Capítulo 8
A la mañana siguiente, Jerónimo salió de la casa del abuelo, con un oso rojo de peluche del tamaño de un globo gigante, que tenía un corazón cosido en el vientre.
Era un oso amoroso, de una serie de dibujos animados que veía cuando era niño.
Lo encontró expuesto en el escaparate de una tienda de juguetes, cerca de la Plaza de España.
Lo vio, le gustó y lo compró. Quizás el oso de peluche era demasiado grande para su sobrino, pero ya crecería.
Había quedado para comer con su hermano Gabriel y Eva. Se fue antes y caminó hasta uno de los bancos de la marina en la playa de la Malvarrosa. Puso al oso amoroso encima, mirando hacia el mar y se sentó al lado. Lo observó y le dijo «hola».
La brisa era cálida, las olas estaban tranquilas y la luz de Valencia tenía una claridad muy diferente a la de Londres o Copenhague. En el cielo, los aviones volaban más bajo. Se acercaban al aeropuerto de Manises y parecía que casi tocaban los veleros que paseaban por las aguas, en la distancia.
Se quitó las sandalias e hizo círculos con el dedo gordo del pie. El tacto de la arena entre los dedos le hacía cosquillas como un niño travieso.
Recordó las tumbonas flotantes y las pelotas de playa; las toallas húmedas y la arena que se pegaba a la piel untada en crema protectora, el táper, las neveras portátiles, pero sobre todo, la tortilla de patatas, los pimientos y las aceitunas.
Volver a Valencia era como abrir la caja de Pandora emocional, llena de vientos del pasado que despeinaban el presente. Pensó en sus padres. Si la muerte de su madre fue dulce y tranquila, la muerte de su padre fue amarga y trágica.
Una voz conocida trajo a Jerónimo al presente.
—Tú también pareces preocupado —dijo Carles, de pie al lado del banco—. ¿Puedo?
Antes de que Jerónimo aceptara, Carles se sentó con cuidado de no arrugar sus pantalones, quedándose el oso amoroso entre ellos.
Carles llevaba gafas de sol y era curioso que la barba, que parecía haber sido dibujada con un rotulador negro, tenía exactamente la misma longitud que cuando se vieron la primera vez, hace unos días. ¿Le pedía el teléfono del barbero?
—Tu hermano Luis me dio la dirección de la casa de tu abuelo y te encontré aquí.
—Valencia no es tan grande como la gente cree.
Carles observó el enorme oso de peluche que los separaba.
—Mi hermano pequeño ha sido padre —dijo Jerónimo—, pero el oso no es para él, es para su bebé.
Carles sonrió sin sonreír. Una sonrisa difusa que desapareció rápido cuando miró la espuma de las olas acariciando la arena.
—El día antes de la desaparición de mi mujer y mi hija, comimos en ese restaurante de ahí y nos dimos un paseo justo por esta orilla.
Jerónimo acercó el oso hacia él.
—Si has venido para convencerme del viaje a Copenhague, ya te digo que es un no.
Carles levantó la mano como limpiando un malentendido.
—Mi vuelo sale mañana por la tarde. La empresa no puede estar sin mí. Lo estoy dejando todo preparado antes de mi viaje.
Jerónimo relajó los hombros.
—¿Sabe la policía algo más?
—Les conté sobre la llamada al hotel y pasaron por casa. Bueno —añadió marcando más las palabras—, insistí y pasaron por casa. Visita rutinaria. No encontraron nada que yo no supiera. Faltaba algo de ropa.
—¿No te parece raro?
—No. Puede que se la dejase en casa de alguna amiga, o que la tirase si estaba aburrida de ella.
Cuando se fueron, guardé todas sus cosas.
Entre los libros de texto en español, encontré artículos de periódico de la época en la que se mudó a España.
—Se levantó y se ajustó la camisa—. Bueno, tengo que irme.
Jerónimo miró la hora. También tenía que irse pronto, o llegaría tarde.
—Los artículos de periódico son buenos para aprender un idioma.
Carles se quitó las gafas de sol y miró fijamente a Jerónimo. Sus ojos no solo estaban cansados, también estaban tristes.
—Eran todos del mismo tema. El famoso caso de la estafa inmobiliaria que llevó a más de uno a la cárcel.
Jerónimo negó con la cabeza.
—No sé. He pasado tanto tiempo fuera de España, que estoy desconectado de las noticias. —Se escondió detrás del oso de peluche—. Me quedé en las pesetas.
Carles no reaccionó al comentario de Jerónimo, en cambio, apretó la montura de las gafas. Su voz sonó frustrada:
—No soy tonto. La policía piensa que es una desaparición voluntaria, pero yo sé que no. Connie no se iría así por las buenas.
