Seres de leyendas de Madrid Leyenda 29.
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Leyenda 29.

La Maliciosa, la bruja que incendió la montaña

"Envidiosos la siguieron, ella se enfureció, y el vergel se convirtió en ceniza. La montaña quedó pelada, y su nombre, maldito."— Tradición oral de Cercedilla

La historia, transmitida de padres a hijos en los pueblos del noroeste de la Comunidad de Madrid, nos sitúa en una época indeterminada, quizás en los años en que la Inquisición aún perseguía a las hechiceras por los valles de la sierra.

En el municipio de Cercedilla, entre las casas bajas y las chimeneas humeantes, habitaba una anciana de aspecto inquietante a la que todos conocían como «La Maligna».

Su conducta, extraña y esquiva, había despertado las sospechas de los lugareños, que la observaban de rezo cuando cruzaba la plaza o se adentraba sola en el bosque al anochecer.

Pero lo más desconcertante era su relación con la montaña.

Según el rumor popular, en lo más alto del pico existía un jardín secreto, una huerta espléndida con abundante agua y frutos exóticos, un oasis al que nadie sabía cómo acceder.

Pero la vieja, sí. Ella, y solo ella, era capaz de ascender la escarpada ladera sin esfuerzo, como si sus poderes sobrenaturales la alzaran por encima de las rocas y los riscos.

Los vecinos, consumidos por la envidia y el miedo a partes iguales, decidieron seguirla en secreto para desentrañar sus ritos.

Una mañana, ocultos entre las encinas, la vieron ascender con paso firme, y se lanzaron tras ella, decididos a descubrir qué clase de ritos paganos practicaba en el jardín encantado.

Pero la astuta anciana, que no era tan ingenua como los aldeanos creían, se percató rápidamente de que la estaban siguiendo.

Entonces, en lugar de huir, se detuvo en seco y montó en cólera.

Su rostro demacrado se contrajo en una mueca de furia, y sus ojos, según cuentan las crónicas orales, se encendieron como dos brasas.

Invocando a los poderes más oscuros, lanzó una maldición que hizo temblar la tierra y prendió fuego al vergel entero.

Las llamas, avivadas por el viento de la sierra, descendieron ladera abajo arrasando todo a su paso: árboles, matorrales, animales, y, según las versiones más trágicas, también a los curiosos que osaron perseguirla.

Cuando el incendio se extinguió, la montaña había quedado convertida casi en ceniza.

El jardín secreto, con sus frutas y su manantial, había desaparecido para siempre, y en su lugar solo quedaban rocas peladas y ceniza.

La anciana, consumida por su propia magia o víctima de su propia maldición, nunca volvió a ser vista en Cercedilla.

Algunos afirman que pereció en el fuego que ella misma había provocado; otros, más piadosos, sostienen que logró huir a otra sierra, donde aún hoy sigue aterrorizando a los incautos.

Pero la tradición oral fue tajante en un punto: aquella montaña, otrora verde y fértil, nunca más volvería a cubrirse de vegetación.

Y en recuerdo de la maldición y de la maldad de aquella mujer, se decidió bautizarla con el nombre de La Maliciosa.

Hoy, el pico de La Maliciosa, situado entre La Pedriza y el valle de la Barranca, es uno de los destinos favoritos de los senderistas y montañeros de la Comunidad de Madrid.

Miles de personas ascienden cada año sus laderas para disfrutar de las vistas de la sierra y del embalse de Santillana.

Pero los más veteranos del lugar, esos que aún conservan la memoria de las historias que les contaban sus abuelos, saben que en las noches de viento, cuando las nubes rasgan las cumbres, aún puede oírse el eco de una risa maligna, la risa de aquella bruja que prefirió incendiar su paraíso antes que compartirlo con los mortales.

Y si la niebla es espesa, algunos aseguran haber visto, entre los neveros y los riscos, la silueta de una anciana que, con paso acompasado, asciende hacia la cima por un sendero que ningún cartógrafo ha marcado en sus mapas.

La Maliciosa es así una de esas leyendas en las que la geografía y la tradición oral se funden para crear un ser inmortal: la bruja que da nombre a una montaña.

Porque aunque la anciana pereciera hace siglos, su recuerdo sigue vivo en cada piedra, en cada sendero, en cada ventisca que azota la cumbre.

Y quien se atreva a escalar sus laderas al atardecer, cuando el sol se oculta tras la sierra y las sombras se alargan, haría bien en no mirar atrás.

Porque quizás, tras él, dos ojos de fuego lo observan desde la oscuridad, recordándole que, en el Madrid más salvaje, las brujas nunca mueren del todo, sino que se convierten en montañas y en leyendas que el viento se encarga de no dejar olvidar.