Capítulo 7
La playa del Cabanyal estaba hecha de arena fina y aguas templadas. En el horizonte, reflejos de plata y oro chispeaban sobre un atardecer de otoño. La brisa salada olía a mar y las gaviotas paseaban por un cielo azul claro, sin nubes.
Jerónimo caminó por el largo paseo marítimo de palmeras y restaurantes con nombre de mujer. Bajaba la temporada de turistas y la tarde estaba tranquila. Habían sido unos días caóticos y las turbulencias en el avión habían puesto la guinda en el pastel.
Abrió la botella de agua, pero estaba vacía.
La tiró a la papelera y sacó un paquete de chicles.
Masticó y el sabor a menta expandió sus pulmones.
Respiró profundamente, mirando el horizonte.
Regresar a Valencia le inquietaba. Siempre había alguna excusa para no volver.
Se perdió en sus pensamientos y… Uf… Esta vez sería diferente, se dijo. Esperaba que fuera diferente.
Tocó por encima de la tela de la camiseta el anillo que llevaba colgado del cuello.
Jerónimo no era consciente de cuántas veces al día hacía ese gesto.
Era un anillo con runas vikingas que le regaló Erik.
Por alguna extraña razón, lo llevaba colgado del cuello.
Miró su WhatsApp y vio que estaba online , pero no le había llamado, ni escrito.
Dudó si escribirle que se quedaba unos días en Valencia.
Se quitó las sandalias y se subió el pantalón. Metió los pies en la orilla y fue caminando, distraído en sus pensamientos.
Jerónimo no había renovado su contrato de arrendamiento en el estudio donde vivía y guardó todas sus cosas en un trastero de alquiler.
Quería darle una sorpresa a Erik, pero la sorpresa se la llevó él, cuando Erik se quedó sin palabras ante la noticia.
¿No iban a vivir juntos? Los dos coincidieron en que esa era la idea y lo habían hablado; sin embargo, nunca concretaron nada.
Ahora que los proyectos de traducción llegaban con menos regularidad, pensó que era una buena forma de matar dos pájaros de un tiro.
Por una parte, compartirían gastos y por otra, tendrían una vida en común.
Pero el tiro pensó en pegárselo a sí mismo, cuando Erik no reaccionó de la forma que le hubiera gustado.
Ahora estaba claro que la definición de «pronto» era diferente en la cabeza de cada uno de ellos.
Jerónimo se sintió ofendido. Más que ofendido, dolido.
¿Se había equivocado? ¿Iba demasiado deprisa?
Habían pasado ya dos años de relación. Se acercaba a los cuarenta.
¿Cuánto tiempo más tendrían que esperar?
Total, que de la misma forma que Jerónimo salió de la casa de Erik sin haber probado el postre, decidió irse al McDonald’s más cercano y meterse entre pecho y espalda un menú gigante.
Más tarde se tomó unas cervezas en el pub Comptons en el Soho.
Borró las llamadas perdidas de Erik y sacó un billete para el último tren a Oxford.
Pasaría la noche en casa de su mejor amigo Christian.
Cuando llegó a la estación, el subidón de ira, cerveza y McDonald’s se le había pasado y tuvo un bajón.
En mitad de la noche, Christian lo recogió en su coche y lo llevó a su casa, una cabaña inglesa, en el pueblo de Burford.
Durmió la mona, al cuidado de su viejo amigo.
Christian era danés. Cuando tenía diez años, sus padres se mudaron a Londres, fascinados por los musicales del West End y buscaron trabajo en el mundo del espectáculo.
Trabajó como tripulante de cabina para la compañía aérea de British Airways, durante muchos años. No había rincón en el planeta, en el que no hubiera puesto un pie. Después de jubilarse, se retiró a vivir a la campiña inglesa.
Su danés era tan bueno como su inglés. Tenía el cuerpo de un vikingo, la elegancia de un caballero inglés y la extraña costumbre de andar con las manos cogidas por la espalda, como si estuviera en un continuo estado de reflexión.
