Capítulo 3
Jerónimo pasó por el control de pasaportes.
Entró en el baño, se limpió la cara con una servilleta húmeda y se ajustó la mochila.
«Mierda». Se había olvidado de comprar un regalo para el bebé.
Tiró la servilleta a la papelera y aceleró el paso.
Aún tenía tiempo de llegar a alguna tienda y comprar algo a su sobrinito.
Cruzó las puertas de salida. Familiares y amigos se reunían entre besos y abrazos. Desde la megafonía se anunciaba un vuelo con retraso a Tánger. Se echó a un lado cuando un grupo de británicas un poco desatadas y vestidas de conejito rosa pasaron orgullosas, celebrando una despedida de soltera.
Torció a la izquierda y se dirigió a la parada de taxis.
Antes de atravesar las puertas que daban a la calle, alguien le hizo señas con la mano. Jerónimo parpadeó varias veces. Se preguntó qué hacía su hermano mayor en el aeropuerto.
—¿Luis?
—El mismo.
—¿Qué haces aquí?
Luis levantó las manos como a quien le apuntan con un arma y mostró una sonrisa teatral.
—Darte un abrazo —dijo mientras mascaba fuerte un chicle de nicotina.
Abrazó a su hermano pequeño y le dio un beso en la mejilla.
El abrazo fue intenso, como intenso era el olor a tabaco rubio y perfume caro.
Le dio unas palmadas en la cara—. Me he escapado de la oficina.
¿Te vienes fuera, para poder fumar un cigarro?
Jerónimo recordaba a Luis con menos ojeras.
Quizás le había salido por dormir poco, o pensar demasiado.
La última vez que vio a su hermano, el pelo rizado era más negro que blanco.
Su estilo no había cambiado. Repeinado hacia atrás con un exceso de gomina, vestía un traje de empresa a destiempo y unos mocasines negros, relucientes.
Luis podía llevar una camisa arrugada, pero sus zapatos estaban siempre impolutos y hacían juego con el mismo maletín de piel negro que llevaba el día en que se encontraron por primera vez.
Eran hermanos solo de padre. Se conocieron en notaría en la firma de la repartición de la herencia, tras el fallecimiento de su padre, veinte años atrás.
La sorpresa fue mutua.
Su hermano vivía unos kilómetros al norte de la playa de la Malvarrosa, con una madre frustrada y amargada por la vida. Estaba a punto de mudarse con la que ahora era su exmujer. Otra mujer frustrada y amargada por la vida, según Luis.
Su padre lo reconoció como su hijo, pero nunca se casó con su madre. Se comprometió a pasar una manutención, aunque no estuvo en la vida de Luis. Su padre ya había formado una familia en la que Jerónimo ocupaba el puesto de primogénito.
La madre de Jerónimo y Gabriel nunca pudo perdonar a su marido, por ocultar la verdad y por otras muchas cosas. Siempre que hablaba por teléfono con Jerónimo, tenía que sacar el tema y repetirle que su vida había sido una mentira.
Probablemente, Jerónimo y Luis coincidieron en el mismo metro alguna vez, pasearon por las mismas calles e incluso comieron en los mismos restaurantes de Valencia, pero nunca supieron que eran hermanos, porque su padre no quiso que se conocieran.
Con el tiempo y las visitas, los lazos de sangre entre los hermanos se ataron con más fuerza.
Miró a Luis con sorpresa.
—Iba a pasar mañana por tu oficina. ¿Y esa urgencia?
Luis trabajaba para un bufete de abogados en un viejo edificio de la calle San Vicente.
Conocía todo lo bueno y lo malo de los negocios de la ciudad.
El bufete había dado asesoramiento legal a jugadores de fútbol, empresarios valencianos y contratistas, en la zona de Benidorm.
Incluso Luis se había encontrado algunas veces con Jerónimo en Londres, por viaje de negocios.
—Necesito un favor —dijo Luis—. Acompáñame afuera, me fumo un cigarro y te lo cuento. Cada cinco minutos avisaban que tu vuelo iba con retraso. No podía irme porque no quería que te escaparas. Mira —dijo con sonrisa cómica, agitando un paquete de cigarrillos—. Sí, es urgente.
