Leyenda 17
María Mola, la Agorera que aterrorizó la calle Núñez de Arce
"En la calle de la Gorguera, donde la Agorera hechizaba, aún se siente su risa cuando la luna se oculta."— Dicho del barrio de las Letras
E l callejero de Madrid guarda rincones donde el eco de los viejos maleficios parece haberse quedado atrapado entre las grietas de la piedra.
Uno de esos lugares es la actual calle Núñez de Arce, una vía que antes de rendir homenaje al poeta decimonónico fue testigo del pánico silencioso que inspiraba una sola mujer.
La llamaban María Mola, «la Agorera», y su nombre se pronunciaba en voz baja, como quien menciona al demonio, mientras los dedos dibujaban una cruz invisible en el aire.
La historia de María Mola no comenzó en las bulliciosas callejuelas de la corte fortificada, sino en las tierras frías de Burgos.
Fue allí, en las primeras décadas del siglo XVI, donde una joven María comenzó a granjearse una fama oscura.
Poseedora de unos ojos del color del azabache que parecían leer las desdichas ajenas antes de que estas ocurrieran, la muchacha no tardó en llamar la atención de las autoridades eclesiásticas.
Tras un proceso menor por prácticas de hechicería y herboristería prohibida en la capital burgalesa —del que logró salir bien librada gracias a su astucia y a la falta de pruebas concluyentes—, María comprendió que si quería sobrevivir y medrar con sus artes negras debía camuflarse en el anonimato de una gran urbe.
Y no había mejor océano de almas para esconderse que el Madrid de Felipe II, una villa en plena ebullición que acababa de convertirse en el corazón del Imperio hispánico.
A finales del siglo XVI, María Mola ya se había instalado firmemente en una modesta casa de vecindad de la calle que hoy nos ocupa.
Para los ojos del vecindario, era una anciana solitaria que subsistía gracias a la costura y a la venta de ungüentos caseros; para quienes buscaban remedio a males del alma o venganzas de amor, era la agorera más poderosa de la villa.
Se decía de ella que no solo conocía el secreto de las plantas venenosas que crecían en los baldíos del Manzanares, sino que poseía el don de la clarividencia maldita.
Su especialidad era el mal de ojo y la profecía de la desgracia: bastaba con que María Mola mirara fijamente a un recién nacido o susurrara al paso de un enemigo para que la desgracia cayera sobre esa casa en forma de enfermedad, ruina o muerte súbita.
El terror que infundía entre los vecinos del barrio era tal que nadie se atrevía a denunciarla, temiendo que su último aliento antes de ser prendida fuera una maldición eterna sobre sus linajes.
Durante años, la Agorera operó en las sombras, tejiendo una red de favores, miedos y secretos que alcanzaba incluso a nobles de alta alcurnia que acudían a su portal embozados en la noche.
Sin embargo, el tiempo de la impunidad criminal tiene un límite, e incluso las sombras más densas terminan por disiparse ante la implacable maquinaria del Santo Oficio.
A principios del siglo XVII, bajo el reinado de Felipe III, la Inquisición estrechó el cerco sobre las prácticas heréticas de la villa.
Una acumulación de testimonios desesperados de madres que habían perdido a sus hijos y de nobles caídos en desgracia venció al fin el muro de silencio que protegía a la anciana.
La mañana en que los familiares del Santo Oficio derribaron la puerta de su casa en la calle Núñez de Arce, hallaron un auténtico laboratorio de la infamia: frascos con pócimas extrañas, figuras de cera claveteadas con agujas y grimorios escritos en lenguas incomprensibles.
El destino de María Mola estaba sellado. Tras un largo y tortuoso proceso en las cárceles secretas, donde ni la tortura ni el aislamiento lograron que mostrara un ápice de arrepentimiento, la Agorera fue condenada a la pena máxima.
Su final se convirtió en un espectáculo de masas en una fecha clave para la villa: la gran inauguración de la Plaza Mayor de Madrid, en los primeros años de la década de 1620, bajo el nuevo y fastuoso reinado de Felipe IV.
En mitad de un imponente Auto de Fe que congregó a miles de madrileños, la anciana, vestida con el sambenito de los condenados y el coroza apuntando al cielo, fue conducida hasta el centro de la plaza.
La leyenda cuenta que, mientras las llamas de la pira comenzaban a lamer sus vestiduras, María Mola no gritó de dolor; en su lugar, alzó la mirada hacia la multitud y soltó una carcajada estridente y seca que acalló los rezos de los frailes.
Dicen las crónicas populares que sus últimas palabras fueron una profecía de fuego y ceniza para la plaza que la veía morir, un augurio maldito que muchos creyeron cumplido cuando, décadas después, los grandes incendios devoraron el histórico recinto en repetidas ocasiones.