Capítulo 9
Al día siguiente, todo pasó muy rápido. Llamó a Eva, se despidió por unos días y pasó por la oficina de Luis, que le entregó un sobre con su nombre.
No solo estaba el billete de vuelo, también encontró una foto de Connie, otra de su hija y un dibujo.
Luis le dijo que lo pintó Laura en la guardería.
Jerónimo desdobló la hoja con cuidado y contempló el dibujo en el que había garabateado, con rayas de colores, un caballero y un dragón decapitado.
El caballero tenía una espada y un nombre: «papá».
Luis encendió un cigarrillo.
—Carles es un poco sentimental —le dijo desde la mesa de su despacho.
Jerónimo se quedó callado y lo guardó todo en la mochila. Antes de salir por la puerta, Luis lo llamó.
—Cuando encuentres a Connie, haz lo que quieras si decides no decirle nada a Carles, pero a mí, sí que me lo tienes que decir.
Salió a la calle San Vicente y en una esquina, mal aparcado, esperaba Gabriel en su coche.
—Gracias por llevarme al aeropuerto —le dijo Jerónimo.
—Eva insistió.
Jerónimo se encogió más en el asiento. Después de varios minutos, Gabriel habló.
—Te vas antes de llegar.
—A Eva no le importa —se defendió Jerónimo.
Gabriel lo castigó con su silencio durante unos minutos más. Estaba concentrado en la carretera y su mirada seria era también de enfado.
Jerónimo tomó aire.
—Gabi, serán unos días. Carles paga bien.
—Carles te está tomando el pelo. Su mujer se llevó a su hija y lo dejó tirado.
—Eso tú no lo sabes. Que sea ella la que me lo diga. Si no quiere verlo, no le diré nada. Ese es el trato.
—Tú crees que todos juegan con tus mismas reglas.
Jerónimo apretó el asa de la mochila.
—Pues tú también sigues las reglas al pie de la letra.
—Yo seguiré las reglas al pie de la letra, pero tú sigues las tuyas propias y Carles…
—¿Carles qué?
—Carles es como Luis. Solo siguen las reglas que están obligados a seguir para no meterse en líos. No juegan limpio.
—Luis nos quiere.
—Bah.
Jerónimo bajó del coche y le prometió a Gabriel que volvería en unos días. Que estarían en contacto. Porque Jerónimo era un hombre de palabra y cumplía lo que prometía. Eran las reglas de su propio juego.