Salieron a la calle, cruzaron y se quedaron en la entrada del aparcamiento. Luis encendió un cigarrillo y aspiró hondo.
—Deberías contemplar la idea de dejar el tabaco —dijo Jerónimo—. O cambiar de marca de chicles de nicotina.
—Fumo para olvidar que tú comes chocolate —contestó Luis con un guiño apuntando con el dedo a la barriga de su hermano—. Veo que la vida tampoco te trata mal del todo.
Jerónimo se encogió de hombros sin añadir nada más, pero su hermano no insistió y él no supo si sentir alivio o decepción.
—¿Cómo estás tú? —preguntó.
Luis tiró la ceniza al suelo.
—El médico me ha dicho que tengo que bajar el nivel de colesterol, la puta de mi ex me ha subido la manutención de Luisito… y mi novia, o como la quieras llamar, me ha dejado por un tío con una edad más adecuada que la mía.
—¿Más joven?
—Ella sí. El ricachón con el que sale ahora, no. Vamos, que soy demasiado joven para esperar una herencia en un futuro próximo, pero demasiado viejo para estar entre vírgenes.
—¿Y Luisito?
Luis apretó más fuerte el cigarrillo.
—Sigue de médicos. —Dio otra calada—. ¿Sabes, Jero?
… Tengo un trabajo duro y mal pagado, hipoteca de una casa en la que ya no vivo, préstamo del coche, manutención, gimnasio y, hasta putas, si quiero.
—Aplastó la colilla con la punta del pie.
El humo gris difuminaba su cara—. Luisito se va a poner bien. Por mis huevos que se va a poner bien.
Jerónimo echó la cabeza hacia atrás. Sus labios se separaron, pero antes de decir nada, su hermano se adelantó:
—¿Vas a ir a ver a Gabriel y Eva? —Su expresión se suavizó.
—Sí. —Tardó unos segundos en procesar la pregunta—. Sí, claro. Estaba de camino al hospital de La Fe, hasta que un extraño se puso en mi camino…
Luis hizo una mueca que podía pasar por sonrisa.
—Hay un cliente del bufete que necesita un favor.
—¿Qué clase de favor?
—Es un cliente importante.
—¿Y qué clase de favor necesita ese cliente importante?
—Una traducción.
—¿Ahora?
Luis asintió.
—Pagará bien. Quiere que hables con alguien.
—Eso es una interpretación.
La traducción se hace sobre papel, delante de un ordenador.
La interpretación es la traducción oral.
A Jerónimo le gustaba más la interpretación que la traducción.
Trabajando como intérprete, había visitado casi todos los países de Europa y había conocido a gente importante en política y negocios, aunque, por contrato, tenía que mantener la boca cerrada.
—Puedo pasar mañana por tu oficina —dijo mirando el reloj.
—No puede esperar.
Jerónimo frunció el ceño.
—¿Tan urgente es?
Luis se acercó más a Jerónimo.
—Deja que te lo cuente él.
Jerónimo ladeó la cabeza. Estuvo tentado de decir que no. Mejor mañana. Tocó el bolsillo del pantalón con su billetera dentro. Vacía. Solo tarjetas de crédito. Había que ser pragmático. Acababan de tocarle a la puerta ofreciéndole dinero fácil. Una interpretación. Perfecto.
—¿No demorará mucho tiempo y pagará bien?
Luis le guiñó un ojo, levantó la mano e hizo señales a un coche aparcado a unos veinte metros.
—Sígueme. Nos está esperando.
Jerónimo agarró la mochila y siguió el paso ligero de su hermano. Quiso preguntar más detalles, pero Luis se había puesto en marcha. Demasiado tarde para cambiar de opinión.
—¿Cómo sabías que iba a decir que sí?
Luis no respondió y siguió andando ligero hasta el coche.
—Si Gabriel se mosquea porque llego tarde —dijo Jerónimo—, te echaré a ti la culpa.
—Tú siempre llegas tarde, hermanito.
Jerónimo acababa de decir que sí a un trabajo de interpretación para un cliente importante. Es decir, un pez gordo. Y los peces gordos eran gordos porque se comían a los peces pequeños.