Su pelo, todavía abundante y cuidadosamente peinado, era de un rubio plata.
Christian y Jerónimo se conocieron en una reunión social, después de la misa danesa de los domingos.
Ir a misa luterana era una excusa para mantener los lazos con su país adoptivo, mientras vivía en Londres.
Lo curioso del encuentro era que Jerónimo se había tropezado con Christian mucho tiempo atrás, en el primer vuelo que tomó, cuando se fue de España.
Por coincidencias de la vida, se reencontraron años más tarde y se hicieron muy buenos amigos.
Al día siguiente de la borrachera, el olor a beicon y huevos fritos le produjo un cierto mareo.
—Quiero ponerme a dieta —dijo entrando en calzoncillos y camiseta al amplio comedor con cocina abierta.
Christian estaba cocinando, con un colorido delantal, regalo de un novio griego.
— God morgen —le dio los buenos días en danés—.
¿Y tienes que empezar justamente hoy? ¿Ahora cuando te estoy preparando unos huevos de aquí, de la granja y un beicon de los mejores cerdos del condado?
Really? —Christian solía hablar con Jerónimo con un popurrí de danés e inglés como si los dos idiomas fueran uno solo.
—Para cerdos, te puedes pasar por el Soho.
Christian bajó la mirada hasta la cintura de Jerónimo.
—¿Quieres un batín?
Jerónimo no terminó de despertar hasta que bajó él mismo la mirada. Se acercó rápido hasta la barra de la cocina americana tapando el cuerpo de cintura para abajo y se sentó en el taburete.
La sonrisa pícara de Christian se acentuó un poco más.
—No te preocupes, las he visto más grandes —dijo y continuó cocinando, de espaldas a Jerónimo, que se puso rojo como un tomate. Christian siguió con la broma mientras le daba la vuelta al beicon—: Y más pequeñas también. Mucho más pequeñas. La mayoría de ellas más pequeñas. Sí, señor.
Jerónimo cruzó los brazos, apoyó la cabeza sobre la barra que hacía de encimera y cerró los ojos. Sentía que un camión le había pasado por encima. En cambio, Christian estaba de buen humor esa mañana.
—Despierta marinero, que hay mucha mar por delante hasta llegar a puerto.
Jerónimo sintió que algo le estaba lamiendo la pierna. Arrastró la cabeza por la mesa, hasta que puso un ojo en el suelo.
Bella lo miraba, mientras movía el rabo, alegre.
Jerónimo la acarició. Bella era una perra Terrier de color café y nata.
Estaba mayor, pero todavía tenía energía para salir al campo y pasear con su amo.
A Christian le gustaba hablar con ella como si hablara con otra persona.
Incluso a veces, Jerónimo creía que realmente había un diálogo entre Christian y Bella.
El sonido del plato golpeando contra la barra parecía muy intenso en una mañana de resaca.
—Come —dijo Christian—. Ya te pondrás a dieta cuando te quedes soltero.
—¿Y si ya lo estoy? —dijo Jerónimo oliendo el beicon con cierto reparo.
—Le he dicho a Erik que estás conmigo. Que no se preocupe.
Jerónimo abrió más los ojos.
—¿Has llamado a Erik?
—Me llamó él anoche. Le dije que te quedabas conmigo.
—Vaya…
—Suenas un poco decepcionado. Erik estaba muy preocupado cuando llamó.
—Vaya.
—Y ahora suenas irónico…
Jerónimo terminó de desayunar y dejó el plato en el lavaplatos.
Se sentó en el sofá y miró su correo electrónico.
La empresa para la que trabajaba aún no le había mandado los archivos a traducir.
¿Qué proyecto sería esta vez? ¿Un manual de instrucciones de un nuevo tinte para hombres que todavía se sentían jóvenes por dentro?
Con él, tendrían poco negocio. Las canas eran canas, y se iban a quedar ahí.
