Leyenda 23.
El espectro bondadoso de la plaza de Santa Ana
Q ue Madrid es una ciudad con un corazón tan palpitante como misterioso lo sabe cualquiera que se atreva a caminar por sus plazas más céntricas cuando el sol se ha ocultado.
Pero pocos lugares reúnen tanta memoria, tragedia y fantasmas como la Plaza de Santa Ana, ese espacio abierto que une los barrios de Cortes y las Letras, y que antes de convertirse en el bullicioso punto de encuentro de actores, turistas y tertulianos fue el escenario de una tragedia que aún hoy se recuerda con un escalofrío.
Pero, además, este lugar fue el hogar, si así puede llamarse, de uno de los espectros más bondadosos y olvidados de la capital, una sombra que confraternizó con los vecinos durante años hasta que un terrible suceso cambió su naturaleza para siempre.
La historia de este fantasma se remonta a mucho antes del incendio que asolaría el coliseo Novedades, cuando la plaza aún conservaba la fisonomía original que le diera el urbanista al servicio de José Bonaparte.
Cuentan las crónicas que, desde tiempos inmemoriales, los vecinos de la zona estaban acostumbrados a la presencia de un ser de ultratumba que paseaba por los soportales y las aceras, pero que a diferencia de otros espíritus que pueblan estas páginas, este era de naturaleza afable, bondadosa y nada amigo de espectacularidades siniestras.
Había elegido aquella plaza como su lugar de residencia perpetua y, aunque no faltaban quienes aseguraban haberlo visto y haber sentido un inexplicable frescor a su paso, el fantasma era aceptado por los lugareños como un vecino más, un habitante del barrio que no causaba ningún mal y que parecía vivir en una pacífica convivencia con el resto de los mortales.
Pero llegó el fatídico 25 de septiembre de 1928 y todo cambió para siempre.
Aquel domingo por la noche, el Teatro Novedades, un coliseo popular situado en la calle de Toledo, junto a la plaza de Santa Ana, se llenó de espectadores que acudían a ver la zarzuela «La mejor del puerto».
Sobre las nueve, mientras la obra se representaba en el escenario, un humo espeso comenzó a ascender desde las bambalinas.
El fuego, que se originó en una bombilla que entró en contacto con una cortina, se extendió con tal rapidez que el pánico cundió entre los asistentes.
La gente se abalanzó hacia la única salida practicable, una escalera estrecha que pronto se convertiría en una trampa mortal.
El resultado fue una de las mayores tragedias de la historia de Madrid: más de un centenar de muertos y ciento cincuenta heridos, en su mayoría por aplastamiento y asfixia.
A partir de aquella noche, los vecinos que hasta entonces habían convivido pacíficamente con aquel fantasma bondadoso comenzaron a notar un cambio estremecedor en el ambiente de la plaza.
El espíritu que antes se paseaba sin hacer daño a nadie se transformó, según el rumor popular, en un espectro mucho más lúgubre y desgarrador.
Las crónicas de la época recogidas por periódicos como ABC aseguran que, a partir del incendio, todas las noches se manifestaba un espíritu acompañado de los desgarradores gritos de los jóvenes y mayores que perecieron en las llamas y en la estampida de la llamada «escalera trágica».
El fantasma de la plaza de Santa Ana, que hasta entonces apenas si se dejaba ver, empezó a ser testigo de una procesión interminable de almas en pena que, noche tras noche, revivían el horror de aquel domingo de septiembre.
Lo más curioso de esta leyenda es que el Teatro Novedades nunca volvió a abrir sus puertas. A pesar de los intentos de reconstrucción, el edificio permaneció clausurado durante décadas hasta que finalmente fue demolido.
Hoy, en el lugar donde se alzaba el coliseo, se levanta un hotel, pero los trabajadores de la zona y los vecinos más ancianos del barrio aseguran que en las madrugadas más silenciosas todavía puede escucharse el eco de los pasos de aquel espectro original, el bondadoso fantasma que una vez convivió con los mortales, y que ahora, mezclado con los lamentos de los fallecidos, recorre la plaza en busca de una paz que tal vez nunca encontrará.
El espectro de la Plaza de Santa Ana es así un ser de leyenda que nos habla de cómo la muerte y la desgracia pueden transformar incluso el más inocente de los aparecidos.
Su historia, documentada en los periódicos de la época y en la tradición oral del barrio de las Letras, merece un lugar en este libro como recordatorio de que, en Madrid, la memoria de las tragedias nunca se borra del todo, y que los fantasmas, aunque a veces sean bondadosos, nunca son indiferentes al dolor que los rodea.
Quien se siente en una de las terrazas de la Plaza de Santa Ana a altas horas de la madrugada y observe los edificios que la rodean, quizás sienta un escalofrío inexplicable al recordar que, en aquel mismo lugar, hace casi un siglo, un centenar de almas perdieron la vida, y que una de ellas, la más antigua, aún deambula entre las sombras, mezclando su propia pena con la de aquellos que no pudieron escapar de las llamas.
Y si el viento sopla en la dirección adecuada, tal vez alcance a oír, entre el bullicio de las risas y las copas, un leve lamento que le susurrará que, en la Plaza de Santa Ana, los espíritus nunca descansan en paz.