Capítulo 4
La puerta de un lujoso Mercedes blanco con lunas tintadas se abrió y bajó el chófer. Se acercó a Luis y le invitó a entrar.
—Manolo —saludó su hermano.
—Don Luis —respondió el chófer asintiendo con la cabeza.
Jerónimo no estaba acostumbrado a ese protocolo señorial. Le parecía gracioso. Levantó la mano y exageró una sonrisa.
—Aquí Jerónimo.
El chofer asintió de nuevo sin decir nada.
Jerónimo pensó que quizás vestía demasiado casual para pertenecer a la realeza. Se imaginó que un pez gordo barrigón con olor a whisky y loción Old Spice lo estaría esperando. De esos que se reían de sus propios chistes machistas y fumaban puros cubanos.
Se inclinó y echó un vistazo al interior.
Los asientos eran de cuero color crema, posicionados cara a cara y separados por una mesa plegable.
Encima de la mesa había un portátil ultrafino, una agenda de piel con estampado de cocodrilo azul oscuro, una pluma Montblanc y un envase de batido de proteínas vacío.
El interior parecía un despacho con ruedas.
El aire acondicionado era tan frío como el cuero de los asientos.
El divisor de privacidad, que separaba al chofer de los pasajeros, se elevó, dejándolos solos con el dueño de ese coche de lujo.
Jerónimo se había equivocado en sus expectativas.
Aquel hombre era atractivo y más joven que él.
Tenía una nariz aguileña que marcaba la expresión de un rostro ambicioso.
Llevaba una barba milimétrica, como si se la hubieran dibujado con un rotulador negro, a juego con el color de sus ojos.
Esa barba de diseño acentuaba una masculinidad metrosexualizada.
Un polo verde menta apretaba un torso y unos bíceps de gimnasio.
—Este es Carles —dijo Luis—. Ha estado con nosotros unos años.
Le damos consejo legal y llevamos la administración de su cadena de gimnasios, no solo aquí en Valencia y en Alicante, pronto abrirá en Madrid.
—Imitó una sonrisa de vendedor de coches—.
Carles es uno de nuestros clientes más queridos en el bufete.
Jerónimo se preguntó si era posible “querer” a un cliente de un bufete de abogados.
—Me dijo tu hermano que podrías ayudarme —su voz era seria y directa. Se ajustó el cuello del polo y Jerónimo deslizó una mirada curiosa y vio que tenía el pecho depilado. La metrosexualidad estaba acabando con la esencia de los heterosexuales—. Te podemos hacer un pase gratis por un año.
Parpadeó varias veces. «Empezamos mal», pensó Jerónimo. ¿Tan gordo estaba? Se bajó la camiseta.
—Gracias, pero no vivo en Valencia. Vivo en Londres.
—Bonita ciudad.
Jerónimo torció la cabeza.
—Tiene su encanto. —Juntó las manos—. Mi hermano me ha dicho que necesitas a un intérprete.
Carles levantó las cejas y asintió varias veces. Sacó un talonario guardado en la agenda, garabateó unos números y extendió la mano ofreciéndole a Jerónimo un cheque.
—Aún no he dicho que sí. ¿Cuál es el trabajo, exactamente?
Carles se quedó con el cheque en el aire y la boca ligeramente abierta.
—Tu hermano Luis me ha dicho que hablas danés.
—Soy traductor oficial de inglés. El danés es un daño colateral.
—Su pareja es danesa —intervino Luis.
«Expareja», pensó Jerónimo, mientras tocaba el anillo colgado al cuello. O una relación en pausa indefinida.
Jerónimo conoció a Erik una noche en el Barrio de Soho de Londres.
Primero se comunicaron en inglés y durante una conversación llena de flirteo e insinuaciones, le pidió a Erik que le dijera algo en danés, aparentando curiosidad.
Él le recitó unos cuantos comentarios fuera de tono.
Jerónimo empezó a reírse y no pudo seguir fingiendo.
