Seres de leyendas de Madrid leyenda 39
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La casa de la calle del Pez y el fantasma del estudiante

El joven, llamado según las crónicas de la época Luis Bahamonde, era un brillante alumno de la Facultad de Medicina.

Llevaba varios años residiendo en aquella pensión de estudiantes, donde compartía comedor y letrinas con otros jóvenes llegados de provincias.

Nadie supo nunca si fue un crimen, un suicidio o una muerte natural lo que acabó con su vida.

La versión oficial de los periódicos habló de un ataque al corazón.

Pero los vecinos de la calle del Pez siempre supieron que había algo más.

Cuenta la leyenda que Luis estaba profundamente enamorado de una joven de buena familia a la que había conocido en la iglesia de San Antonio de los Alemanes. El padre de la chica, un acaudalado comerciante, se oponía rotundamente a aquella relación por la condición humilde del pretendiente.

Una noche, tras una violenta discusión, el joven fue hallado sin vida en su habitación, sentado en una silla frente al balcón, con una vela apagada aún entre los dedos.

La autopsia dictaminó muerte natural, pero el novio de la joven, desesperado, juró que volvería para vengarse de su suegro desde el más allá.

Desde entonces, los inquilinos de la pensión comenzaron a escuchar pasos que subían las escaleras a altas horas de la madrugada, el chirrido de una silla arrastrándose sobre el suelo de madera y, sobre todo, el olor a cera quemada que parecía surgir de la nada.

La habitación donde murió el estudiante nunca volvió a alquilarse.

Los propietarios la tapiaron, pero los ruidos persistieron durante décadas.

En los años 60, cuando el edificio fue rehabilitado para convertirlo en viviendas particulares, los obreros aseguraron haber visto, entre el polvo y los escombros, la silueta de un joven sentado en una silla, con un libro abierto sobre las rodillas y una expresión de infinita tristeza en el rostro.

Hoy, el número 23 de la calle del Pez sigue siendo una dirección que los vecinos cuchichean al caer la noche.

Los estudiantes que ahora ocupan las habitaciones rehabilitadas aseguran que, si el silencio es absoluto, aún puede oírse el susurro de un joven repasando lecciones de anatomía, y que, a veces, al pasar por el rellano del segundo piso, se siente una corriente de aire frío que no proviene de ninguna ventana.

Quienes conocen la historia no pueden evitar preguntarse: ¿será el alma del estudiante Luis Bahamonde la que aún recorre la casa que fue su hogar y su tumba, esperando acaso el perdón del padre de su amada o la justicia que la justicia de los hombres nunca le dio?