Leyenda 28.
Fausto, el ángel trompetero del cementerio de la Almudena
"Quien oiga la trompeta de Fausto en la noche, que se encomiende a la Virgen, porque sus días están contados."— Advertencia de los enterradores del cementerio de la Almudena
C ambiamos de tercio y nos adentramos en el mayor camposanto de Europa, el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, un lugar que alberga más muertos que vivos tiene la propia capital.
Y en medio de sus panteones y sus avenidas interminables, presidiendo la entrada, se alza una figura de piedra que ha helado la sangre de generaciones de madrileños.
Hablamos de Fausto, el ángel de la muerte, un ser legendario que, según la tradición más arraigada entre los vecinos de la zona, anuncia con su trompeta la llegada del fin para aquellos que tienen la desgracia de escucharla.
El ángel Fausto no es un espectro al uso, ni un alma en pena que vaga por los pasillos de un palacio, sino una escultura de bronce que corona la cúpula de la capilla del cementerio, obra del escultor Francisco Bellver en la segunda mitad del siglo XIX.
Representa a un ángel sentado, con la cabeza ligeramente inclinada y una trompeta apoyada entre sus piernas, en actitud de quien aguarda el momento preciso para cumplir con su cometido.
Nada más y nada menos. Porque cuando ese ángel de piedra alza su instrumento y hace sonar la llamada, quien la oye sabe que sus días están contados.
La leyenda, transmitida de boca en boca por los trabajadores del camposanto y los vecinos de la zona, afirma que Fausto toca su trompeta en las noches más cerradas, cuando la niebla se adhiere a las tumbas y el silencio solo se rompe por el crujir de las ramas de los cipreses.
No todos pueden oírlo, solo aquellos que están destinados a morir en un breve plazo de tiempo.
El sonido, se dice, es apenas un susurro, un soplo apenas perceptible que a veces se confunde con el viento y otras veces resuena con una nitidez aterradora, como si el ángel estuviera sentado al lado del oído del futuro difunto.
Quien escucha la trompeta sabe que le quedan pocos días; quien la oye tres veces seguidas, según las versiones más extremas, muere en el acto.
La tradición oral ha ido alimentando esta leyenda con el paso de los años, hasta convertir a Fausto en el ser legendario más emblemático del cementerio de la Almudena.
Los trabajadores del camposanto aseguran que en sus rondas nocturnas han oído en más de una ocasión un extraño sonido metálico que parece provenir de la cúpula, aunque al levantar la vista la escultura sigue allí, inmóvil, con su trompeta aún apoyada entre las piernas.
Los taxistas que recogen viajeros a altas horas de la madrugada en las inmediaciones evitan mirar hacia la estatua, y los vecinos de la zona, especialmente los más ancianos, aún recuerdan las advertencias de sus abuelos: «Si pasas por delante del cementerio de noche, no levantes la vista hacia el ángel; y si oyes la trompeta, corre a encomendarte a la Virgen, porque no te queda mucho tiempo en este mundo».
Pero la leyenda de Fausto, como casi todas las que pueblan este libro, tiene una base real. La estatua existe, está ahí, en lo alto de la capilla.
El hecho de que la escultura represente a un ángel del Apocalipsis, de esos que anuncian el fin de los tiempos con sus trompetas, ha contribuido a asentar la idea de que no es una simple decoración, sino un auténtico vigía de la muerte, un centinela de la necrópolis que anuncia la llegada de nuevos inquilinos a los panteones y las fosas.
Hoy, el ángel Fausto se ha convertido en una atracción más para los curiosos y los amantes del misterio que se acercan al cementerio en busca de emociones fuertes.
Las visitas guiadas nocturnas al camposanto incluyen siempre una parada frente a la estatua, donde el guía cuenta la leyenda a los asistentes y estos aguzan el oído, temiendo y anhelando a la vez escuchar aquel sonido metálico que anunciaría su propio final.
La mayoría no oye nada, claro, y regresan a sus casas con un escalofrío en la espalda y la sensación de haber rozado el más allá.
Pero algunos, según aseguran las crónicas, han regresado con la certeza de haber percibido algo: un leve rumor, un zumbido casi inaudible, como el eco de una trompeta que viene de muy lejos y al mismo tiempo resuena dentro de la cabeza.
Y a esos, dicen, jamás se les olvida, y evitan pasar de nuevo por las inmediaciones del cementerio cuando el sol se ha ocultado.
Fausto es, en definitiva, un ser de leyenda moderno, pero con raíces profundas en la tradición oral madrileña, un ángel de piedra que se ha convertido en mensajero de la muerte y que sigue velando, noche tras noche, por el eterno descanso de los que ya no están y por la salud, más precaria de lo que creen, de los que aún pasean entre los vivos.
Porque en Madrid, hasta las estatuas tienen algo que decir, y Fausto, con su trompeta callada, lo dice todo.