Leyenda 30.
El dragón de Guadarrama, la sierpe dormida entre las dos Castillas
"Buscó la fuente de la eterna juventud, bebió de sus aguas y quedó petrificado. Su lomo es la sierra, sus garras son los riscos, y aún espera despertar."— Romance de la Sierra de Guadarrama
E n toda la sierra que separa Madrid de Segovia existe una historia que los pastores y lugareños cuentan desde tiempos inmemoriales, un relato de origen pagano que cristaliza en la geología misma y que la tradición oral ha mantenido vivo durante generaciones.
Hablamos del dragón de Guadarrama, una sierpe alada de proporciones colosales que, según la leyenda, eligió la cuerda montañosa que hoy conocemos como Siete Picos para echarse a dormir, y allí permanece petrificada desde antes de que el ser humano pisara estas tierras, su lomo escamoso convertido en la cresta granítica que separa las dos mesetas.
La leyenda, recogida por investigadores del folclore y transmitida por los ancianos de la sierra, sitúa el origen del mito en una época anterior incluso a la formación de los continentes tal y como los entendemos hoy.
Según esta tradición, un dragón de enormes dimensiones recorrió el mundo en busca de la fuente de la eterna juventud, una fuente mágica cuyas aguas prometían la vida perpetua y cuyo escondite se hallaba en algún lugar remoto de la Península.
Cansado tras siglos de vuelo, la bestia sobrevoló la sierra de Guadarrama y, cautivado por la belleza del paisaje, decidió posarse para descansar.
Allí, sobre el lugar que hoy se conoce como la cuerda deSiete Picos, el dragón arqueó su enorme lomo y, acurrucado entre los valles, quedó dormido para siempre.
El sueño fue eterno, y con el paso de los milenios la ropa y la carne del animal se fundieron con la piedra, y su columna vertebral se transformó en la inconfundible crestería que los montañeros reconocen al instante.
Lo que hace especialmente singular esta leyenda dentro del folclore madrileño es que no es una invención erudita nacida en los libros, sino una tradición viva que ha sido recogida por múltiples investigadores durante las últimas décadas.
La tradición oral, que rara vez se ocupa de explicar formaciones geológicas de esta magnitud, ha querido ver en la sinuosa silueta de Siete Picos la forma de un dragón tumbado, con la cabeza apoyada en una ladera y la cola extendida hacia el otro extremo de la sierra.
En los romances y las consejas que han llegado hasta nuestros días, se menciona que el dragón eligió aquel lugar privilegiado para custodiar un secreto: la entrada a una cueva encantada donde mora una princesa mora, la Encantada, que aguarda a ser despertada por un caballero valiente.
La tradición diferencia entre dos grandes familias de dragones, los orientales benéficos y los occidentales maléficos, y el de Guadarrama pertenece a la segunda categoría, una sierpe terrestre de las que despertaban el terror atávico en los pobladores medievales.
Sin embargo, a diferencia de otras criaturas que aterrorizaban a los viajeros, este dragón nunca causó daño alguno a los serranos, pues ya estaba petrificado cuando los primeros hombres se asentaron en el valle.
La leyenda, por tanto, no es un relato de terror sino de asombro, una forma primitiva de explicar el origen de la montaña a partir de la observación de sus formas caprichosas.
Los pastores que llevaban sus rebaños a pastar a las faldas de la Peñota y el Montón de Trigo señalaban a sus hijos la silueta del animal y les contaban la historia del fuego que un día brotó de sus fauces, y de cómo al extinguirse las llamas dejaron paso a la piedra y la vegetación.
En los últimos años, la leyenda del dragón de Guadarrama ha experimentado un renovado interés por parte de senderistas y montañeros, que recorren las rutas que bordean Siete Picos, Bola del Mundo y la Maliciosa buscando la perspectiva desde la que mejor se aprecia la forma del animal dormido.
No faltan quienes, al atardecer, cuando las sombras alargan los perfiles y el sol tiñe el granito de tonos rojizos, afirman percibir la silueta de un ojo que se cierra o la curva de una garra que se asoma entre los riscos, y recuerdan entonces aquella vieja historia que tanto despreciaban en su infancia y que ahora, con la edad, les parece cargada de una sabiduría milenaria.
La leyenda del dragón de Guadarrama es así un ser peculiar dentro de este bestiario: ni alma en pena, ni bruja ni duende, sino un animal mitológico que se confunde con la propia geografía de Madrid.
Su presencia no se manifiesta en forma de aparición fantasmal ni de lamentos en la noche, sino en la forma de las montañas que cualquier conductor de la AP-6 puede contemplar a diario.
Porque en esta región, hasta las piedras tienen memoria, y la de Siete Picos es la memoria de un dragón que un día voló los cielos de la sierra, se tumbó a descansar y ya nunca despertó.
Y mientras el viento silbe entre sus crestas de granito, el dragón seguirá durmiendo, encapsulado en la roca y en el recuerdo de quienes miran la montaña y saben que, en el fondo, no es una montaña, sino el lomo de una bestia fabulosa que espera, quizás, a que alguien se acerque lo suficiente para escuchar el rumor de su respiración pétrea.