Erik quedó muy impresionado con la habilidad que tenía Jerónimo con el danés y Jerónimo quedó también impresionado, con otras habilidades que tenía Erik.
El fin de semana siguiente, fueron juntos a una exhibición en el museo nacional británico de arte moderno, el Tate Modern, después almorzaron en un restaurante con vistas al río Támesis.
Erik trabajaba como periodista de investigación y colaboraba con varias agencias de información.
Se llamaba a sí mismo un mercenario de la verdad.
Vendía sus artículos de investigación al mejor postor.
Había ganado un par de premios de periodismo en Dinamarca y su vida era bastante nómada.
Después de un año de relación a distancia, Erik le dijo a Jerónimo que se iba a quedar una temporada a vivir en Londres y ver cómo iba la cosa entre ellos.
Esa temporada se alargó hasta un año más, pero ninguno de los dos se atrevía a dar el paso y probar a vivir juntos.
It’s complicated. Los dos eran grandes amantes de la soledad; no obstante, se echaban de menos cuando no estaban juntos. Era complicado, sí.
Jerónimo soltó el anillo y miró a Carles.
—No solo aprendí el danés en la cama. Estudié y viví muchos años en Copenhague.
Carles se alisó el pantalón de lino.
—Mi mujer es danesa. Se llama Connie. Connie Nielsen. Es de Roskilde. ¿Conoces la ciudad?
Jerónimo asintió. Pasó su primer año en Dinamarca viviendo en un pueblecito cerca de Roskilde, llamado Viby Sjælland.
Allí trabajó repartiendo periódicos de madrugada durante la semana y lavando platos en un restaurante, durante el fin de semana.
Por la cuenta que le traía, aprendió danés en un tiempo récord.
Cuando le concedieron una plaza para estudiar en la Universidad de Copenhague, se mudó a la gran ciudad. Los recuerdos inundaban su mente.
—Viví por la zona, cuando me mudé a Dinamarca.
Roskilde fue la capital del país en la Edad Media, luego, por motivos prácticos y de comercio con Suecia y Noruega, la capital se trasladó a Copenhague…
—Luis y Carles se miraron. Jerónimo paró y pensó que mejor dejaba la guía turística para otro momento—. ¿Quieres que interprete para tu mujer?
—Más o menos.
—¿Y dónde está?
—Por eso te he traído —añadió Luis.
—No entiendo.
Miró la hora. Eva y Gabriel saldrían pronto del hospital.
Carles jugó con el cheque sobre su pierna mientras lo observaba y él miró a su hermano, con signo de interrogación.
—Pensé que sería mejor que lo supiera por ti —le dijo Luis a Carles.
—Gracias, Luis. No hay vergüenza ninguna.
—Respiró hondo—. Hace dos días, mi mujer recogió a nuestra hija Laura de la guardería, pero cuando llegué a casa de la oficina, no estaban.
La llamé muchas veces. Primero pensé que no tenía cobertura, luego que lo tenía apagado y…
al final no supe qué pensar. — Paró unos segundos—.
No pasaron la noche en casa. Al día siguiente llamé a la guardería y me dijeron que Connie volvió esa mañana, recogió a nuestra hija Laura y desaparecieron.
Jerónimo intentó darle sentido a toda esa información.
—¿Has llamado a la policía? —le preguntó.
—Y a los hospitales, amigos, conocidos y vecinos. Nadie sabe nada. —Sacó un móvil y lo mantuvo en el aire—. Este es el móvil de mi mujer. Apareció en la cocina de un bar, al lado del estadio de Mestalla. —Calló y suspiró.
Luis continuó:
—El lavaplatos confesó que su novia lo encontró en la papelera de un aseo de señoras y se lo regaló.
Jerónimo arrugó la frente. Algo no encajaba.
—¿Es un bar que frecuentáis?
Carles negó con la cabeza.
