Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 10
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Capítulo 10

Unas horas más tarde y rumbo al norte, Jerónimo aterrizaba en Kastrup, el aeropuerto de Copenhague.

Esa noche vería a Connie y le pasaría el mensaje de Carles.

Que fuera ella la que decidiera qué hacer.

Bastante tenía él con Erik, como para meterse en problemas maritales ajenos.

Y eso también incluiría a Luis. Jerónimo seguiría sus propias reglas.

Cuando salió del avión, el cielo encapotado y el fuerte viento del mar Báltico le dieron la bienvenida. Se subió la cremallera de la sudadera, agarró su mochila de viaje y siguió las luces indicadoras. Por alguna extraña razón, el frío le hacía sentirse más en contacto consigo mismo.

Dinamarca era el país más al sur de todos los países nórdicos.

Un país pequeño, plano, muy oscuro en invierno y de luz cegadora en verano.

Húmedo y frío. Con un puñado de algo más de cinco millones de daneses, era considerada la nación más feliz del mundo.

De los años que Jerónimo vivió en Copenhague, no tuvo la suerte de encontrarse con tanta gente feliz, sobre todo cuando tenían que pagar casi la mitad de sus sueldos como impuestos al estado danés y celebrar muchas veces sus fiestas dentro de casa.

A nadie se le había ocurrido añadir a esa estadística, que también poseía uno de los mayores niveles de consumo de alcohol.

Ese dato tampoco era una realidad que hubiera vivido Jerónimo.

Tenía un cariño y un vínculo especial con este país que, más que un refugio para esconderse durante muchos años, había sido su hogar.

Sus hermanos y su madre nunca entendieron por qué emigró de repente a este país tan diferente de España, y Jerónimo tampoco podía contárselo.

Tomó el tren Øresundstog, que venía de la ciudad sueca de Malmø, atravesando el puente Øresund, hasta la estación central de Copenhague, Hovedbanegård.

Se sentó entre daneses y suecos. El danés era su segunda lengua, el sueco lo entendía a trozos como un español entendía a un italiano.

Danés y sueco eran lenguas hermanas, pero con una musicalidad muy diferente.

Si no, que le preguntasen a un sueco cuando intentaba mantener una conversación con un danés con dos copas de más.

Llegó a la estación central de Copenhague, Hovedbanegård. Subió las escaleras eléctricas y contempló el reloj colgado en el centro del vestíbulo, icono de la estación y punto de encuentro de miles de daneses.

Giró a la izquierda, atravesó la estación y bajó las escaleras que daban a una de las entradas.

Sonaba música clásica y si se hubiera quedado diez minutos más, hubiera oído la misma sinfonía repetida.

La tocaban una y otra vez, como la mejor opción para ahuyentar a los mendigos que, asqueados, buscaban otro lugar para mendigar.

La acera estaba llena de bicis mal aparcadas y superpuestas o apoyadas unas en otras. Era el medio de transporte de los daneses por excelencia. Lloviera, nevase o hiciera viento, un danés nunca abandonaría a su caballo con ruedas.

Entró en la calle de Istedgade. Los edificios eran centenarios, pero bien conservados.

De cinco alturas y construidos todos conforme al mismo plano arquitectónico.

Ventanales con forma de cruz y fachadas lisas, pero de diferente color: crema, blanco, gris o marrón.

La calle olía a fritos y comida para llevar.

La luz de los escaparates era más fuerte que las tibias luces de las farolas.

Había empezado a llover. Jerónimo aceleró el paso y bajó la calle hasta que encontró el hotel Valdemar a mano derecha.

Paró unos segundos. En la esquina había tres prostitutas negras con abrigos de colores llamativos.

Daban pequeños pasos en círculo, mirando a todas partes, pero sin prestar atención a nada en concreto, mientras giraban coquetas un paraguas con los colores del arcoíris.

Estas mujeres habían reemplazado a las prostitutas de origen asiático que estaban allí, la última vez que Jerónimo caminó por esta calle.

Y esas, a su vez, también les habían quitado el puesto a otras que venían de la Europa del Este, a las que Jerónimo vio cuando pasó por primera vez por allí.

Era triste ver esa imagen casi en blanco y negro en una noche fría y húmeda.

La prostitución era un mercado como otro cualquiera, donde la oferta cambiaba en función de la demanda.

Se rascó la barba. El hotel en el que se hospedaba Connie con su hija no era uno de los más glamurosos de Copenhague.

La pintura de la fachada se desconchaba y encima de la entrada colgaban del marco banderitas americanas, noruegas y danesas, dando la bienvenida a los huéspedes. Extraña combinación.

La pared frontal de la recepción estaba literalmente empapelada con retratos de actores y actrices de la época dorada del cine americano y fotos firmadas por actores más contemporáneos del cine danés.

La actriz danesa, Sofie Gråbøl, ocupaba un lugar especial.

Un día, entró en el supermercado en que Jerónimo trabajaba en sus años universitarios y la saludó.

