Capítulo 6
Jerónimo doblaba y desdoblaba el cheque, con la mirada perdida dentro de un taxi, de camino al hospital de la Fe.
Llegaba tarde, aunque su hermano Gabriel y su mujer Eva aún no habían salido.
Bueno, ahora saldrían tres. No tuvo tiempo de comprar ningún regalo a su sobrino, así que esperaba que su mera presencia fuera suficiente, se dijo con sarcasmo y sus labios formaron una sonrisa agria que terminó en un gruñido.
Carles había sido muy generoso con él. Quizás no debería haber aceptado el cheque. Sabía que había hecho lo correcto, no diciéndole que su mujer estaba hospedada en el hotel. Si una madre se llevaba a su hija y no le decía nada al marido, tendría sus razones.
No solamente se sentía culpable por no haber sido sincero con Carles, también los hospitales le ponían de mal humor. Podría haber esperado y pasar por casa de Gabriel y Eva, pero les prometió, en especial a ella, estar con ellos en el nacimiento del bebé.
Guardó el cheque y bajó del taxi.
Los pasillos de los hospitales eran todos iguales.
Si pasabas por uno, era como si hubieras pasado por todos.
Paredes pálidas, iluminación fluorescente y camas aquí y allá con pacientes con goteros y caras de resignación.
Celadores como muebles invisibles y enfermeras y doctores con paso ligero y expresión de no querer ser molestados.
Lo único que distinguía a un pasillo de otro era el olor dominante que los envolvía.
Los había con olor a lejía, a comida sosa o a medicamentos.
Pero había un olor en particular, que persistía y era común a todos: el olor a enfermedad.
Desde el marco de la puerta de una habitación de hospital, Jerónimo observó a Eva sentada en la cama, dando el pecho a su recién nacido. Aquí olía más a vida y leche materna.
Eva le hablaba a su hijo entre susurros, mientras se balanceaba suavemente con una técnica innata, regalo de la madre naturaleza. Iba vestida con ropa de calle y a su lado había una cuna transportable con todo tipo de accesorios para bebés. Gabriel no estaba.
Hacía más de un año que Jerónimo se había encontrado con Eva y Gabriel en La Fiesta del Marisco en O Grove. Fingió un trabajo de traducción urgente en Londres y no pudo viajar con ellos de vuelta a Valencia, para pasar allí sus últimos días de vacaciones.
Se sacudió la culpa como el polvo que cubre los muebles de una casa vacía y se acercó hasta Eva, cuyo rostro cansado se iluminó cuando lo vio.
—¡Jero! Es verdad que has venido. —Eva le cogió la mano, mientras sostenía a su bebé con la otra. Jerónimo se inclinó un poco más—. Tu hermano y yo te hemos echado tanto de menos —dijo Eva mientras le acariciaba la mano.
Asintió nervioso.
Eva se puso de pie. Era la esencia de la genética mediterránea.
Bajita, pero de cuerpo bien proporcionado, aunque la maternidad la había hecho engordar un poco.
Eva supo disimularlo con una blusa blanca de algodón con estampado floral.
Su pelo rizado lo tenía recogido en una coleta y pequeños mechones caían por ambos lados de su cara con forma de corazón.
Sus ojos cándidos eran de color canela, a juego con la piel.
Estaba espléndida, como nueva mamá. Jerónimo se quedó mirando los zapatos.
Había una cosa de la que Eva no podía prescindir: los tacones altos.
—Estás preciosa —le dijo Jerónimo y le dio un beso en la mejilla.
Recordó la primera vez que Gabriel le presentó a Eva. Era una mujer muy joven que repetía lo que decía y con una alegría irritante, que Jerónimo acabó admirando como una cualidad que él mismo no sabía muy bien cómo cultivar.
—Cuando me dijo Gabriel que venías, no me lo creí. Mira, es precioso, ¿verdad? Toma, cógelo —insistió Eva.
Jerónimo estiró los brazos y con sumo cuidado, cogió en las palmas de sus manos a su sobrino que dormía plácidamente.
—Es tu tito Jero. Es traductor y habla varios idiomas.
Jerónimo quiso explicar a Eva que ser traductor implicaba hablar otro idioma, pero se concentró mejor en su sobrino, que además era el hijo de su hermano.
—¿Y tu padre?
—Acaba de irse —respondió Eva.
Jerónimo tenía los ojos puestos en su sobrino.
—Es tan pequeñito —dijo con voz suave.
—Qué te lo has creído tú… Siete horas de parto. No quería salir. —Eva observó a Jerónimo—. No te conocía con esa barba.
—¿Quieres decir que estoy más viejo?
—Con que este hombrecito saque el color verde de tus ojos y tu coco, estaré satisfecha —dijo mirando a su bebé.
—Vaya, ¿también mi coco? Pides mucho. —Y le guiñó un ojo con brillo a esmeraldas—. ¿Y Gabriel?
Eva resopló dramáticamente.
—En el aparcamiento, cambiando una rueda. Un drama para llegar al hospital, que no te quiero ni contar.
—Se llama cansancio.
—Se llama que me quiero ir a casa. —Suspiró—. ¿Cómo ha ido el viaje?
