Leyenda 37.
La Abada, el rinoceronte asesino que dio nombre a una calle
"Los portugueses trajeron una abada, los niños la atormentaron, y un muchacho del horno de la mata murió abrasado. El animal huyó, y su nombre quedó en la calle."— Copla del Madrid del siglo XVI
D e todos los seres que pueblan el callejero de Madrid, quizás ninguno sea tan desconcertante como el que da nombre a la calle de la Abada, una pequeña vía que conecta la Gran Vía con la plaza del Carmen, presidida por el dibujo de un animal que pocos identifican a simple vista: un rinoceronte.
Porque "abada" era el nombre que daban los portugueses en el siglo XVI a la hembra de este paquidermo, y la historia de cómo este término llegó a quedar grabado para siempre en el corazón de Madrid es una de las leyendas más truculentas y mejor documentadas de la capital.
El origen de todo se remonta a los primeros años del reinado de Felipe II, cuando la corte aún no se había asentado definitivamente en Madrid y las afueras de la villa, donde hoy se extienden las bulliciosas calles del centro, eran aún terrenos abiertos, huertas y corralas.
Fue entonces cuando llegaron a la ciudad dos saltimbanquis portugueses, probablemente procedentes de las rutas comerciales que Portugal había abierto en Asia, trayendo consigo un cargamento tan exótico como peligroso: un rinoceronte hembra, al que exhibían al público bajo una gran carpa instalada junto al desaparecido monasterio de San Martín, a cambio de dos maravedíes por persona.
El animal, al que llamaban «la abada», causó sensación entre los madrileños, que acudían en tropel a contemplar a aquella bestia jamás vista en la Península.
Pero la convivencia, según relatan las crónicas de la época recogidas por el historiador Antonio Capmany en el siglo XIX, no tardó en torcerse.
Los niños, que eran los más asiduos visitantes, molestaban al animal, le gritaban y lo atormentaban hasta enfurecerlo.
La leyenda más extendida, que ha llegado hasta nosotros a través de la tradición oral y de los estudios de cronistas como Répide o Rodríguez-Checa, cuenta que un muchacho que trabajaba en el cercano Horno de la Mata llevaba cada día un bollo de pan caliente a la abada.
Un día, el pan estaba demasiado caliente y, al acercarlo al hocico del animal, este se abrasó, se enfureció, rompió sus cadenas y emprendió una huida desenfrenada por las calles de Madrid, matando al niño de un tarascón.
El pánico cundió entre la población y la bestia fue perseguida sin éxito durante toda una noche por vecinos y alguaciles, que acosaban cualquier sombra creyendo que se trataba del animal.
Al día siguiente, la abada fue finalmente capturada cerca de Vicálvaro, ya muy lejos del centro, donde los portugueses, ayudados por la Santa Hermandad, lograron reducirla y devolverla a su encierro.
Otra versión de la leyenda, recogida por algunos historiadores, afirma que el rinoceronte fue un regalo del gobernador portugués de Java al mismísimo Felipe II, y que los madrileños, al conocer las supuestas propiedades afrodisíacas de su cuerno, lo envenenaron para arrancárselo.
Sea como fuere, lo cierto es que el animal dejó una huella imborrable en la memoria del barrio, y la calle que años después se abrió junto al lugar donde se alzaba la carpa fue bautizada con el nombre de la Abada en su recuerdo.
Hoy, la calle de la Abada es un breve pasadizo que los viandantes recorren sin prestar atención a su placa cerámica, donde un rinoceronte dibujado recuerda al transeúnte la historia de aquella bestia que sembró el terror en el Madrid del siglo XVI.
Los niños que antaño acudían a ver al animal ya no existen, y el horno de la mata desapareció hace siglos bajo el asfalto y los edificios modernos.
Pero la abada, la hembra del rinoceronte, sigue cabalgando en el nombre de una calle, un ser de leyenda que no es ni fantasma ni alma en pena, sino un animal de carne y hueso cuya desgracia se convirtió en topónimo.
Quien pase por allí al atardecer, cuando las luces de la Gran Vía comienzan a encenderse, puede imaginar aún el estruendo de sus pesadas patas sobre los adoquines, y aquella noche de alarma en que un niño murió por un pan demasiado caliente, y un pueblo entero persiguió sombras sin saber muy bien a qué se enfrentaba.