Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 12
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Capítulo 12

Jerónimo se levantó temprano y salió del hotel con dirección a la estación central. Visitaría a los padres de Connie en Roskilde. «¿Qué mejor lugar para encontrar refugio que en casa de los padres?», pensó Jerónimo. Era su única pista.

Al final de la calle de Istedgade había una panadería en la esquina, antes de entrar en la estación central.

Compró un café con leche largo y se acercó a la vitrina.

Sus ojos bailaron entre tanta bollería danesa.

El wienerbrød , o pan de Viena, como lo llamaban curiosamente en danés, era el pastel típico de Dinamarca, con mil formas distintas.

La dependienta miró a Jerónimo, impaciente, con las pinzas en la mano.

No sabía cuál elegir de sus favoritos: el chokoladebolle , bollo con chocolate por encima y crema por dentro, o el kanelsnegle , un caracol de canela.

Apuntó con el dedo a uno, pero terminó pidiendo los dos.

El día podría ser largo y se prometió salir a correr unos kilómetros por la tarde.

El tren a Roskilde tardaba cuarenta minutos.

Entró en el vagón y buscó un sitio tranquilo, aunque ahí la tranquilidad la tenía asegurada.

Como buena práctica social, el danés siempre buscaba el asiento más alejado si no conocía a la gente con la que viajaba.

Se podría pensar que eran unos hurones. Jerónimo sabía bien que era más una cuestión de timidez social y de mutuo respeto.

Se sentó al lado de la ventana y preparó su desayuno alto en cafeína, azúcares y grasas saturadas.

Cuando llegó por casualidad a Dinamarca, pasó su primer año en un pueblecito cerca de Roskilde, llamado Viby Sjælland.

Compartía habitación con un estudiante de intercambio.

Una habitación pequeña y un estudiante ruidoso.

Sus primeros viajes en tren a la capital fueron por trabajo.

Los domingos, muy temprano, limpiaba pubs en el centro de la ciudad.

Dio un trago al café y un mordisco al caracol de canela.

Pensó que había cosas que perduraban en Copenhague.

Otras que no. Ya fueran buenas o malas. El café no era el mismo que bebía hace años, pero estaba bueno.

El pan vienés era aún mejor, pero el recuerdo no tanto.

El tren pasó por pueblos diminutos y granjas con más vacas y cerdos que habitantes.

Paró a medio camino por Høje Taastrup, donde a muchos daneses les gustaba pasar el fin de semana en Ikea.

Hacían peregrinación siguiendo las flechas indicadoras por los pasillos de la macrotienda de muebles baratos y se daban una pausa a mitad de camino para almorzar bolas de carne en salsa, en el restaurante.

Todos terminaban el itinerario comprando algún cacharro de diseño para la cocina o una lámpara de papel de arroz.

El tren paró en la estación de Roskilde y Jerónimo tuvo un cosquilleo.

Intuía que estaba cerca de algo, pero no sabía bien de qué.

Sacó el móvil y buscó la dirección de la casa de los padres de Connie con el GPS.

Tardaría solo quince minutos. Se rascó la barba y se echó a caminar.

Siguió el mapa y bajó la calle a la derecha, bordeando el parque de Østre Kirkegard.

Olía a hierba húmeda, rosas, tulipanes y pensamientos.

De fondo se oía el timbre de las bicis al pasar.

Las nubes todavía no habían tapado el sol y el día se presentaba prometedor.

Cruzó la acera y levantó la vista. Allí estaba la casa de los padres de Connie, situada en una bonita calle del extrarradio de Roskilde. Tenía dos niveles, un pequeño jardín frontal y otro más extenso en la parte de atrás.

En el jardín había un arenero, en el que jugaba un niño en pañales y una niña de unos cinco años, con trenzas rubias. La niña le daba instrucciones al niño pequeño de cómo construir un castillo, mientras él le pegaba golpes alegres con la pala al cubo de arena.

El corazón se le aceleró cuando la vio. Se acercó más.

Buscó en su móvil y cotejó la foto de Laura con la niña jugando en la arena.

No tenía gafas, ni un parche en el ojo, como Laura.