Jerónimo pensó en las turbulencias, en Luis, en Carles, en la desaparición de Connie y en la llamada al hotel en Copenhague. Se encogió de hombros.
—Luis apareció de la nada con un cliente y… bueno, un rollo «que no te quiero ni contar». —Expandió una sonrisa y dejó al bebé en los brazos de su madre.
Eva rozó la mano de Jerónimo.
—Te echamos mucho de menos. Mucho.
Jerónimo se tragó la culpa.
—Dije que venía y aquí estoy.
Porque Jerónimo cumplía lo que prometía, o por lo menos lo intentaba.
A sus espaldas, escuchó la voz de su difunto padre, que lo llamaba.
—Jerónimo.
Se giró rápido al tiempo que tragó aire por la boca súbitamente. Era su hermano Gabriel. Se puso una mano en el pecho y vació los pulmones despacio.
—¿Todo bien? —le preguntó Gabriel, directo y parco en palabras.
Gabriel era casi tan alto como Jerónimo, pero de hombros más anchos.
De cejas gruesas, frente amplia y mirada solitaria.
Llevaba un pantalón azul marino de policía y una camiseta interior blanca manchada de grasa de coche.
Se limpiaba con un trapo viejo, las manos fuertes como guantes de boxeo.
Gotas de sudor le resbalaban sobre una mancha de aceite en la mejilla.
—¡Enhorabuena, papá! —Se acercó a su hermano y le dio un beso.
El pecho de Gabriel se hinchó y, tan pronto como apareció una sonrisa, desapareció. Ese gesto imperceptible era suficiente para saber que su hermano estaba contento de verlo y orgulloso de ser padre.
—No quiero mancharte de grasa. —Retrocedió un paso y Jerónimo lo imitó.
Para Gabriel, mostrar sentimientos, no era que fuese una debilidad humana, era que no sabía muy bien cómo mostrarlos—.
Estarás cansado —dijo mientras cargaba con la mochila de Jerónimo en una mano y con la otra la cuna de su bebé—.
El coche está listo. Nos vamos. —Y salió por la puerta dando grandes zancadas.
La historia de Gabriel y Eva era el vivo ejemplo de que los polos opuestos se atraen.
Un domingo de madrugada, Gabriel y su compañero estaban de servicio por la zona de discotecas de verano de la costa.
Eran novatos en la comisaría y no tenían los mejores turnos.
Tampoco Gabriel tenía una familia de la que ocuparse.
Media hora antes de que llegase su relevo, Gabriel paró un vehículo que maniobraba un giro completo, a pocos metros de una rotonda.
Se acercó y una conductora joven con un coche demasiado caro le sonrió, nerviosa.
Gabriel le tomó los datos y le hizo soplar por el tubo.
La joven le dijo que ella no tomaba alcohol, que solo le gustaba salir con sus amigas y bailar.
Bailar mucho. Le confesó entre sonrisas nerviosas que era una mala conductora.
Gabriel dejó de tomar notas, se fijó en ella y surgió la chispa.
Observó los ojos grandes color canela de la conductora y, en lugar de entregarle una multa, le pasó su número de teléfono.
En la primera cita, Gabriel quiso saber en qué trabajaba Eva y ella le dijo que era dependienta en una tienda de zapatos en la calle Colón.
Un par de meses más tarde, en pleno enamoramiento, Eva le confesó que la empresa de calzado para la que trabajaba era de su padre.
Esa chica alegre, inocente y con un sentido del humor contagioso era la hija de uno de los empresarios de calzado más importantes de la Comunidad Valenciana.
Cuando Eva le contó a su padre sobre Gabriel, una bomba cayó y creó un agujero de separación entre estos dos hombres, con un denominador en común: el amor hacia Eva.
Su padre tenía aspiraciones más altas para su hija, que la de casarse con un policía raso.
Pero las únicas aspiraciones que tenía Eva eran ser mamá y ser feliz. En este orden.
—Te llevamos de camino a la casa del abuelo —le dijo Eva a Jerónimo.
La casa del abuelo materno de Jerónimo y Gabriel estaba en el barrio del Cabanyal.
Cuando su madre murió, tres años atrás, los dos hermanos decidieron no vender la casa.
Ahora que era padre, Gabriel quería venderla, librarse de gastos y sacar un dinero extra, pero Jerónimo no estaba preparado.
Había mucho de él en esa casa como para decirle adiós.
Bajaron al aparcamiento. Eva se sentó detrás, vigilando que su bebé siguiera durmiendo. Jerónimo se sentó al lado de su hermano.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó.
—Reventó la rueda. Además, el coche está ya viejo —respondió Gabriel con tono gruñón.
—¿Cuántos años tiene el coche?
—Me lo regaló papá, poco antes de irte tú de casa. ¿Diecinueve años?
Le molestaba que Gabriel situara los acontecimientos familiares con un antes y un después de su partida. Como si fuera un libro de historia, que contextualizaba una batalla antes o después de Jesucristo.
—Veinte. Papá murió hace veinte años, cuando yo me fui de casa —dijo Jerónimo marcando las últimas palabras.
—Es verdad —replicó Gabriel—. Fue en la misma época en la que te fuiste a Dinamarca.