Seres de leyendas de Madrid Leyenda 33
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Leyenda 33

La calle de los Mancebos y la muerte del rey niño

"Dos jóvenes jugaban en un tejado, una teja cayó y un rey de trece años murió. Degollados y enterrados ante la Virgen, su calle aún recuerda el crimen."— Tradición oral del barrio de La Latina

H emos recorrido palacios, callejuelas y cementerios, pero aún no hemos traspasado la puerta de ninguna casa de vecinos del Madrid más castizo.

En la calle de los Mancebos, una vía muy cercana a la plaza de la Paja en el corazón del Madrid de los Austrias, se perpetró una noche del siglo XVII un crimen tan brutal y tan apasionado que, según la tradición oral, la sangre derramada aún se resiste a desaparecer y los espectros de los dos amantes asesinos aún vagan por los soportales que un día los vieron amarse y conspirar.

Nos situamos en los sótanos del Madrid del siglo XVII, una urbe llena de contrastes, donde la riqueza de los cortesanos contrastaba con la miseria de los barrios más humildes.

En la calle de los Mancebos, según recogen los cronistas de la época, habitaban dos jóvenes cuyo amor había traspasado todas las fronteras de lo moralmente admisible.

No se sabe a ciencia cierta si eran amantes clandestinos, cómplices en algún negocio turbio o una pareja casada que había decidido librarse de un estorbo.

Lo que sí parece claro es su plan. Cansados de que un tercero les impidiera vivir su pasión en libertad, conspiraron para asesinarlo fríamente.

La noche elegida fue una de luna menguante, y la calle de los Mancebos, poco concurrida en aquella época a altas horas de la noche, fue testigo de la conjura.

Según las crónicas orales, los dos amantes, movidos por una mezcla de odio y de deseo, abordaron a su víctima en el portal de una casa de vecinos y le asestaron múltiples puñaladas hasta que su cuerpo cayó exánime.

La sangre regó las losas de piedra, y el asesino, presa del pánico, huyó sin saber que su cómplice, quizás víctima de un desliz o de un exceso de confianza, sería detenida poco después por los alguaciles.

Ambos fueron juzgados y condenados a la horca en la Plaza Mayor.

El verdugo hizo su trabajo, y la justicia del rey quedó satisfecha.

Pero lo que ocurrió después fue mucho más allá de lo que la justicia terrenal podía prever.

Días después de la ejecución, los vecinos de la calle de los Mancebos empezaron a notar extraños fenómenos.

Pasos que resonaban en mitad de la noche, puertas que se abrían solas y, lo más escalofriante, dos sombras que se deslizaban abrazadas bajo los soportales, como si los amantes siguieran disfrutando de su amor después de la muerte.

Algunos de los vecinos más supersticiosos aseguraban haber visto claramente las figuras de un hombre y una mujer cogidos de la mano, que se desvanecían al llegar a la altura del portal donde se había cometido el crimen.

Las manchas de sangre de aquella noche, por mucho que los vecinos fregaron el suelo, nunca llegaron a desaparecer del todo. Por más agua y jabón que empleaban al amanecer, al día siguiente las máculas oscuras volvían a aparecer, como si la tierra se negara a olvidar el pecado.

La fama de la calle encantada no tardó en extenderse por todo Madrid.

Los curiosos acudían en peregrinación para intentar vislumbrar a los fantasmas de los amantes, y los valientes que se atrevían a pasar la noche en sus soportales regresaban a casa con el rostro demudado y el relato de haber oído susurros de amor y también de odio, como si la pareja condenada reviviera eternamente el momento de su crimen y su posterior ajusticiamiento.

Durante décadas, la calle de los Mancebos fue evitada por los viandantes nocturnos, y los padres amenazaban a sus hijos con encerrarlos allí dentro si no se portaban bien.

Hoy, la calle de los Mancebos ha cambiado su fisonomía.

Lo que antaño era una callejuela oscura y apenas transitada se ha convertido en una pequeña vía flanqueada por edificios modernos y restaurantes.

Sin embargo, la tradición oral no ha muerto.

Los vecinos más ancianos del barrio de La Latina, los que aún conservan la memoria de las historias que les contaban sus abuelos, siguen asegurando que en las noches más cerradas, especialmente en el aniversario de la ejecución, el 13 de junio, dos sombras pueden verse paseando cogidas de la mano bajo los soportales, deteniéndose frente a un portal que ya no existe, como si buscaran aún la entrada a un infierno que ellos mismos crearon con sus manos.

La leyenda de la calle de los Mancebos, recogida en diversas crónicas locales y transmitida de generación en generación por los vecinos, es un recordatorio de que la pasión mal entendida puede llevar a los crímenes más atroces, y de que la muerte, lejos de liberar, puede convertirse en una condena más pesada que la vida misma.

Porque los amantes de la calle de los Mancebos, unidos en vida por el amor y por el crimen, lo están también en muerte por la leyenda, y su espectro, abrazado para siempre, recuerda a los madrileños que en cada esquina, en cada callejuela, puede esconderse una historia de terror, una historia como la suya, que por más siglos que pasen nunca será olvidada.