era el mejor sustituto de algo que ya no practicaba tan a menudo: el positivismo.
Entró con el pie derecho.
Una mujer de mediana edad escribía en el ordenador.
Jerónimo le mostró una de sus mejores sonrisas y le dio los buenos días.
— God morgen .
La agente de la inmobiliaria paró y lo miró de arriba abajo, con curiosidad.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
Aquella mujer tenía la piel bronceada por los rayos uva, tirando más a un tono zanahoria que moreno, el pelo teñido de oscuro y los labios pintados en ocre. Los ojos de danesa no los podía ocultar. Eran azules pálidos.
—Estoy buscando la dirección de unos propietarios —dijo Jerónimo—, que vendieron su casa a través de su agencia, hace unos años.
La sonrisa se transformó en confusión.
—¿Perdón?
—Los propietarios tenían una hija. Su marido la está buscando. El caso está denunciado por la policía en España y… quizás los padres podrían dar una pista del paradero de su hija.
La agente abrió la boca, pero no dijo nada.
Jerónimo continuó.
—La única pista que tengo es la dirección de su antigua casa. La de los padres. Vengo de hablar con la dueña, que me dijo que la venta se hizo a través de su agencia. ¿Podría conseguirme la dirección?
La agente levantó las manos como si quisiera desenmarañar una madeja de lana.
—¿Me lo puedes repetir?
Jerónimo se lo volvió a explicar, esta vez, más despacio.
—¿Y tú eres?
—Su marido me contrató.
—¿Detective? —preguntó con interés.
—No, traductor en paro.
Jerónimo tuvo un momento déjà vu .
—¿Y tu acento?
—Español.
La agente de la inmobiliaria se inclinó sobre la recepción, con cierta coquetería. Tenía expresión de haber escuchado una palabra mágica: español.
—Me encanta España. La gente, la comida, el clima, la sangría, el jamón… —Movía las manos en círculos con cada cumplido—. Iba a España con mi marido todos los veranos. Y también en Pascua. Bueno, mi exmarido. Nos quedábamos en la playa de Roque Roque…
—Roquetas de Mar —le corrigió Jerónimo. Otro momento déjà vu .
—Me encanta la paella.
—La paella es de Valencia, no de Almería.
—Me encanta —repitió mientras jugaba con los dedos.
Un par de déjà vu , un estereotipo y una confusión interregional gastronómica. ¿Qué mejor que sacar la guitarra española y ponerse a cantar?
Jerónimo sabía cómo jugar las cartas con los estereotipos. Presionó la barriga contra el mostrador y con la presión estiró la camiseta hacia abajo, mientras se acercaba más a la mujer. A ver qué danés competía con su genética mediterránea. Dejó que el verde de sus ojos brillara más.
—¿Si te cocino una paella, me das la dirección?
La recepcionista le sonrió ruborizada.
—Soy nueva, aunque no lo parece —dijo con ironía—, pero por ser español, déjame que pregunte. —Y le guiñó un ojo—. Por preguntar no pierdes nada.
Definitivamente, Jerónimo estaba preparado para sacar la guitarra y ponerse a cantar por bulerías.
La agente de la inmobiliaria se acercó a un agente más joven que ella y le susurró al oído como si hubiera algo más que confianza entre ellos.
El joven agente se levantó de la silla. Su altura imponía.
Tenía barba rubia, escasa y mal recortada.
Llevaba una camisa blanca remangada y del cuello le colgaba una réplica en miniatura del martillo de Thor.
Un toque desenfadado, pero formal. Jerónimo se olvidó de la atractiva agente y se quedó mirando al joven vikingo, que le preguntó:
—¿Roquetas de Mar?
—Un poquito más al norte —respondió con sonrisa irónica, sin estar seguro de que el joven danés la hubiera entendido, a menos que tuviera un mapa de España y le explicara la broma.
—Los padres de mi novia tienen un apartamento allí.
—Hacen unas paellas fantásticas —añadió Jerónimo.
El agente de la inmobiliaria lo invitó a sentarse y le preguntó por la razón de su visita. Jerónimo le mostró el móvil con la foto de la tarjeta con la dirección de la casa.
—Su hija Connie está casada con un español. Hace varios días que desapareció con la hija de los dos. El marido me contrató para encontrarlas.
