Leyenda 31.
El ataúd ambulante y los muertos que volvieron (antiguas Calle del Ataúd y Calle de los Muertos)
"En la calle del Ataúd guardaban el féretro de los pobres, y en la calle de los Muertos apilaban los cadáveres de la peste. Dos nombres que el miedo borró del mapa, pero no de la memoria."— Crónica popular del Madrid de los Austrias
S i el lector pasea hoy por la travesía de los Trujillos, muy cerca de la calle Arenal y el monasterio de las Descalzas Reales, lo que encontrará es una vía anodina, casi escondida, que apenas llama la atención de los turistas.
Pero si retrocedemos en el tiempo unos siglos, este mismo lugar helaba la sangre de los madrileños más castizos.
Porque en lo que hoy es esa calle tranquila confluyeron dos nombres que por sí solos ya merecerían un capítulo en cualquier antología del terror: lacalle del Ataúdy lacalle de los Muertos.
La primera, la calle del Ataúd, debe su nombre a un solar que pertenecía a la antigua parroquia de San Martín, una de las más antiguas de la villa.
En aquel solar se guardaba lo más temido por los vecinos más pobres: un ataúd de caridad, un féretro utilizado por la cofradía de San Sebastián para enterrar a aquellos madrileños cuya familia no podía costearles ni siquiera un funeral digno.
Los frailes de la cofradía, con cuatro cirios y una cruz, portaban el féretro hasta el cementerio del Hospital de la Buena Dicha, en la calle Silva, fundado en el siglo XVI.
El cortejo fúnebre era tan humillante que los familiares del difunto procuraban a toda costa evitar aquel entierro de limosna, para no figurar en el libro de enterramientos ni ser llevados a la tumba en aquel horroroso féretro, cuya sola visión atemorizaba a los niños del barrio.
El miedo era tal que los padres amenazaban a los pequeños más traviesos con encerrarlos en el «corral del ataúd» si no se portaban bien.
Y así, aquel paraje se quedó con el nombre de calle del Ataúd, un topónimo que permaneció hasta que el ataúd dejó de utilizarse por la construcción del cementerio general extramuros a principios del siglo XIX.
Pero si la calle del Ataúd ya era siniestra, la que le era colindante era aún peor.
Porque la actual travesía de los Trujillos enlazaba con la calle Trujillos, que antaño se llamabacalle de los Muertos.
Sobre el origen de este último nombre, la tradición oral recoge tres versiones, cada una más macabra que la anterior.
Una de ellas cuenta que en esa calle vivieron dos madrileños que participaron en la guerra contra los musulmanes de Granada en tiempos de los Reyes Católicos.
Al correr la noticia de que ambos habían muerto en combate, sus familias lloraron su pérdida durante largo tiempo.
Sin embargo, mucho después, los dos hombres regresaron sanos y salvos a sus casas.
El asombro y el miedo de los vecinos fue tal que a partir de entonces los apodaron «los Muertos», y por extensión su calle pasó a llamarse de los Muertos.
Otra versión, menos terrorífica pero igual de curiosa, sostiene que «Muertos» era simplemente el apellido de una ilustre familia madrileña que tenía allí su casa solariega.
Pero la tercera es, sin duda, la más aterradora.
Según esta tradición, en tiempos de una gran epidemia que asoló Madrid, los cementerios y los atrios de las iglesias se llenaron por completo y no pudieron albergar más cadáveres.
Las autoridades, desesperadas, cercaron un terreno en esa calle para depositar los cuerpos insepultos, que quedaban a la intemperie, pudriéndose bajo el sol y la lluvia.
El hedor era insoportable, y los vecinos evitaban pasar por allí, convencidos de que las almas de aquellos muertos sin sepultura vagaban por la noche reclamando un entierro digno.
Y así, la calle se ganó su nombre con sangre y sufrimiento.
No es difícil imaginar a los niños del viejo Madrid corriendo a esconderse bajo las sábanas cuando sus padres les hablaban del corral del ataúd y de la calle de los Muertos.
Y aunque hoy el callejero haya cambiado y esos nombres ya no figuren en los mapas, los vecinos más ancianos de la zona todavía recuerdan las historias que les contaban sus abuelos sobre aquel féretro de caridad que aterrorizaba a los pobres y sobre los muertos que, según se decía, aún vagaban por las noches buscando la paz que nunca encontraron.
Hoy, al pasar por la travesía de los Trujillos, apenas unos pasos separan al caminante de lo que fue un día el epicentro del miedo a la muerte más humillante y al olvido eterno.
Porque en Madrid, hasta las calles más escondidas han sido testigos de siglos de penuria y superstición, y algunos nombres, aunque hayan desaparecido del callejero, siguen vivos en la memoria de quienes saben que, bajo el asfalto, aún yace el eco de un ataúd que nunca dejó de recorrer el barrio.