Capítulo 5
Carles hizo una llamada al número danés y puso el manos libres, aunque de poco se iban a enterar, pensó Jerónimo.
— God aften, hotel Valdemar, du taler med Magnus —la voz de un joven le daba las buenas tardes.
Relajó los músculos faciales, bajó la garganta y posicionó la lengua un poco hacia atrás.
Cogió el móvil y moduló su cerebro al danés.
Entraba en otro mundo. Una misma realidad, pero vista desde un prisma diferente.
Jerónimo se sentía distinto cuando hablaba en otro idioma. Era otra versión de sí mismo.
—¿Ha dicho hotel Valdemar? —preguntó en danés.
—Correcto, hotel Valdemar. ¿En qué puedo ayudarle?
—Estoy… Estoy buscando…
Jerónimo se bloqueó. Colgó.
Luis y Carles lo miraron sin entender.
—Sí, es un hotel —confirmó—. El chico tiene acento de Amager, una isla pequeñita que pega con la isla de Selandia, donde se encuentra Copenhague. El aeropuerto está en Amager…
—¿Y? —preguntó Carles entrecerrando sus ojos negros.
Jerónimo puso cara de disculpa. «Mejor no continuar con la guía turística», pensó. Sacó su móvil e hizo una búsqueda del hotel. Le mostró a Carles en la pantalla un punto en el mapa.
—El hotel está al lado de la estación central de Copenhague, en la calle de Istedgade.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Carles impaciente.
—¿Quizás esté visitando a sus padres en Roskilde?
—No se habla con sus padres —respondió Carles sacudiendo la cabeza—. Nunca conocieron a mi hija Laura. —Se ajustó el cuello del polo e insistió—: Llama otra vez. Diles que quieres hablar con Connie y me pasas el móvil. —La voz de Carles era ahora autoritaria.
Jerónimo dudó unos segundos.
—Llama —repitió su hermano.
Tomó distancia. Se preguntó si Connie quería o no hablar con su marido. Se sentía como si le hubieran pagado para ser cómplice de una trampa a la mujer de Carles.
Carles notó su posición defensiva. Se frotó la cara y dejó escapar un suspiro. Inclinó un poco la cabeza y se acercó a Jerónimo. Cuando habló, su voz parecía más humana.
—Si le pasa algo a mi mujer y a mi hija, no me lo perdonaría nunca. ¿Lo entiendes?
Luis contuvo la respiración.
Jerónimo puso la mano en el pecho y presionó el anillo que tenía colgado al cuello sobre el corazón. Movió varias veces la cabeza de arriba abajo y relajó los músculos.
—Está bien.
Acercó la mano despacio y cogió el móvil de la mujer de Carles. No accionó el manos libres esta vez. Nadie dijo nada.
La misma voz le dio la bienvenida.
—Me llamo Jerónimo y llamo desde España. ¿Podría confirmarme si existe una reserva a nombre de Connie Nielsen?
—¿Quiere confirmar su reserva?
—Yo no hice la reserva. Si le doy el nombre de la persona, ¿podría confirmar si reservó una habitación?
—No entiendo.
Jerónimo respiró hondo y habló más despacio.
—Necesito saber si hay una reserva a nombre de Connie Nielsen.
El recepcionista no respondió inmediatamente.
—Mire, yo estoy en prácticas. Es que creo que eso no lo podemos hacer. Le paso con el recepcionista encargado. Un momento.
Luis y Carles miraban expectantes por una señal de Jerónimo y él apartó la mirada. Necesitaba concentrarse.
—¿Con quién hablo? —era la voz de un hombre más mayor.
—Me llamo Jerónimo. Llamo desde España y necesito que me confirme si tienen a una huésped con el nombre de Connie Nielsen alojada en su hotel.
—¿Y usted quién es?
—Su marido me ha pedido que os llame y confirme esta información.
—¿Aún no me ha dicho con quién hablo?
—Soy el intérprete. Su marido la está buscando. Este fue el último número al que llamó antes de desaparecer.
—¿Desaparecer? —El recepcionista elevó el tono de voz—. Si la mujer de su cliente ha desaparecido, debería de comunicárselo a la policía.
