Seres de leyendas de Madrid Leyenda 34.
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Leyenda 34.

La piel del lobo: el milagro de la calle de Echegaray

"El niño rajó la piel del lobo, el cazador lo abrió en canal, la madre lo llevó a la Virgen y el muerto resucitó. Desde entonces, una paloma blanca vuela sobre la calle del Lobo."— Milagro popular del Madrid del siglo XVII

Corría el siglo XVII, cuando esta zona de Madrid no era más que huertas, alquerías y caserones dispersos, en la calle del Lobo vivía un cazador huraño que se ganaba la vida disecando animales.

Para que todo el vecindario conociera su oficio, y quizás para espantar a los niños traviesos, había colgado sobre la puerta de su taller una piel de lobo disecada y rellena de paja, que miraba al viandante con sus fauces abiertas y sus colmillos amenazadores.

Los pequeños del barrio, aterrados por aquel bicho de aspecto tan real, procuraban no acercarse a la puerta donde se hallaba el temible lobo, y los padres aprovechaban su presencia para meterles miedo con la amenaza: "si te portas mal, el lobo de la calle te comerá".

Pero todo grupo de niños tiene un líder, y aquel líder era un chico arrogante y decidido al que la advertencia no solo no atemorizaba, sino que le picaba la curiosidad.

Un día, harto de las burlas de sus compañeros y deseoso de demostrar su valentía, decidió poner fin al misterio de una vez por todas.

Cogió un cuchillo de cocina, lo escondió entre sus ropas, y se plantó frente a la puerta del cazador con su pandilla de testigos.

"¿Este es el lobo que os da tanto miedo?

—exclamó—. Pues vais a ver lo que hago con él".

Y sin mediar más palabra, se abalanzó sobre la piel disecada y la rebanó de arriba abajo, de modo que la paja y el serrín del interior se desparramaron por el suelo, dejando el muñeco hecho un guiñapo ante las risas de los presentes.

En ese momento, alertado por el ruido, salió del taller el cazador enfurecido.

Al ver su obra destrozada —quizás el único trofeo que conservaba de sus cacerías, o el único reclamo publicitario de su negocio— montó en cólera.

De un manotazo le arrebató el cuchillo al niño y, sin mediar palabra, se lo clavó en el pecho, abriéndole en canal.

El pequeño cayó al suelo bañado en sangre, mientras el cazador, creyéndole ya muerto, huía despavorido calle abajo.

Los gritos de los niños alertaron a los vecinos, y entre ellos acudió la madre del pequeño.

Al ver a su hijo ensangrentado y casi sin vida, no se derrumbó, sino que, movida por una fe ciega, cogió el cuerpo aún caliente entre sus brazos y echó a correr hacia la casa de un escultor que, según se sabía en el barrio, estaba tallando una imagen de la Virgen.

Llegó al estudio, arrodilló ante la efigie sin terminar y encomendó a su hijo a la Madre de Dios.

En ese momento, dice la leyenda, el niño abrió los ojos, volvió a la vida y en pocos días sanó por completo de todas sus heridas.

La noticia del milagro corrió como la pólvora por toda la villa, y la imagen de la Virgen, que hasta entonces no tenía nombre, fue llevada en procesión hasta el Monasterio de las Carmelitas Descalzas, donde se la veneraría con el título deVirgen de las Maravillas.

Durante el traslado, cuenta la tradición, una paloma blanca voló sobre el carruaje que portaba la talla y se posó sobre ella hasta dejarla en su nuevo altar.

Aquel prodigio hizo que el pueblo bautizara también a la Virgen con otro nombre:Nuestra Señora de la Paloma, bajo cuya advocación se celebra cada 15 de agosto una de las verbenas más castizas de Madrid.

La calle, que había sido testigo de la tragedia y del milagro, recibió a partir de entonces su nombre más conocido popularmente.

En el transcurso de la mudanza que efectuaron de la Virgen de la Soledad —o de las Maravillas— de una casa particular al convento, la calle creyó oportuno adoptar su nuevo nombre:calle de la Paloma.

Más tarde, en 1888, se decidió cambiarlo por el del ingeniero y premio Nobel José Echegaray, que aún hoy lo conserva.

Pero los madrileños más castizos, los que aún recuerdan las historias que les contaban sus abuelos, saben que bajo el nombre oficial se esconde la memoria de aquel niño, de aquel lobo de paja, de aquel milagro y de aquella Virgen que devolvió la vida a un pequeño que pagó con su sangre el precio de la curiosidad.

Hoy, quien pasee por la calle de Echegaray y levante la vista hacia su placa cerámica, encontrará todavía el recuerdo de aquel lobo que un día aterrorizó a los niños del barrio.

Y si tiene la suerte de hacerlo en las fechas de la verbena de la Paloma, quizás pueda comprender que aquellas calles no solo guardan el eco del miedo, sino también el de la fe, el de la esperanza y el de los milagros.

Porque el lobo de la calle del Lobo no era un lobo de verdad, sino un muñeco de paja, y el niño que lo destripó no murió, sino que resucitó por un instante de gracia.

Y en eso, como en casi todas las leyendas de este libro, la verdad no es lo que importa, sino la memoria.