Jerónimo pensó que después de la llamada al hotel confirmando que Connie estaba alojada allí, él no podía estar más de acuerdo con la policía. No quería meterse en problemas maritales y no contradijo a Carles, que continuó hablando.
—Algo me dirán en el hotel cuando vaya. Tiene que haber una razón para que llamara al hotel. Una pista.
Jerónimo no se movió. Tuvo un presentimiento.
Ya de espaldas, Carles se dio la vuelta y sacó del bolsillo una vieja tarjeta.
—Se me olvidaba. Mira, lo pone en danés: far y mor . Es la dirección de la casa de sus padres.
¿Por qué reservaría Connie habitación en un hotel? Jerónimo no pudo evitar acercarse. El código postal era de Roskilde y las palabras papá y mamá estaban tachadas varias veces. No había teléfono.
—Nunca conocí a sus padres —dijo Carles—. No se habla con ellos y yo no le pregunté por qué. —Guardó la tarjeta—. Quizás sea el momento de hacerles una visita.
Jerónimo también se levantó. Carles le estrechó la mano.
—A tu hermano pequeño no lo conocí, pero me acuerdo de ti.
Sintió un golpe en el estómago. Parpadeó como si le hubiera entrado arena en los ojos. Carles apretó un poco más fuerte.
—Eras amigo de mi hermano.
Jerónimo se deshizo de la mano. Dos emociones estrangulaban su conciencia: la tristeza y la culpabilidad. Tristeza por saber que Carles creció huérfano de hermano y culpabilidad por haber participado en ese destino.
—Íbamos al mismo colegio —dijo y fingió quitarle importancia.
—Jugabais juntos al fútbol.
—Chavales del barrio.
Antes de darse la vuelta, Carles insistió.
—¿Echas de menos a tus hermanos cuando estás en Londres?
Carles había dado en la diana tocando la fibra más sensible que Jerónimo podía tener en su ser. Intentó ajustar los hombros, pero no pudo.
—Echo de menos a mucha gente —respondió con voz débil.
—Yo también echo de menos al mío. Pienso en él cada día. —Carles se puso las gafas de sol en un intento de tapar su pena—. Debería estar prohibido que los hijos mueran antes que los padres. La vida es muy cruel a veces.
Jerónimo se quedó pensando unos momentos y se acercó a Carles como un imán. Estaban cara a cara. Quería saber algo que siempre se había preguntado.
—¿Cómo sobrevive?…
Carles pareció leer el pensamiento de Jerónimo y se adelantó a su pregunta.
—¿Cómo sobrevive una familia cuando uno de los hijos muere arrollado por un tren?
Un rubor subió por el rostro de Jerónimo.
—Perdona. Hablé antes de pensar…
Carles levantó la mano quitándole importancia. Se quitó las gafas y fijó su oscura mirada en los ojos verdes de Jerónimo.
—Mi padre murió de un ataque al corazón unos años más tarde. Ya estaba jodido, así que la muerte de Josep no ayudó mucho. Mi madre duró un poco más. Nunca creyó al malnacido de Alberto.
Alberto fue oficialmente el único niño que presenció la muerte de Josep.
—¿Y tú? —preguntó Jerónimo.
Carles se puso las gafas como si de un escudo se tratase y bajó la cabeza ligeramente.
—Eso daba igual. Josep no iba a volver. Cuando murió mi madre, me fui unos meses con un grupo de mochileros en un paquete de viaje de tres meses por la India.
En el grupo estaba Connie. Todos estábamos escapando de algo y queríamos reencontrarnos con nosotros mismos, haciendo un largo viaje por la India exótica.
—Una sonrisa bailó en sus labios y Jerónimo se sintió un poco más ligero—.
A la vuelta ya éramos tres. Tuve mucha suerte.
El negocio me vino rodado y, hace unos años: boom…
—terminó ahí la frase, se quitó las gafas y la sonrisa se hizo más grande y atractiva—.
Se me dan bien los negocios. Sí, se me dan muy bien…
—Me alegro. —Añadió Jerónimo meneando la cabeza.
Ahora entendía un poco mejor la historia de Carles.
Empezaba a verlo más claro todo. Tenía enfrente a un hombre que había sobrevivido a tres muertes: la de su hermano mayor, su padre y, luego, la de su madre.
Seguía de pie. Era alto, guapo y fuerte.
Tendría una barba de juguete, ropa cara, unos músculos alimentados en un gimnasio y un coche (vaya que coche…), pero entendía sus razones.
Carles era un hombre joven, que no estaba acostumbrado a que la vida le sonriera y, ahora que lo hacía, quería que todo el mundo lo supiese.
