Seres de leyendas de Madrid Leyenda 22
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Leyenda 22

La joven Almudena y la calle del Soldado

"Amor no correspondido, espada y cabeza cercenada. El soldado pagó en la horca, pero su nombre quedó en la calle."— Tradición oral de la calle de Barbieri (antigua calle del Soldado)

El militar, cuyo nombre la tradición oral no se ha molestado en recordar y al que la piedad popular ha reducido a la simple condición de “el soldado”, la perseguía a todas partes.

La aguardaba a la salida de misa, la seguía por las calles adyacentes, y llegaba incluso a enviarle cartas de amor y toda suerte de requiebros que la moza, fiel a su vocación religiosa, rechazaba una y otra vez con educación pero con firmeza.

Pero el acoso, lejos de cesar, se fue haciendo más y más intenso.

El hombre, ciego de celos y de ira, no podía entender que una mujer pudiera preferir a Cristo antes que a él, un brillante oficial condecorado en Flandes y pretendiente de muchas de las doncellas más codiciadas de la corte.

Cansado de tantas negativas, el soldado comenzó a tramar una venganza tan atroz que aún hoy, después de más de cuatro siglos, hiela la sangre de quien la escucha. Una mañana, al salir Almudena del templo del Caballero de Gracia, el militar la abordó por última vez.

Al volver a recibir la negativa de la joven, la tomó del brazo con violencia, la condujo a empujones hasta un lugar apartado y, sin mediar más palabra, la asesinó con un solo tajo de su espada de combate.

Pero no contento con haber segado su vida, el soldado decapitó el cadáver y, tomando la cabeza ensangrentada de la joven entre sus manos, se encaminó hacia el convento donde Almudena había solicitado su ingreso.

Allí, con una desfachatez y una perversión solo propias de un demente, entregó el macabro fardo a la madre superiora, pronunciando con sorna estas aterradoras palabras: «Madre, aquí tiene a Almudena».

El espanto cundió entre las monjas, que no daban crédito a lo que sus ojos veían.

La madre superiora, tras reponerse del primer impacto, ordenó a las hermanas que avisaran a la justicia.

Los alguaciles no tardaron en dar alcance al militar, que ni siquiera había intentado huir, tan convencido estaba de que su condición nobiliaria lo libraría de cualquier condena.

Sin embargo, la saña del crimen y las presiones del clero y del propio pueblo de Madrid, indignado y aterrorizado a partes iguales, llevaron a que el soldado fuera juzgado con celeridad y condenado a morir en la horca en la Plaza Mayor, un castigo ejemplar que la tradición oral se encargó de magnificar con el paso de los años.

Pero lo más sobrecogedor de esta historia es que, al parecer, ni la ejecución del asesino logró apaciguar a la víctima.

Contaban las malas lenguas que, en las noches de luna nueva, la sombra de una joven decapitada, con el cuello chorreante de sangre y el rostro desencajado por el horror, vagaba por los alrededores del Oratorio del Caballero de Gracia, buscando en vano la cabeza que le habían arrancado para volver a colocarla sobre sus hombros.

Los vecinos, presos del pánico, colgaron imágenes de santos en los balcones y las puertas de sus casas, algo muy habitual cuando había fama de sucesos del estilo y algunos incluso llegaron a cambiar de domicilio para no tener que soportar aquellas apariciones que, según aseguraban, iban acompañadas de unos lamentos desgarradores e inconfundibles.

La tradición oral, que con el tiempo fue limando los aspectos más truculentos del relato, ha conservado la memoria de este crimen en forma de una leyenda que también se relaciona con el nombre de una calle muy próxima al oratorio, la calle de la Cabeza (aunque esta última, como ya vimos en entregas anteriores, tiene su propio origen truculento vinculado a un cura decapitado).

Lo que parece claro es que la historia de la joven Almudena y el soldado obsesionado ha pervivido durante siglos en el imaginario colectivo del barrio como un recordatorio de que el amor no correspondido, cuando se convierte en obsesión, puede llevar a los crímenes más atroces y condenar a sus protagonistas a una eternidad de sufrimiento y penitencia.

Hoy, si uno pasea por la calle del Caballero de Gracia y levanta la vista hacia el número 5, encontrará el oratorio donde la joven Almudena acudía a rezar cada día, un templo que aún conserva su fachada original del siglo XVIII y que guarda entre sus muros el eco de aquel crimen atroz.

Los vecinos más ancianos del barrio, que aún conservan el recuerdo transmitido por sus abuelos y bisabuelos, aseguran que en las noches más cerradas todavía puede oírse el lamento de una mujer que vaga entre la iglesia y la calle de la Cabeza, reclamando la justicia que, aunque se hizo efectiva sobre su verdugo, nunca le devolvió la vida ni la paz eterna.

Porque en Madrid, como ya hemos comprobado en otras entregas, las piedras guardan memoria de los crímenes que la historia oficial ha preferido olvidar, y la sombra de Almudena, decapitada por un amor que no era el suyo, sigue siendo uno de esos ecos que, por más siglos que pasen, nunca terminan de apagarse del todo.