Leyenda 21
El fantasma del cura de la calle Ayala y la casa de citas
Al no encontrar ninguna explicación científica, los rumores comenzaron a tejer la leyenda. Pronto se supo que aquel edificio había funcionado, en un tiempo no tan lejano, como un prostíbulo y que su clientela era de lo más selecta de la alta sociedad madrileña.
La creencia popular que echó raíces fue que allí había fallecido un sacerdote (u obispo, en las versiones más extendidas) mientras recibía los servicios de una trabajadora sexual. El fatal desenlace, tan carnal como poco edificante para su hábito, se convirtió entonces en el origen del mal.
El fantasma del cura vicioso comenzó a pasearse por los pasillos, según los vecinos, manifestándose con furia cada noche.
Pero la leyenda no solo se ciñe al clérigo malogrado.
Otras variantes de la historia apuntan a que también en el lugar fallecieron dos prostitutas en extrañas circunstancias, y que son ellas quienes, con su eterna ronda, justifican los escalofriantes ruidos.
El colapso definitivo se produjo en la segunda mitad de la década. El edificio se quedó prácticamente vacío por la inquietud y el miedo de los moradores y también de la finca colindante (el número 126). La prensa, la radio y la televisión se hicieron eco del insólito caso.
Las investigaciones no dieron con ningún responsable tangible, pero la explicación más repetida trascendió a los medios: el alma en pena del cura pecador no encontraba descanso y estaba condenado a repetir eternamente los lamentos de su muerte.
El punto exacto de la calle Ayala incluso ganó el apodo de “la calle de los horrores” y el edificio del 124 se convirtió en una parada obligada para los curiosos del misterio madrileño.
Con los años, el edificio se rehabilitó para oficinas y el fenómeno cesó, quizás porque ya no quedan vecinos por la noche que puedan escucharlo.
Para los madrileños, el 124 de la calle Ayala sigue siendo uno de los casos de poltergeist más famosos de la ciudad.
El fantasma del cura y la casa de citas es el ejemplo perfecto de cómo la tradición oral del siglo XX logró transformar un edificio anodino en un ser legendario más del Madrid castizo, un recordatorio de que el pecado, el lujo y el terror pueden habitar bajo el mismo techo.