Lo entendió. Realmente entendió el origen de esa arrogancia, si realmente era arrogancia.
Hasta era posible que lo envidiaba un poco.
Hasta le pareció sexi. ¿Tenía eso algo de malo?
Torció una sonrisa cuando pensó que Carles estaría mejor si no se afeitase el pecho.
Carles cruzó los brazos y marcó la camisa con sus bíceps.
—Me es más fácil hablar con los gais. Sois como las mujeres. Sabéis escuchar.
«Y la acababa de cagar…» pensó Jerónimo y se pasó frustrado la mano por la cara.
—Sí, tenemos dos orejas.
Se acercó más a Carles.
—¿Y si tu mujer no quiere verte?
Carles apretó la mandíbula y los labios y clavó la mirada en Jerónimo. Sus ojos eran más negros. Sacó su móvil y acercó la pantalla hasta Jerónimo. El brazo estaba tenso.
—¿Ves a esta mujer? Mírala bien. Nos hicimos la foto la tarde antes de que desapareciera. ¿Tú crees que esta mujer tuviera planes de dejarme?
Jerónimo pegó los ojos a la foto y vio a Connie por primera vez. Era realmente hermosa.
La familia estaba sentada en un banco. Carles tenía la espalda recta y llevaba el mismo modelo de camisa en azul claro.
Hacía una mueca tonta con la cara. Connie se apoyaba ligeramente sobre el hombro de su marido.
Su hija Laura estaba tumbada con la cabeza sobre el regazo de su madre y sus pequeñas manos apuntaban al cielo jugando con unos hilos de colores.
Connie y Laura eran versiones de un mismo molde, pero de generaciones distintas. Tenían cara de muñeca nórdica, con un pelo como hebras de oro sobre una piel color bronce.
Laura llevaba gafas y un parche en uno de sus ojos.
Connie sonreía con unos dientes alineados y perfectos.
No era exactamente una sonrisa de anuncio.
No era una sonrisa falsa, era una sonrisa auténtica, una sonrisa de felicidad.
Difícil de describir y también difícil de imitar.
Esa sonrisa no se podía fingir. Estaba feliz al lado de su marido.
Jerónimo no apartó la vista de la foto, mientras Carles hablaba más rápido y más alto:
—No ha contactado a nadie. No hay registro. Apareció el móvil en la papelera de un aeropuerto. Algo pasó y lo voy a averiguar. Si se hubiese querido separar de mí, lo hubiera hecho de una forma un poco más inteligente. Connie se llevó a mi hija y huyó de alguien, no de mí.
Había algo cierto en la voz desesperada de ese hombre: cualquier mujer con un mínimo de sentido común no pasaba por la guardería a mitad del día para recoger a su hija, llamaba a un hotel en Copenhague y tiraba su móvil en la papelera de los aseos del aeropuerto.
Si era cierto lo que decía Carles de que no había enemigos, ¿de quién huía Connie?
Ni siquiera había avisado a su marido. No tenía sentido.
Miró las olas y reflexionó unos segundos.
—¿Cuánto me pagarías por ir a Copenhague?
Carles levantó las cejas.
—Lo que tú digas. Lo que tú pienses que es aceptable. Pon tú una cifra —su voz temblaba por momentos.
Jerónimo hizo cálculos y le dio una cifra a Carles.
—Me parece bien. ¿Cuándo irías?
—Cambia el nombre de tu vuelo y mañana por la noche estaré allí.
—Perfecto.
—Casi perfecto.
—¿Y eso?
—Yo pongo las condiciones.
—¿Jugamos con reglas?
—Jugamos con mis reglas —marcó Jerónimo—. Si acepto el trabajo, yo pongo una condición.
—¿Y la condición es?
—Que… si tu mujer no quiere verte, respetaré su decisión y no te diré nada.
—¿Cómo sé que no me tomarás el pelo?
—Porque yo soy un hombre de palabra.
Carles le estrechó la mano otra vez. Jerónimo era grande y fuerte, pero Carles lo era más.
—Si fueras una tía, me pondrías.
A Jerónimo le brillaron los ojos.
—Y si tú fueras gay, también.
Carles abrió la boca, se quedó pensando, pero no dijo nada. Jerónimo le guiñó un ojo.
—Paso mañana por la oficina de Luis y recojo el billete y el cheque.
Jerónimo caminó hasta la estación de metro y pensó cómo decirles a Gabriel y Eva que se iba a Dinamarca unos días por trabajo. Miró el oso de peluche gigante y se preguntó cuántos peluches necesitaría para aplacar la decepción de Gabriel.