El parecido era solo en el color rubio del pelo.

Sacó el dibujo que había hecho para su padre.

Un dragón decapitado por un caballero. «Papá». Apretó los labios.

La niña paró y miró a Jerónimo con unos ojos grandes azul cristal.

De la nada, como una leona escondida, apareció una mujer a través de la ventana.

«Sería la madre», pensó Jerónimo. La saludó.

No era Connie. Ella echó las cortinas. Él levantó el móvil y fotografió la casa.

Visto y no visto, aquella mujer salió dando pasos largos.

—Usted no puede hacer fotos de mi casa —dijo mientras cogía a su hijo en brazos. La hija mayor se enroscó en la pierna de su madre observando curiosa a Jerónimo.

Se quedó quieto.

—Tiene una casa muy bonita —dijo lo primero que se le ocurrió.

—Usted no es de aquí. —Retrocedió ligeramente con el niño en brazos.

—No. —Levantó las manos—. Soy de España.

La madre lo observó unos segundos y su postura se relajó.

—La catedral de Roskilde está en la otra parte —comentó, confundiéndolo con un turista.

Jerónimo estiró el brazo y le mostró el móvil con la foto de la dirección de la casa de los padres de Connie.

—Estoy buscando a la familia Nielsen. ¿Viven aquí?

La madre dejó a su hijo en el suelo e indicó a su hija que fuera a jugar en la arena con su hermano. Se acercó más a Jerónimo y releyó la dirección de la tarjeta.

—Yo soy la dueña de esta casa. ¿Es usted periodista?

—No. Estoy buscando a la hija de la familia Nielsen. Desapareció hace unos días.

—¿Detective?

Jerónimo sonrió con los ojos.

—Más o menos. Traductor en paro.

La mujer relajó el rostro.

—De ahí su acento…

—Sí, de ahí mi acento.

Se acercó más a Jerónimo.

—¿En qué puedo ayudarle?

Dejó la mochila en el suelo.

—La hija de la familia Nielsen está casada con un español y su marido la está buscando. Desapareció con su hija de cuatro años, hace unos días. Solo tengo esta dirección de la casa de sus padres.

La mujer cogió el móvil y miró la pantalla.

—Tiene tachado «papá» y «mamá».

—Es una tarjeta vieja. —Echó un vistazo a su alrededor—. ¿Hay otra calle en Roskilde con el mismo nombre?

—No, que yo sepa. Nos mudamos a esta casa hace unos seis años.

Jerónimo chasqueó los dedos. Se le ocurrió una idea.

—¿Y los antiguos dueños?

La mujer respiró hondo, con la vista puesta en el suelo.

—Recuerdo que… bueno, no le puedo decir mucho. No sé dónde viven. ¿Quizás algún vecino le pueda decir algo?… —Le devolvió el móvil a Jerónimo y cruzó los brazos—. ¿O quizás la agencia que hizo el trámite de la venta de la casa? Esa sería la mejor opción.

—¿Se acuerda del nombre?

—Sí. La agencia se llama Hensrik, está enfrente de la tienda Seven-Eleven en la calle de la estación. ¿Sabe ir?

—Viví por la zona hace muchos años.

Se puso la mochila a las espaldas.

—¿Dice que tenían una hija? —preguntó la mujer.

Jerónimo asintió.

—Connie Nielsen. Tendría veintipocos años.

La mujer se pasó la mano por el pelo.

—No recuerdo a ninguna hija.

—¿Conoció a la familia?

—Solo hablé con la mujer cuando vinimos a ver la casa. —Se tocó los labios—. Era alta y delgada, un poco rara. Solía llevar una caja con polvos de maquillaje. Decía que era una actriz retirada o algo así.

—¿Solo ellos?

—Sí. Nos dijo que la casa se les había hecho muy grande y querían mudarse a una más pequeña, que solamente tuviera planta baja. Su pobre marido estaba en silla de ruedas.

Jerónimo se mordió el labio. Había algo que no encajaba.

La mujer lo miró intrigada.

—¿Está seguro de que busca a la familia Nielsen?

Jerónimo no supo qué responder.