«Y no, no soy detective», pensó. «Soy traductor en paro».
El joven agente movió despacio la cabeza.
—Es que esa información…
—Lo sé. Es confidencial. Es política de la agencia.
No estás autorizado. Tendrías que preguntarlo.
—Puso las palmas encima de la mesa y se acercó más al joven vikingo—.
El caso está denunciado ante la Policía en España.
Ellos también tienen un proceso burocrático, pero eso no nos va a ayudar a encontrar a Connie y a su hija.
—Cogió aire—. Su marido está cada vez más desesperado.
El joven agente bufó.
—¿Tan serio es?
Jerónimo cerró los ojos, apretó los labios y asintió. Sabía que estaba exagerando un poco.
—No sabemos si están vivas.
La boca del agente formó una «O». Ajustó la silla de la oficina y respiró hondo.
—Recuerdo que la madre era…
—Actriz retirada.
—¿Y el marido estaba en silla de ruedas?
—Exacto —la voz de Jerónimo subía el tono.
—Pero… No había ninguna hija.
—De todas maneras, me gustaría hablar con ellos.
El agente se quedó pensando, mientras daba pequeños golpes con el bolígrafo sobre la mesa.
—Está bien. Como eres amigo de Birgitte, te apunto la dirección.
Jerónimo miró a la mujer. Ella le guiñó un ojo otra vez. Él tragó saliva y le devolvió una sonrisa nerviosa.
El agente escribió en el reverso de la tarjeta de negocios la nueva dirección y la arrastró por la mesa hasta Jerónimo.
—Aquí tienes.
—¿Recuerdas algo más? Cualquier cosa, por insignificante que sea.
El agente meneó la cabeza.
—Recuerdo que la compraventa fue muy rápida y eso es bueno para la agencia, pero no para la familia.
—¿Por qué?
El agente jugó con el bolígrafo.
—Porque suele haber problemas económicos…
Le dio las gracias y salió por la puerta con una extraña sensación de que algo no encajaba. Se había olvidado de dar las gracias también a Birgitte.
Se quedó en Roskilde y buscó un hotel donde pasar la noche. Corrió varios kilómetros, como se había prometido y la sensación fue la misma. No tenía control de la situación. Volvió al hotel, se dio una ducha y cenó en el restaurante Bone’s de la calle peatonal Algade.
—¿Espera a alguien? —le preguntó la camarera.
—No. Cenaré solo.
Pidió una hamburguesa big boy con beicon aromatizado a la manzana, sin cebolla, extra de pepinillos y queso cheddar .
Mientras comía, no paraba de darle vueltas a la cabeza.
Estaba seguro de que Connie y su hija llegaron a Dinamarca con la intención de ver a sus padres. Sin embargo, había algo más siniestro.
Llegó la camarera y le retiró el plato. Le preguntó si quería postre, pero Jerónimo estaba muy cansado. Se ajustó la camiseta y dijo amablemente que no.
Golpeó varias veces la tarjeta del agente de la inmobiliaria, mientras miraba a la nada.
Se la acercó a la nariz. Olía a perfume.
Pensó en el joven vikingo de barba rubia y mal recortada.
Pero por mucho que quisiera engañarse, en quien pensaba era en Erik.
Recordó que tenía el móvil apagado y lo usó como justificación para no dar señales de vida a nadie, incluido Erik.
Una chica de cuerpo pequeño, pero de aspecto fuerte, se acercó a la barra para recoger los platos sucios y meterlos en un cubo grande.
Jerónimo la llamó. La joven pasó cargando el cubo.
Le preguntó qué autobús iba hasta la dirección de la casa de los Nielsen y ella se lo explicó en un danés a trozos y acento eslavo.
Jerónimo ya se imaginó que era extranjera.
Le dio las gracias y le dejó un billete de cincuenta coronas de propina.
Hace veinte años, era él quien fregaba los platos por las noches en ese restaurante y estudiaba danés, por el día, en la escuela de adultos.
Con cierto pudor, la joven le dijo que no era camarera.
—Los que lavan platos son aún más importantes en un restaurante que los camareros.
Volvió al hotel. Tenía que descansar y tener la mente no solamente despejada, sino también preparada para cualquier evento imprevisto. Intuía que al día siguiente, cuando hablara con la familia Nielsen, sabría si en el plan de huida de Connie, algo salió mal.