Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 2
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Capítulo 2

Veintiocho años después…

Jerónimo sabía que hay momentos que pueden marcar un antes y un después en la historia personal de cada uno, que nuestra corta existencia está llena de baches y giros impredecibles, de coincidencias y errores irreparables, que la vida y la muerte se dan a veces la mano.

Pero lo que no sabía era que regresar a Valencia, su ciudad natal, sería uno de esos momentos cruciales en los que, para él, todo iba a cambiar para siempre.

A través de los altavoces, el comandante informó a los pasajeros de que estaban sobrevolando los Pirineos y entraban en España.

Jerónimo sintió un cosquilleo en la cara y se rascó la barba de varios días.

Hacía algo más de una hora que habían despegado del aeropuerto de Gatwick.

Apoyó la cabeza sobre la ventanilla y dejó descansar la vista.

Siempre había una razón para no volver a Valencia.

Siempre había alguna excusa para no visitar a la familia. Pero ya no.

No tenía trabajo y tiraba de los ahorros.

Estaba aburrido de esperar un proyecto de traducción que no llegaba.

Tampoco tenía casa porque no podía pagarla.

Había decidido no renovar el contrato de alquiler de un estudio en Clapham, un barrio trendy al oeste de Londres.

Para rematar la entrada a la crisis de los cuarenta que a todos nos toca, acababa de darse una «pausa» en la relación con Erik, un periodista danés de ojos color aguamarina.

Los últimos días, los había pasado en la casa de campo de su mejor amigo, en la campiña inglesa, lamiéndose las heridas.

En resumen, Jerónimo estaba jodido y sin excusas para quedarse en Londres.

Así que, cuando su hermano pequeño, Gabriel, le dio la noticia de que iba a ser tío, Jerónimo le prometió estar ahí para el nacimiento del bebé. Porque Jerónimo era un hombre de palabra y cumplía lo que prometía. O por lo menos, lo intentaba.

Abrió los ojos. Probó sin éxito a reclinar el asiento, tratando de estirar la espalda y extender las piernas.

Sabía que era alto, pero dentro de ese asiento se sentía como un jugador de baloncesto.

Parecía que los asientos de EasyJet habían encogido con los años.

O incluso peor, que él estaba más gordo. O más viejo. O las dos cosas.

Después de veinte años de exilio, en parte, voluntario, cada vez que volaba de vuelta a su ciudad natal, sentía como si estuviera dentro de una máquina del tiempo que le transportaba a la Valencia de finales de los noventa, al día en que se despidió de España y comenzó una nueva vida en el extranjero: primero en Dinamarca y luego, en Inglaterra.

«¿Dónde se habían ido todos estos años?», pensó. Apretó los labios y respiró hondo.

Guardó el libro de Memorias de Adriano dentro de la mochila de viaje y la colocó debajo del asiento.

Todos estos años estaban ahí dentro. En su mochila cabía toda su vida: su portátil, un par de camisetas y unos vaqueros, ropa interior, un neceser y unas sandalias para pasear por la playa de la Malvarrosa.

El intenso ruido del motor se mezclaba con conversaciones, risas sueltas e incluso con los ronquidos de un señor mayor que estaba en el asiento de delante.

Dio un trago al café aguado de sobre que le había servido la azafata con sonrisa de maniquí, mientras le cobraba casi tres libras por esa aguachirle. Ni siquiera olía a café.

Al lado de Jerónimo, una chica muy joven, con melena despeinada y aro en la nariz, abrazaba una mochila de tela vaquera. Tenía los ojos cerrados y la música que salía a través de sus auriculares competía en ruido con los motores del avión.

—No tengas miedo —le dijo Jerónimo mostrando una sonrisa relajada.

Ella no reaccionó. Parecía lidiar una batalla interior, concentrada en esa música estridente.

Jerónimo se sentía inquieto. Abrió otra barrita energética de chocolate, que había comprado en la tienda de Boots en el aeropuerto de Gatwick, una de esas barritas que prometen una vida más sana.

Le dio la vuelta al envoltorio y vio que las calorías eran las mismas que las de cualquier chocolate industrial que pudiera comprar en un supermercado. Aunque este chocolate sabía más amargo.

Al lado de la joven, en el asiento que daba al pasillo, un niño inglés pelirrojo, de unos seis o siete años, jugaba con una tableta. Cambiaba de posición cada diez segundos al compás de una voz metálica, que le daba la enhorabuena por haber pasado de nivel.