Sofie fue la detective protagonista de una serie de crimen danesa, tan popular que los derechos de emisión fueron comprados por la BBC y la serie se emitió en los bloques de alta audiencia en el Reino Unido.

Tuvo un éxito sin precedentes. Que un británico leyese subtítulos era como pretender que un vegetariano comiera carne.

Se acercó a recepción.

Un hombre mayor con cuerpo macizo pasaba las páginas del periódico Berlingske.

Jerónimo se inclinó despacio. Su primer trabajo al llegar al país fue de repartidor de ese periódico casa a casa antes del amanecer.

Una bici de segunda mano y un palmo de nieve en una urbanización perdida en el campo en la zona de Roskilde.

Le dio las buenas noches al recepcionista.

— God aften .

El recepcionista dejó el periódico a un lado. Era un hombre mayor de cara redonda y decorada con un mostacho teñido y unos ojos pequeños pero amables. Un peluquín demasiado oscuro para una piel tan blanca, le daba un aire de franciscano.

—Usted dirá.

Jerónimo puso el móvil encima de la recepción y le dijo con voz frustrada:

—Necesito ver a una huésped de su hotel. Su nombre es Connie Nielsen.

Fue lo primero que se le ocurrió.

El recepcionista lo miró y luego observó el móvil apagado. Antes de que hiciera preguntas, Jerónimo continuó.

—Aún no he cenado. —Sabía que no tenía mucho sentido.

El recepcionista abrió más sus pequeños ojos amables y asintió como si entendiera toda la situación. Jerónimo y Connie habían quedado supuestamente para cenar y el móvil no le funcionaba.

—¿Connie Nielsen?

—Sí, Connie Nielsen —confirmó Jerónimo sin mover un solo músculo de la cara.

El recepcionista tecleó en el ordenador usando el dedo índice, grueso como una salchicha danesa. Jerónimo respiró hondo. Tuvo suerte de que no le mencionara nada sobre la política de privacidad y todo ese rollo que el encargado le dijo la última vez por teléfono. No hubiera sabido qué responder.

—¿Connie Nielsen? ¿No es una actriz famosa?

Jerónimo miró la hora.

—Aún no la he visto en la televisión.

—No. En el cine. Una actriz de cine.

Se encogió de hombros. Le dolían los oídos del vuelo y tenía dolor de cabeza.

—C-o-n-n-i-e N-i-e-l-s-e-n… —Tecleó despacio letra por letra en el ordenador.

Si el recepcionista repetía una vez más el nombre, Jerónimo le arrancaría el peluquín.

—No —dijo seco.

—¿No qué? ¿No está? ¿No ha llegado todavía? ¿Se ha ido?

—No tenemos registro de ningún huésped con nombre de actriz famosa. Cenará solo esta noche.

Jerónimo parpadeó.

—¿Está seguro?

El recepcionista asintió.

—Su compañero me confirmó que estaba aquí cuando llamé —su voz tenía un tinte de duda.

—Tiene que ser un malentendido —dijo el recepcionista.

La expresión de Jerónimo se agrió. Se preguntó cuántas veces había escuchado a un danés utilizar la palabra misforståelse (malentendido) para justificar una incompetencia o evadir una responsabilidad.

—Insisto en que hablé con su compañero por teléfono y me confirmó que Connie estaba aquí hospedada. —Giró la cabeza a los lados—. ¿Este es el hotel Valdemar?

El recepcionista abrió más sus pequeños ojos.

—¿Mi compañero le dijo tal cosa?

Jerónimo intentó recordar el nombre.

—¿Lars?

El recepcionista negó con la cabeza.

—¿Søren?

Y volvió a negar.

—¿Mikkel? ¿Viggo?

—¿Magnus?

—¡Sí! Magnus.

El recepcionista levantó despacio las manos y torció la cabeza.

—Magnus no trabaja hoy.

El entusiasmo pasó a la frustración.

—Me confirmó que Connie Nielsen estaba hospedada en el hotel.

—Suena usted como un fan obsesionado.

Jerónimo cruzó los brazos, irritado.

—¿Podemos solucionar el “misforståelse”?

El recepcionista forzó una sonrisa congelada, típica de su profesión y el mostacho pareció vibrar unos segundos.

—Deje que haga una llamada. —Descolgó el teléfono—. Magnus, hay aquí un caballero que quiere hablar contigo… No, no creo que el señor tenga que esperar a que termines de comer. Ni siquiera él ha cenado todavía. —Colgó—. Ahora viene. Está en prácticas. El hotel le da alojamiento…

Jerónimo bostezó.

—Parece cansado. Siéntese —le ofreció el recepcionista.

Se sentó. Pensó en Gabriel, en Eva y el niño.

Minutos más tarde bajó por las escaleras un chico alto y con la frente salpicada de granos.

Tan alto que tenía la nuca un poco encorvada hacia delante, como si hubiera pegado un estirón demasiado rápido y todavía no estuviera acostumbrado al tamaño de su cuerpo de adulto.

