Seres de leyendas de Madrid Leyenda 35.
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Leyenda 35.

La mano cortada del Palacio de Cañete

"Un clérigo inocente murió en la horca, su mano cortada quedó clavada en la puerta. El verdadero asesino confesó en su lecho de muerte, pero el fantasma nunca se fue."— Relato de los vecinos de la calle Mayor

Las sospechas recayeron de inmediato sobre el clérigo Antonio Amada, quien había sido visto reunido con el marqués poco antes del asesinato.

Condenado por un crimen que probablemente no cometió, fue ejecutado por garrote vil.

Pero la pena no acabó ahí. Siguiendo las costumbres de la época para escarmentar a futuros criminales, se le amputó la mano derecha y se exhibió colgando de la puerta principal del palacio.

Los hechos sobrenaturales comenzaron tras el ajusticiamiento.

Los criados y habitantes del palacio empezaron a reportar fenómenos inexplicables: velas que se encendían y apagaban solas, muebles que se movían sin que nadie los tocara, y, sobre todo, gritos, pasos y ruidos de cadenas que resonaban en las habitaciones vacías.

Muchos interpretaron estas apariciones como las almas en pena de los dos implicados: la del marqués, buscando justicia, y la de Amada, proclamando su inocencia desde el más allá.

Cuenta la leyenda que el alma del clérigo se apareció ante el padre Eusebio, un jesuita, para asegurarle que ya había purgado su pena en el purgatorio y disfrutaba de la paz eterna.

El 9 de septiembre de 1654, la clave del misterio se resolvió de la manera más inesperada. Un criado del marqués, en su lecho de muerte, confesó ser el verdadero asesino. Según su testimonio, cometió el crimen en un ataque de ira porque su señor no dejaba de cortejar a su esposa.

Con la verdad a medias restaurada, la mano del clérigo fue retirada de la puerta del palacio. A pesar de ello, los fenómenos paranormales nunca cesaron del todo. Parece que los espíritus, una vez atrapados entre sus muros, decidieron quedarse. Y ahí continúan.

Quien se asome hoy a este palacio, sede de instituciones como la Casa Sefarad-Israel, no verá más que una fachada más en la calle Mayor.

Pero si presta atención en una noche de viento y se agudiza el oído, quizás aún pueda escuchar el eco de un seco espadazo y el lamento de un hombre injustamente condenado.