No, no había ningún mensaje. Se le acababan los ahorros.
El trabajo de traductor era cada vez más esporádico y la mano de obra, más barata.
Christian entró en el comedor, vestido con traje de chaqueta, corbata y una flor en la solapa. Un hombre con una elegancia que solo los años podían moldear. El olor a perfume caro se hacía notar en el aire.
—¿Te casas? —le preguntó Jerónimo.
—Tengo tarde de póker en el pub, con los vecinos del pueblo.
—No quiero pensar de qué te vestirías, si tuvieras una reunión con tu jefe.
Christian sonrió con cara de tener un recuerdo divertido.
—Nada. Cuando quedaba con mi jefe no llevaba nada. Incluso cuando nos pilló su mujer, seguía sin llevar nada.
Más tarde, Jerónimo dio un paseo con Bella por el río Windrush. Un estrecho río inglés de aguas tranquilas, bordeado por hierba húmeda y revuelta y pequeños árboles de ramas ensortijadas.
Después de varias horas de debatir consigo mismo, encendió el móvil. Erik no le había escrito. Claro, sabía que seguía vivo porque se lo chivó Christian. Tenía dos mensajes de su hermano Gabriel. El primero lo mandó ayer: “¿Qué vas a hacer?”; el segundo, esa misma tarde: “Eva ha roto aguas”.
Se agachó y metió la mano en el río. El agua estaba fría. Bella se acercó y parecía cansada. Volvieron a casa de Christian, Jerónimo cogió sus cosas y le dejó una nota:
«El marinero ha reflexionado y… ha decidido embarcar. Gracias por todo».
Chapoteó con los pies en el agua de la orilla de la playa del Cabanyal y volvió al presente.
Tomó el móvil y llamó a su amigo Christian para decirle que estaba bien.
— Jero! Where the fuck are you? ¡Te he llamado un montón de veces! —La voz de Christian sonaba tan preocupada como irritada.
—Me has llamado tres veces. Te dejé una nota. Ahora estoy en Valencia.
—¿Qué haces en Valencia?
—¿Visitar a la familia? —dijo con ironía.
—¿Visitar a la familia?… —repitió Christian, incrédulo.
— Yes . Necesitaba espacio. Además, no quería que te chivaras a Erik.
—¿Chivarme? ¿Espacio? Te vas a un parque si quieres espacio. Te vas de paseo en bici. O te vas en tren y haces turismo por Oxford o Cambridge. Incluso puedes ir a la sauna de Vauxhall, si quieres que te echen otro tipo de viaje, pero no te metes en un avión y terminas en otro país.
—Es Valencia, mi tierra. Me he ido porque mi cuñada ha dado a luz.
—A mí no me engañas, jovencito. Te has ido porque no quieres ver a Erik.
—Erik no quiere verme a mí viviendo bajo el mismo techo.
—Él tiene otra versión. Por eso creo que sería mejor que lo aclaréis. Además, me llamó de nuevo.
—Lo sabía. A mí no.
Christian no dijo nada. Cuando habló, su voz era más cercana.
—¿Cuándo vuelves?
—Volveré pronto.
—Está bien. ¿Qué le digo a Erik cuando me llame?
Jerónimo alzó la mirada y contempló el horizonte. El mar tenía un azul más oscuro y la brisa con olor a sal era más intensa. Ya no estaba cabreado con Erik. Estaba cabreado consigo mismo. Sabía que tenía que haber hablado con él antes de dejar el estudio.
—No le digas nada. Ahora lo llamo yo.
Después de colgar, no llamó a Erik. Le mandó un mensaje.
«Estoy unos días en Valencia con la familia. Hablamos a la vuelta. ¿Ok?»
Hablaría con Erik cara a cara cuando volviera a Londres.
Segundos más tarde, Erik respondió: «Ok».
Media hora más tarde, cuando llegó a casa del abuelo, recibió el último mensaje de Erik.
« Pas på dig selv ». Cuídate.