Leyenda 32.
Pacita, la loba fantasma de la Casa de Campo
El relato, transmitido de boca en boca en unos años en que las redes sociales aún eran ciencia ficción, coincidía en varios puntos.
Al caer el atardecer, entre los arbustos y los árboles de la Casa de Campo, un parque entonces mucho más agreste que hoy, aparecía la silueta de un gran animal solitario.
La descripción apuntaba a un lobo ibérico, aunque algunos testigos aseguraban que podría tratarse de un perro asilvestrado de enorme tamaño.
Nadie lo sabía con certeza, y ese halo de misterio fue precisamente el combustible que alimentó la leyenda.
La gente comenzó a bautizarla con el apelativo cariñoso de "Pacita", y pronto su existencia se propagó como la pólvora por los barrios de la capital.
Lo más llamativo del caso, y lo que lo diferencia de otras leyendas populares, fue la actitud de las autoridades.
Ni el Zoo de Madrid, situado dentro del propio parque, ni los guardas forestales confirmaron jamás la existencia de ningún lobo.
Tampoco hubo informes oficiales que atestiguaran su presencia, ni desmentidos que la negaran.
Ese silencio institucional, lejos de aplacar los rumores, no hizo más que avivarlos.
Algunos sugirieron que Pacita podría haber sido un ejemplar escapado de alguna colección privada.
Otros apuntaron a una simple ilusión óptica.
Pero lo cierto es que Pacita se convirtió en una fábula que alimentó el imaginario colectivo de los madrileños, y que hoy recordamos como un fenómeno sociológico fascinante.
A diferencia de la mayoría de los seres de este libro, que pertenecen a un pasado remoto, Pacita es hija de su tiempo.
Nació en el Madrid de la Movida, cuando la ciudad empezaba a quitarse el polvo de la dictadura y sus calles hervían entre protestas, ansias de vivir y sueños de libertad.
No había vídeos ni fotos de la loba; solo relatos que coincidían y que, al repetirse, fueron forjando una verdad paralela, la verdad del mito.
La escritora e investigadora de lo paranormal Laura Falcó Lara ha señalado precisamente que "fue un bulo en toda regla, la primera gran leyenda urbana de la Transición", algo que no quita ni un ápice de su valor legendario, sino que lo certifica.
Hoy, en la era de los bulos digitales y las noticias falsas con un solo clic, la historia de Pacita parece casi inocente.
Una leyenda analógica, contada a viva voz, sin «me gusta» ni retuits.
Solo imaginación. El eco de lo que fuimos y de lo que estamos dispuestos a creer.
Porque Pacita el fantasma no es un alma en pena ni un aparecido decapitado, sino el espectro de un animal que quizás nunca existió, pero que todos los madrileños de los 70 vieron con los ojos de la mente, y que aún hoy, transcurrido medio siglo, sigue siendo una de las leyendas más entrañables y menos conocidas de la capital.
El cazador de mitos y escritor Enrique Echagüe ha rastreado la vinculación de Pacita con otro fantasma muy anterior, el delZorro de la Casa de Campo, una leyenda que ya circulaba a principios del siglo XX y que aseguraba que un zorro encantado, semejante a un hombre, deambulaba por el parque en las noches de luna llena.
La loba Pacita sería, así, la heredera moderna de una tradición mucho más antigua, de un Madrid que siempre ha necesitado creer que en sus bosques, al caer la tarde, hay algo más que sombras.
Y la prueba está en que aún hoy, quien se adentra en la Casa de Campo al ocaso y siente una mirada extraña entre los árboles, no puede evitar pensar: "¿Será Pacita? ".