Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 1
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Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3

Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3

Por J. J. Fernandez

© inepub.com

Capítulo 1

Cuando todo el mundo echaba la siesta durante un caluroso día de verano en un pueblo costero de Valencia, tres niños jugaban con su vida en las vías de un tren.

Era el duelo entre el niño bueno, el niño feo y el niño malo.

—Quien pase antes, pierde —dijo el niño malo cruzando los brazos. Giró la cabeza y estudió con mirada maliciosa a los otros dos niños, que estaban de pie, uno enfrente del otro, separados por las vías del tren. Se acercó al niño bueno y le susurró al oído—: Quien pase antes, pierde… o muere.

El niño bueno miró a su adversario y escondió un escalofrío mientras se ajustaba el cinturón del pantalón, que le había comprado su madre, una talla más grande, para cuando creciera. ¿Y si no crecía y moría antes? Sintió un golpe de calor.

El viento del poniente sopló con más fuerza y levantó el polvo del suelo.

El niño malo subió la barbilla y observó el horizonte. Los otros dos lo imitaron.

—Es el tren regional y no para en esta estación. Os quedan unos minutos.

—Cuanto antes acabemos, antes jugaremos al fútbol —dijo el niño feo, que tiró la pelota contra la tapia que tenía a sus espaldas y separaba, como un muro, el solar con las vías del tren, de la calle de la estación del pueblo.

Escupió en el suelo imitando al malo malísimo de alguna película B de la sobremesa de la tarde y miró al niño bueno, con desprecio.

—¡Pasa, gallina!

El niño bueno no dijo nada. Le sudaban las manos.

Pensó que, si el niño malo no estuviera a su lado, podría intentar salir corriendo.

Absurdo. Eso le cabrearía más. La última vez que pilló una rabieta, le metió el estuche en la taza del váter del colegio.

Era el más fuerte de la clase. Total, la profe ya le había dicho a su madre que los niños son niños hasta que se hacen mayores.

Pensó que tenía que ser muy tonto, puesto que no entendió bien lo que la profe le había dicho a su madre.

De todas maneras, ella no le dijo nada a su padre para que no se cabrease más.

—¡Venga, pasa ya! —insistió el niño feo.

—No.

—Yo tampoco —le respondió cruzando los brazos y mostrando una sonrisa burlona mientras miraba el tren que se acercaba.

—Tenéis un par de minutos —recordó el niño malo.

—Yo no paso. Pasa el gallina.

—No soy un gallina. —Pero no había mucha convicción en la voz del niño bueno.

—Minuto y medio —añadió el niño malo.

—Eres un gallina. Un gallina y un marica. —El ruido del tren aumentaba—. ¡Marica! —dijo mientras movía las caderas burlándose del niño bueno.

La carcajada del niño malo puso más nervioso al niño bueno, que sintió más calor y sus mejillas se tiñeron de rojo. Agachó levemente la cabeza.

La voz del niño feo aumentaba.

—¡Eres un marica! ¡Todo el mundo lo sabe!

—No soy un marica. —Su voz sonaba a derrota. Quería irse a casa.

—¡Marica, marica, marica!

—¡Un minuto! —recordó el niño malo.

El niño bueno miró al tren que se acercaba y una gota de sudor le resbaló por la frente. Su respiración se aceleró.

El niño feo cruzó más los brazos y se mostró triunfante. No era tan fuerte como el niño malo, pero ahora el niño malo y el niño feo eran los mejores amigos. El niño feo le guiñó un ojo cómplice al niño malo y se dirigió al niño bueno:

—Si pasas tú primero, no te llamaré marica.

—Pero es mentira.

El niño feo se encogió de hombros.

—Me da igual. —Torció la cabeza y también la boca, con una sonrisa de asco.

El niño bueno sintió una rabia que le bajó al estómago y se transformó en adrenalina.

Las vías se elevaban formando un montículo y creaban la percepción de que el niño feo pareciera más alto desde el otro lado de la vía.

Se hizo un momento de silencio, roto solo por el traqueteo del tren que se acercaba inexorablemente.

Faltaba menos de un minuto para que pasara por delante de ellos.

El niño bueno pensó que, si pasaba, perdía la apuesta. Sería un gallina. También sabía que, si no pasaba, perdía igualmente, ya que el niño feo y la pandilla del colegio nunca dejarían de insultarle llamándole marica.

Tragó fuerte, pero tenía la boca seca. Había una cosa cierta: no era un gallina. No quería ser un gallina. No iba a dejar que siguieran llamándole gallina. Se le iluminó una luz y tuvo una idea. Carraspeó.

—¿Si paso antes, no me llamarás marica?

—Nunca más.

El niño bueno miró al niño malo, que asintió mientras levantaba las manos.

—Yo tampoco —dijo, aunque la sonrisa aún no se había borrado de sus labios.

El niño bueno apretó fuerte la mandíbula y entrecerró los ojos sin dejar de mirar al niño feo. Rozó juguetón el metal de la vía con la punta del pie derecho. El sonido del tren rugía amenazante. Supo lo que tenía que hacer. Se ajustó más el pantalón y notó las manos mojadas en sudor.

Segundos más tarde, el niño feo murió arrollado por el tren.