Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Jerónimo sintió una punzada en la conciencia.

Apretó los labios y tuvo presente que nunca se despidió de su padre.

Le dijo a su hermano Gabriel que estuvo hospitalizado en Copenhague, aunque esa fue una mentira para no ir al entierro.

La sola idea de estar en el velatorio, rodeado de familiares que no recordaba haber visto y que lo único que tenían en común era el apellido, le aterraba.

Eso y algo más… de lo que no podía hablar.

—¿Y no quieres comprarte un coche nuevo?

Gabriel bufó. Ahora era él quien no quería que Jerónimo se entrometiera en su presente.

Intentó aflojar el cinturón de seguridad. Comunicarse con su hermano era como volver a montar en bici después de muchos años. Con la falta de práctica, se hacía más difícil mantener el equilibrio.

Eva intervino.

—Mi padre ya se lo ha dicho. Hace mucho.

Gabriel puso un poco de música.

—¿Tú estás bien?

Jerónimo acarició su mochila de viaje y asintió varias veces con la cabeza, mientras hacía una mueca que nunca llegó a ser sonrisa.

Miró a través de la ventanilla del coche.

Valencia había sido una ciudad de naranjos en las calles y balcones con geranios, pero había sufrido una mutación urbana desde que él emigró.

Era una metrópoli en continuo cambio. Los edificios eran más grandes y altos, mostrando una Valencia más segura de sí misma.

Pasaron por la ciudad de las Artes y las Ciencias, un complejo arquitectónico de construcciones imposibles sacadas de una película de ciencia ficción y esparcidas frente al mar.

Eran monumentos del futuro: un museo de ciencias, un planetario con forma de ojo humano y un acuario con la mayor colección de fauna marina de Europa.

Cruzaron uno de los puentes del río Turia, ahora convertido en parque después de la riada de 1957, cuando se decidió desviar el cauce del Turia y así evitar futuras catástrofes naturales en el corazón de la ciudad.

—Luis apareció en el aeropuerto por sorpresa —dijo Jerónimo.

—¿Qué quería? —preguntó Gabriel.

—Luis siempre quiere algo, ¿verdad?

Su hermano no respondió.

Jerónimo les contó sobre el cliente, la mujer desaparecida y la llamada al hotel en Copenhague.

—Luis ha visto muchas películas y se cree que la vida real es igual —dijo Gabriel encogiéndose de hombros—.

Solo sé lo que sabe todo el mundo, o sea, no mucho.

El marido iba al colegio con nosotros y vino a comisaría hace unos días, para denunciar la desaparición de su mujer y su hija de cuatro años.

Mis compañeros le tomaron los datos y lo pasaron a la unidad de desapariciones. Yo no estaba.

—¿Y? —preguntó Jerónimo, intrigado.

Gabriel giró al llegar a la rotonda y tomó la derecha.

—Se consideró baja prioridad.

—¿Por qué?

—Es una mujer adulta. Desaparición voluntaria.

—Eso es lo que yo también pensé… —dijo Jerónimo rascándose la barba.

—¿Y la hija? —preguntó Eva.

—Su madre se la llevó —contestó Gabriel confirmando lo obvio.

—Claro… —dijo Eva, mientras acariciaba a su recién nacido.

Llegaron al barrio del Cabanyal, que pertenecía al distrito de poblados marítimos y limitaba al norte con la famosa playa de la Malvarrosa.

El Cabanyal era un barrio antiguo de pescadores y tuvo una ubicación ideal para los valencianos de las generaciones anteriores, que quisieron vivir entre la huerta y la playa.

En esas calles aún se conservaban las casas de planta baja, con fachadas de colores vivos y los viejos apartamentos de playa.

Jerónimo reflexionó mientras bajaba la ventanilla y respiraba hondo. El olor a salitre era más fuerte cuando soplaba el viento de levante y se paseaba por la ciudad como si tuviera un derecho natural.

—¿Dices que lo conozco? —preguntó Jerónimo.

—Iba al cole con nosotros. Carles Arnau.

—No me suena nada ese nombre.

—El hermano pequeño de Josep.

Jerónimo sintió un pinchazo en el estómago.

El olor a salitre cambió por momentos por el olor a polvo de unas vías de tren.

Ahora entendía por qué el rostro de Carles le resultaba familiar.

No había escuchado el nombre de Josep desde aquel fatídico día.

El accidente cobró vida en su memoria y recordó la sangre de Josep en sus manos.

La visión era tan clara que se miró las uñas.

—¿Jerónimo?

Parpadeó varias veces.

—¿Sí? —Levantó la mirada.

—¿Sabes de quién te hablo?

—Sí, perdona. He tenido un viaje largo.

—Jerónimo quiere irse a casa y descansar. Como todos. —Eva le acarició el brazo.

Él le sonrió.

—Tú eres la mamá que tiene que descansar y tomar fuerzas.

Hinchó los pulmones con el aire salado de la playa y se dijo que lo importante era el aquí y el ahora.

Estar con su familia y su sobrino. Desconectar de Londres unos días y tomar una nueva perspectiva para su futuro.

Borró los malos pensamientos del pasado.

Estaban tan lejos, que era imposible tocarlos.

—¿Sabes? —Las manos grandes de Gabriel apretaban el volante—.  Carles los tiene bien puestos. Murieron: su hermano, su padre y su madre. Y va y monta un negocio y tira para adelante.

«En tiempo récord», pensó Jerónimo.

—¿Has visto el coche de millonario que tiene? —le preguntó a su hermano.

Gabriel levantó más las cejas mientras miraba la carretera.

—Aprovechó la oportunidad y le salió bien el negocio.

Jerónimo dibujó una sonrisa burlona.

—También tiene un cuerpo de gimnasio.

Eva se rio del comentario, pero Gabriel lo ignoró y continuó.

—Carles insistió en que su mujer no desaparecería por voluntad propia. No le gustó lo que le contamos y se puso un poco bruto.

—¿Cómo de bruto? —preguntó Jerónimo.

—Le metió una hostia a mi compañero y pasó la noche en el calabozo.

—No jodas.

Gabriel asintió con las cejas mientras paraba delante de un semáforo.

—No tenía antecedentes penales, ni denuncias. Pidió disculpas y salió al día siguiente, cuando la juez lo dejó libre.

La expresión de Jerónimo cambió. Decidió darle más detalles de su llamada a Dinamarca.

—Su mujer está hospedada en un hotel en Copenhague —dijo con voz seria y paró unos segundos—, pero él no lo sabe. —Eva se acercó más. Jerónimo se humedeció los labios con la lengua—. Tuve dudas en decírselo.

—Mejor no meterse —dijo Gabriel.

—Tuve mis dudas —repitió Jerónimo.

—¿De qué tenías dudas? —preguntó Eva apoyando la mano en su hombro.

—Pensé que, si su mujer quería comunicarse con él, que fuera ella la que diera el paso, ¿no?

—Hiciste bien —aseguró Eva.

Jerónimo puso su mano sobre la de Eva y le devolvió una sonrisa. Se despidió de ellos y de su sobrino y les prometió pasar a comer juntos al día siguiente.

Su próxima prioridad era darse una ducha y, luego, un paseo por la playa. Escuchó en su cabeza las palabras de Eva “hiciste bien” y se frotó el cuerpo mojado en espuma con más fuerza, mientras se repetía que había hecho lo correcto.