—La policía aquí en España ya está informada. Solo necesito que me confirme si Connie Nielsen está hospedada en su hotel. Su marido quiere hablar con ella.
—Es que eso… —El recepcionista dudó—. No podemos darle esa información. La política del hotel es proteger la privacidad de nuestros huéspedes, pero estaremos más que encantados de colaborar con la policía española.
Jerónimo pasó inconscientemente el dedo por el panel de la puerta.
Había participado en la traducción e interpretación de casos donde el sospechoso se había fugado a otro país.
La investigación policial solía depender exclusivamente de la comunicación entre jueces de diferentes países. Ese proceso podía ser largo.
—El procedimiento policial es lento y su marido está muy preocupado.
—Tenemos la misma política que en otros hoteles.
—Desapareció con su hija —dijo Jerónimo marcando más las palabras.
—Bueno, suena más a un problema marital…
Jerónimo también dudó.
—¿Y si no lo fuera? —intentó sonar convincente.
Después de una pausa, el recepcionista le contestó:
—Le repito que, sin orden policial no podemos dar ese tipo de información.
Jerónimo vio la alianza en la mano de Carles.
—Quiere comprobar que su mujer y su hija están vivas —insistió siendo consciente de que su voz sonaba alarmante.
Carles y Luis lo miraban con curiosidad.
—Me podría meter en un buen lío si no cumplo con las reglas que tenemos. —Jerónimo escuchó un murmullo de fondo al otro lado de la línea. El recepcionista hablaba con alguien. Luego su tono fue más neutral—: Mire, pasaré su petición a mi superior y se pondrá en contacto con usted lo antes posible.
Jerónimo colgó negando con la cabeza.
—Solo dan información a la policía.
Carles se frotó los ojos. Luis estaba concentrado mandando un mensaje.
Jerónimo pasó la mano por la tapicería del coche. Ese cuero parecía más caro que su propia piel. Entonces se le ocurrió algo.
—Tengo una idea —dijo mirando a Carles—. Quizás funcione. —Cogió el móvil e hizo la tercera llamada.
Al segundo tono escuchó la voz del recepcionista en prácticas. Jerónimo le interrumpió hablando muy deprisa.
—Hola Magnus. Por favor, no me cuelgues. No necesito que me digas si Connie Nielsen está hospedada en vuestro hotel, solo quiero que le pases el siguiente mensaje. ¿Podrías apuntarlo, por favor?
—Eh, sí… sí, claro. Tomo nota.
Los ojos de Jerónimo brillaron. El recepcionista iba a tomar nota de su mensaje para pasárselo a Connie.
Bingo. La mujer de Carles estaba hospedada en el hotel.
Colgó y miró a Carles, luego a Luis y a Carles, de nuevo.
Su rostro le era familiar. No dijo nada.
Pensó unos segundos. Tenía confirmación de que Connie se hospedaba en un hotel en Copenhague, pero no le había dicho nada a su marido.
La cuestión era que, si su mujer habría querido hablar con él, ya se hubiera puesto en contacto.
Simplemente, había decidido irse sin decirle nada a su marido. ¿Por qué?
Fueran las razones que fueran, Jerónimo sintió que no tenía ningún derecho a entrometerse. Apretó los labios y fingió una expresión de fracaso.
—No está hospedada en el hotel. —Fue lo primero que se le ocurrió.
Carles se pasó las manos por la cara.
—¿Estás seguro? —insistió Luis.
Jerónimo movió la cabeza, nervioso, mirando la tapicería del coche.
Carles abrió con gesto de cansancio su agenda, sacó el talonario y cogió un bolígrafo.
—¿Irías a Dinamarca? —dijo garabateando unos números.
Los ojos de Jerónimo se abrieron tanto como su boca. Vio que Carles firmaba un segundo cheque de una cuantía mucho más alta. Negó con la cabeza hasta que salió su voz.
—No… Es decir, eso no estaba en el trato. —Paró unos segundos—. No, no iré.
Carles no dijo nada. Levantó la mirada con cara de derrota y alargó el brazo con el primer cheque que habían pactado.
—Gracias de todas maneras.
Luis observaba a su hermano en silencio mientras jugaba con su paquete de cigarrillos.
Jerónimo tenía la boca seca. Cogió el cheque y se sintió como un ladrón.