Llevaba una sudadera con las iniciales U.

S. A. y unos pantalones de pijama. Al sonreír, mostró un aparato de ortodoncia.

Jerónimo se levantó.

—Vengo de España y hablé contigo hace un par de días. ¿Te acuerdas?

—¿Ha venido de España? —dijo con expresión boba.

—Pregunté por una huésped, Connie Nielsen. Me dijiste que no podrías confirmarme si estaba hospedada aquí y me pasaste la llamada a tu jefe.

—No me dejan dar información de los huéspedes.

—A mí tampoco —dijo el recepcionista mayor, que miró al techo y se quedó pensando unos segundos—. Connie Nielsen es el nombre de una actriz danesa famosa.

Jerónimo se concentró en el joven recepcionista.

—Te dije que tomaras nota y le dejases un mensaje a Connie y me dijiste que sí. Me dijiste que sí —repitió con más intensidad.

El joven miró al suelo y luego a Jerónimo:

—Y colgaste.

—Tenía prisa. ¿Es verdad que está aquí?

—No.

A Jerónimo le dolía la cabeza y estaba irritado, muy irritado.

—Me dijiste que le ibas a pasar mi mensaje a Connie Nielsen, ¿pero ella no está en el hotel?

—Estoy en prácticas. Estoy aprendiendo.

—¿A decir la verdad?

—El cliente siempre tiene la razón.

—No me jodas, Magnus. —Jerónimo se mordió el puño—. Perdón.

Las mejillas del joven subieron de color.

—Me puse nervioso y… no supe qué decir.

Jerónimo levantó la cabeza, se tapó la cara con las manos y respiró hondo. «Vaya viaje», se dijo. Mejor respirar que pegar un grito.

—¿Quiere un vaso de agua? —le preguntó el recepcionista mayor.

—Quiero un vaso de algo más fuerte —respondió Jerónimo con sarcasmo.

«La cosa se complica», pensó. Cogió el vaso que le ofreció el recepcionista y le dio un buen trago. Tosió. La garganta le ardía.

—Ginebra —confirmó el recepcionista mayor mientras cogía el vaso de vuelta—. Connie nunca se hospedó en nuestro hotel.

—Sí que llamó e hizo una reserva —añadió el joven recepcionista.

—¿Qué más? —carraspeó Jerónimo.

El joven metió las manos en la sudadera e inclinó más la cabeza.

—Bueno, no me acuerdo exactamente cuándo llamó. Le tomé los datos y reservó habitación para ella y su hija, para cinco noches.

—¿Te dijo algo más?

El joven negó nervioso. Se quedó pensando.

—Lo que siempre se pregunta. Le dije que si pagaba con tarjeta o en efectivo. Me dijo que pagaría en efectivo. También le pregunté la hora de llegada. No lo sabía. Dijo que volvería a llamar cuando supiera a qué hora aterrizaba en Kastrup.

—Y no volvió a llamar.

—¿Cómo lo sabe?

Jerónimo intentó tragar, pero tenía la garganta seca.

—Porque su móvil apareció en el cubo de basura del baño de mujeres del aeropuerto de Valencia.

Los dos recepcionistas abrieron más los ojos, pero no dijeron nada.

—¿Pueden traerme un vaso de agua, por favor? Necesito agua —pidió Jerónimo.

—Enseguida. —El recepcionista mayor se movió deprisa con pasos cortos y le trajo agua.

—¿No te dijo nada más? ¿Algún dato? Lo que sea —preguntó Jerónimo mientras sostenía una jarra de cerveza llena de agua.

Magnus miró a la nada.

—Recuerdo que seguí el protocolo.

—Y se os da muy bien seguir las normas del hotel… Perdona. Continúa por favor. —Y dio un largo trago al agua.

—Me preguntó con cuánto tiempo antes nos tenía que confirmar si quisiera quedarse más días en el hotel. Le dije que no podía asegurarle nada, pero que estábamos en temporada baja y que posiblemente no sería ningún problema.

—Déjeme que mire el libro de entradas —intervino el recepcionista mayor—. Quizás haya anotado a mano algo que no tengamos registrado en el fichero del ordenador.

Jerónimo apretó la jarra con agua; sin embargo, la esperanza duró poco, hasta que el recepcionista mayor negó con la cabeza y dijo:

—Solo está registrado el cuestionario que le hacemos al ayuntamiento para los turistas que visitan Copenhague.

—¿Y eso qué es?

—Tiene la opción de poner si la visita es por negocios o por placer.

—Me dijo que por placer. Visita familiar —añadió Magnus.

«Bingo», pensó Jerónimo. Ahora sabía dónde estaban Connie y su hija. Se bebió de un trago toda el agua mirando el fondo de la jarra y vio luz a través del cristal, como el final de un túnel.

Dejó la jarra encima de la recepción y dijo:

—¿Podría reservar una habitación para esta noche?