Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 11
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Capítulo 11

Jerónimo se registró en el hotel por una noche y fue a dar una vuelta.

Estaba inquieto y tenía hambre. Había dejado de llover y solo quedaba una prostituta en la esquina.

Ella lo miró, Jerónimo le sonrió y siguió caminando.

Istedgade se hizo famosa a finales de los sesenta porque Dinamarca fue el primer país en el mundo en legalizar la pornografía y esta calle en comercializarla.

Pasó por el sex shop Plan E. Seguía teniendo el mismo aspecto de lugar viejo que hacía veinte años, cuando pasó por primera vez buscando trabajo.

Un hombre maduro con ojos curiosos rondaba por la puerta.

Pretendía esperar a alguien que no llegaba.

Miró a Jerónimo y Jerónimo lo miró a él con expresión de heterosexual ofendido y coló.

Espantó al hombre de ojos curiosos, que siguió andando en dirección contraria a la de Jerónimo.

A mitad de la calle llegó al restaurante Konya Kebab, uno de los mejores lugares para comer durum de Copenhague.

Entró, saludó, pero no le saludaron de vuelta por su nombre.

Hacía tiempo que no iba por allí a comer.

Pidió un durum de shawarma y lo devoró no solo por hambre, sino también por ansiedad.

Releyó el mensaje de Carles, pensando qué responder:

«¿Has hablado con Connie?».

Se limpió las manos con una servilleta.

«No están en el hotel».

Pasaron unos segundos.

Carles estaba respondiendo a su mensaje.

Paró.

Volvió a escribir, pero al final no hubo respuesta.

Contempló las brasas al rojo vivo. Connie llegó al aeropuerto de Manises con su hija, se deshizo del móvil y se metió en un avión con destino a Copenhague.

No quería dejar rastro de su huida. Carles afirmó que ni él ni su mujer tenían enemigos y además, que su matrimonio marchaba a las mil maravillas.

En el hotel le confirmaron que Connie había reservado habitación para ella y su hija para cinco días, con la intención de alargar su estancia, pero que nunca llegó.

La pregunta era: ¿de qué huía Connie?

Sacó la cartera. Doblado entre las tarjetas de crédito estaba el cheque de Carles.

Si no había enemigos, ¿huía Connie de su marido?

Observó la foto de familia que Carles le mandó.

Se fijó en la sonrisa de Connie. Reflexionó.

Su instinto le decía que no. No huía de su marido.

Pero entonces, ¿qué motivo tan fuerte tenía para desaparecer?

Además, si hubiera dejado a su marido para volver a su país, eso no explicaría que no llegase al hotel.

Jerónimo tomó una decisión.

«¿Quieres que visite a sus padres?».

Carles respondió inmediatamente.

«Quiero que muevas cielo y tierra».

Acto seguido, recibió una foto con la dirección de la casa de los padres de Connie. La amplió. Tenía escritas en danés las palabras de mamá y papá, mor og far , pero tachadas. ¿Estaría Connie con sus padres? Era la única pista que tenía.

Se ajustó la camiseta y se terminó la bebida.

Antes de salir, pidió otro durum de shawarma para llevar y un refresco de cola.

En la calle hacía frío. Había bajado la temperatura en menos de una hora.

Volvió con paso ligero al hotel. Eran casi las once de la noche y tenía que descansar.

El día siguiente, por la mañana saldría de camino a la ciudad de Roskilde para visitar a los padres de Connie.

Sería lo más obvio que una hija se quedase con ellos y eso explicaría por qué nunca llegaron al hotel.

De vuelta buscó a la prostituta. La esquina estaba vacía.

Miró la bolsa con el durum de shawarma .

El olor a carne a la brasa ya no le parecía tan apetecible.

La tiró a un cubo de basura. Pasó la noche dando vueltas sobre un enorme colchón, demasiado blando para su espalda.

Se hacía viejo. Sintió pesadez en el estómago, pero no solo por la comida. Estaba preocupado.