—La novia trabaja como limpiadora y encontró el móvil en uno de los aseos de señoras del aeropuerto de Manises. Desbloqueé el móvil y este fue el último número al que llamó, después de recoger a nuestra hija de la guardería.
Luis bajó la mirada.
El aire acondicionado del coche le provocó un escalofrío a Jerónimo.
—¿Conoces su contraseña?
—Mi mujer y yo no tenemos secretos.
—Tampoco hay movimientos bancarios —añadió Luis sin levantar la mirada del suelo.
Carles alisó una arruga del pantalón.
—No. Si se llevó dinero, sería de casa. Siempre tenemos algo aquí y allá.
Jerónimo pensó que, a juzgar por el coche, podría ser una cantidad considerable.
—Mira —dijo Carles.
Se acercó más a la pantalla del móvil. El prefijo era de Dinamarca, +45 y los dígitos pertenecían a un teléfono fijo. Una llamada de tres minutos y cuarenta y dos segundos.
—Mi secretaria chapurrea el inglés igual que Luis, pero no sacamos nada en claro cuando llamaron. Sabemos que es el teléfono de un hotel en Copenhague. —Hizo una pausa—. Tu hermano me ha dicho que tu danés es perfecto.
—No se me da mal.
—Y que eres muy persuasivo.
—Tampoco se me da mal.
Carles acercó más el cheque.
—Se nota que eres un chico listo. Cógelo.
La cantidad era excesiva.
—Te llevará diez minutos —insistió.
—¿Me pagarás todo eso por una llamada de diez minutos? —preguntó Jerónimo con sorpresa.
—Pagaré lo que sea por cualquier pista que me lleve hasta mi mujer y mi hija.
Había algo que no encajaba. Algo que no estaba claro. Aunque esa cantidad de dinero le vendría muy bien.
—¿Tenéis enemigos? —preguntó.
—Mi negocio es limpio.
—¿Problemas maritales?
—¿Además de persuasivo eres curioso?
—Mucho. —Sonrió.
Carles le devolvió la sonrisa a Jerónimo, pero era una sonrisa seria, de hombre de negocios.
—No. No tenemos problemas maritales.
—¿Y dices que la policía no te hace caso?
—La denuncia ha sido tramitada. Me han dicho que ya me llamarán —dijo haciendo una mueca frustrada.
Jerónimo se rascó la barba.
—¿Podríamos decir que la policía considera el caso como un asunto civil y no un asunto criminal?
Carles ni confirmó ni respondió a la pregunta. Luis se acercó a su hermano.
—Solo tienes que llamar y ver qué información sacas —le dijo y después le susurró—: hazlo por mí.
Sus miradas se cruzaron. ¿Hacerlo por su hermano?
—Luis, nadie desaparece, así como así. Habrá algún motivo para que no quiera ver a su marido.
Carles apretó fuerte la mandíbula, pero no insistió. Jerónimo miró el brazo moreno y sin vello, levantó la mirada hasta que se quedó unos segundos observando las facciones de la cara. Había algo familiar en su mirada.
La mujer desaparece con su hija y encuentran su móvil en el aseo del aeropuerto. Por otro lado, si hubiera querido separarse de su marido, podría haber optado por una solución menos dramática.
Carles repiqueteaba nervioso el cheque sobre la mesita, sin apartar los ojos de Jerónimo. Su torso y bíceps estaban tensos.
Jerónimo se preguntó por qué no habían buscado a otro traductor.
De todas maneras, necesitaba el dinero, pero no a costa de meterse en problemas maritales. O quizás la mujer y su hija estuvieran en peligro y necesitaban la ayuda de su marido. Sintió un cosquilleo en el estómago.
La voz de Carles rompió el silencio.
—¿Estamos perdiendo el tiempo?
Jerónimo negó con la cabeza. Decidió seguir su instinto.
—Te doy diez minutos.
En diez minutos se podían cometer muchos errores. Un precio aún más alto del que estaba escrito en ese cheque.