Jerónimo arqueó una ceja. Cuando era joven no había tabletas, había balones de fútbol.

El niño ignoraba los comentarios cada vez más altos de su madre, que estaba sentada delante de él. Le insistía, con un marcado acento de Liverpool, que dejara de dar patadas al asiento y se pusiera el cinturón.

Desde la última fila, al lado de la ventanilla, Jerónimo podía ver el estrecho pasillo con un flujo continuo de pasajeros, que parecían disfrutar haciendo cola en los baños del avión.

Puso el café en el carrito y le dijo a la azafata, en inglés y con ironía:

—Quédase con la vuelta.

La azafata no respondió. Mantenía una sonrisa congelada mientras organizaba mecánicamente las compactas estanterías llenas de microbebidas.

Y entonces, algo curioso sucedió. El avión tembló fuerte un par de veces.

Jerónimo miró a su alrededor.

Las azafatas seguían con su trabajo de camareras.

La chica sentada a su lado se había quedado dormida con los auriculares puestos.

El revoltoso niño aún no había encontrado la postura más cómoda, mientras su tableta le anunciaba que había pasado al siguiente nivel.

Su madre estaba en el asiento delantero y pasaba aburrida las hojas de una revista de moda.

Solo Jerónimo parecía percibir el peligro.

Segundos más tarde se produjo un temblor más fuerte.

Los pasajeros levantaron la barbilla unos centímetros, todos a la vez, buscando en el aire una respuesta.

La chica abrió los ojos color café exageradamente grandes.

Se iluminó el símbolo de «cinturones de seguridad», y por los altavoces se escuchó al comandante, con voz profesional y acento de la BBC:

—Señoras y señores, estamos atravesando una zona de turbulencias. No se preocupen. Aterrizaremos en Valencia solo con unos minutos de retraso. Por favor, abróchense los cinturones de seguridad. Gracias.

—¿Qué ha dicho? —preguntó la joven a Jerónimo.

—Turbulencias…

La chica abrió la boca, pero no añadió nada. Su rostro se paralizó durante unos segundos.

—Y que no nos preocupemos.

Jerónimo desvió la vista hacia la azafata, que paró y comprobó que el niño guardaba su tableta y se ponía el cinturón de seguridad, a regañadientes, bajo la intensa mirada de su madre.

Él también se abrochó el cinturón.

Notaron unos temblores más fuertes y la chica se sobresaltó.

—No te vas a caer —le dijo Jerónimo.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó ella mientras miraba a todos los lados como si buscase una señal que le dijera que todo iba a ir bien.

—Todo va a ir bien.

—No… —dijo ella.

—Ah, ¿no? ¿Y cómo sabes tú que nos vamos a caer?

La chica fijó sus ojos color café en Jerónimo.

—¿Cómo puede funcionar una máquina tan complicada como el avión y mantenerse en el aire, sin que una pieza, un engranaje o un tornillo nunca falle?

Jerónimo se tocó la barbilla.

—¿Cómo puede funcionar el cuerpo humano con millones de células, para que sigamos vivos sin que un pequeño coágulo en una vena nos mate? Si lo piensas bien…

—Si lo piensas bien, la idea es aterradora.

La chica tenía razón y eso incomodó a Jerónimo.

Las turbulencias continuaron. Esta vez, con mayor intensidad.

Muchas cosas sucedieron al mismo tiempo. El comandante se dirigió al personal de cabina. Su tono de voz había cambiado. Las azafatas acataron las órdenes con rapidez, se pusieron los cinturones y sus sonrisas desaparecieron.

La transmisión tenía un zumbido de fondo y se cortó en seco, cuando el avión entró en otra zona de turbulencias.

Muchos pasajeros tensaron sus cuellos. La chica se agarró fuerte al asiento.

Con cada sacudida que daba el avión, sus ojos miraban nerviosos a través de la ventanilla, como si buscase una salida.

Jerónimo acarició el anillo que tenía colgado al cuello en una cadena de plata, mientras pensaba en Erik. Pensó mucho en Erik. Miró el reloj. Faltaban veinte minutos para aterrizar. Estaban maniobrando el descenso.

En los minutos precedentes al desastre, el avión descendió dando fuertes sacudidas arrítmicas.

