Seres de leyendas de Madrid Leyenda 26.
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Leyenda 26.

El diablo cojuelo, el espectro travieso que levantaba los tejados del viejo Madrid

S i la capital española es hoy una ciudad donde, a menudo, ocurren historias extraordinarias en los lugares más insospechados, el germen de esa impronta se remonta al siglo XVII.

Por aquel entonces, cuando los madrileños iban a misa y los oficios y aprendices poblaban las calles, existía un ser legendario que habitaba en lo más alto.

No se trataba de una dama blanca, ni de un espectro que imploraba justicia desde una casa abandonada.

La torre de la iglesia de San Salvador era una de las más altas de la Corte. Tan alta, que la llamaban “la atalaya de la Villa”. Los campanarios y el reloj que coronaban el edificio pertenecían al Ayuntamiento, y ofrecían una vista inmejorable de todo el Madrid de los Austrias.

De su altura solo podía presumir el viejo alcázar de los Austrias, hoy desaparecido. Pero aquella torre, además de una estampa familiar para los vecinos, fue para el escritor el escenario donde situó las andanzas de un diablo muy especial.

El diablo cojuelo era, según las leyendas populares, el más travieso de todos los infiernos.

Se contaba que había sido uno de los primeros ángeles en rebelarse contra Dios y que, en su caída, había sido aplastado por todos los demás demonios cuando estos descendían tras él.

De aquella catastrófica llegada al infierno le quedó una cojera que lo acompañaba para siempre.

Pero lejos de ser un ser puramente aterrador, este demonio era un ser jocoso y satírico, un maestro en el arte de engañar y un experto en descubrir las vergüenzas ajenas.

Según narra la leyenda, un joven hidalgo llamado Cleofás, que huía de la justicia por una cuestión de faldas, se refugió en una buhardilla donde un astrólogo tenía encerrado a este demonio en una redoma.

Al liberarlo, el diablo, en agradecimiento, decidió llevarle a volar sobre la ciudad.

Juntos, y con ayuda de la magia, el diablo cojuelo y Cleofás alzaron el vuelo desde la torre de San Salvador y se dedicaron a levantar los techos de las casas de Madrid para asomarse a la intimidad de sus habitantes.

Fue entonces cuando el demonio, como guía de aquel singular viaje, fue mostrando a Cleofás todas las miserias, los amores secretos, los engaños y las hipocresías que se ocultaban en los hogares del viejo Madrid, desde las viviendas más humildes hasta los palacios de los nobles.

El diablo cojuelo, por tanto, no tardó en convertirse en un ser malicioso, pero también útil para desvelar lo que la sociedad pretendía callar.

En la literatura y en la tradición oral que le siguió, este personaje se convirtió en una suerte de abogado de los amores prohibidos y en un testigo insobornable de la vida cotidiana.

Su imagen quedó grabada en el imaginario popular y dio pie a innumerables consejas sobre cómo la apariencia podía engañar al más avispado.

El demonio, a menudo representado como un ser pequeño y renqueante, era al mismo tiempo un símbolo de la risa y de la burla, un pícaro que recordaba a los madrileños que nadie está libre de pecado.

La torre de San Salvador desapareció en el siglo XIX, pero el recuerdo del diablo cojuelo ha quedado para siempre asociado a la antigua iglesia, que durante siglos fue uno de los puntos más altos de Madrid.

Cuentan los cronistas que su leyenda se mantuvo viva entre los chisperos y manolos de antaño, y que todavía hoy, en los callejones que rodean la calle Mayor, algún trasnochador afirma haber sentido la presencia de una risa extraña que parece desvanecerse entre los tejados, como si aquel diablo cojo todavía levantara las tejas de las casas para espiar los secretos de la capital.