En una de esas, la pantalla de la tableta se iluminó a través de las rejillas del bolsillo del asiento y una voz metálica, con acento americano y tono de presentador de circo dijo: Enhorabuena .

Has pasado al siguiente nivel . Récord batido .

El niño miró la tableta, confuso. Jerónimo miró al niño y sintió un golpe de sudor.

La boca del niño se abrió con asombro y sus ojos brillaron con excitación. Pero lo que no le gustó a Jerónimo fue que el niño juguetease con el broche del cinturón de seguridad.

De repente se produjo un temblor aún más fuerte. La voz metálica de la tableta se volvió más intensa. Récord batido . Récord batido . El niño alargó los brazos, pero no llegó a coger su preciado tesoro.

Jerónimo abrió más los ojos. Agudizó los sentidos. El miedo, por irracional que pareciese, preparaba al organismo para sobrevivir. Y Jerónimo sintió miedo.

Las turbulencias eran más intensas. Se oyó el lamento ahogado de un pasajero en la distancia. Todos estaban tensos en sus asientos.

La voz de la tableta sonaba como el canto de las sirenas en la Odisea de Ulises. Récord batido . Récord batido . Récord batido .

Nadie miraba al niño. Solo Jerónimo.

Y entonces ocurrió el desastre.

El niño soltó el cinturón rápidamente y agarró la tableta.

Los segundos se fragmentaron en décimas.

Y en una décima de segundo, el avión se desplomó varios metros al estilo montaña rusa.

Un par de bolsas del duty free cogieron velocidad disparadas hacia el techo de la cabina del avión.

La fuerza de la gravedad había desaparecido.

En esa misma décima de segundo, el niño levitó del asiento y el tiempo se paró.

Es curioso ver cómo reacciona el cerebro en situaciones extremas. Esa masa gris ya no razona. No piensa, no medita, no reflexiona. Es una fuerza motora que sobrevive por medio de reflejos a estímulos externos. En ese instante, el cerebro de Jerónimo tuvo los signos claros de un desesperado reflejo.

¿Excitación mediante un estímulo? Sí. Jerónimo vio al niño salir disparado de su asiento.

¿Respuesta de la médula? También. El cuerpo de Jerónimo se llenó de un golpe de adrenalina que inundó cada poro de su piel.

¿Respuesta motora? El brazo de Jerónimo rompió el aire y su mano atrapó como una tenaza la muñeca del niño y lo devolvió a su asiento.

¿Daños colaterales? La tableta se estrelló contra el techo, cayó en el pasillo y se hizo añicos.

El niño se quedó inmóvil.

Jerónimo se reclinó todo lo que pudo, le abrochó rápido el cinturón y le susurró:

— It’s ok .

El niño estaba en estado de conmoción. Miraba al suelo. La chica miraba a Jerónimo, con la boca abierta y Jerónimo miraba al niño.

La pantalla de la tableta estaba rota. Ya no había sonido ni luces.

Todo se quedó en silencio. Un silencio incómodo. El silencio que precede a una catástrofe.

Pero la catástrofe no llegó.

Se abrieron las compuertas dejando preparadas las ruedas para el aterrizaje. Estas tocaron el suelo.

Acababan de aterrizar en Manises, el aeropuerto de Valencia.

Nadie aplaudió. Nadie dijo nada. Las sonrisas congeladas de las azafatas volvieron a aparecer en sus rostros. La madre se giró y vio a su hijo absolutamente quieto, por primera vez en el vuelo.

— Thank you —le dijo el niño a Jerónimo.

Jerónimo le regaló una sonrisa y le revolvió el pelo.

Se despidió de la joven y la animó a seguir viajando, porque, si le tienes miedo a la vida, la vida te puede coger manía.

Jerónimo fue el primer pasajero en bajar las escaleras del avión cargado con su mochila de viaje.

La agarró con fuerza. El viento del poniente le dio la bienvenida y recordó que siempre que salía por la puerta del avión, la realidad se hacía presente.

La ciudad había cambiado. La gente había cambiado.

Jerónimo también había cambiado. El tiempo había pasado para todos, pero ese sentimiento de culpa seguía ahí como una herida sin cicatrizar.

Eso aún no había cambiado. Se dijo que esta vez sería diferente, pero… ¿cómo de diferente?

Bajó el último escalón y pisó el suelo de Valencia. La Valencia de 2018. Encendió el móvil y leyó el mensaje de su hermano Gabriel: «Es niño».