Seres de leyendas de Madrid Leyenda 18
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Leyenda 18

El Cocherito de Begoña, el semáforo maldito

"En el semáforo de la Dehesa, si la noche es cerrada, una carroza de fuego cruza sin hacer ruido. El cocherito aún busca el camino que perdió."— Testimonio de vecinos de la Florida

H asta ahora, Madrid nos ha regalado duelos de espadas, reinas errantes y duendes revoltosos. Pero nuestra geografía legendaria también es escenario de relatos más modernos y castizos, nacidos al cobijo del asfalto y de la recién estrenada luz eléctrica.

Hablamos de don Manuel Sánchez, más conocido por todos como “el Cocherito de Begoña”, un popular cochero de punto que a principios del siglo XX sembró el terror entre los vecinos de la Dehesa de la Villa y que, según la tradición oral, aún sigue al volante de su carruaje fantasma.

Pero antes de nada, debemos situarnos en el Madrid de 1912, una ciudad que comenzaba a desperezarse entre coches de caballos y los primeros automóviles, y donde la muerte, como ahora, no avisaba antes de llamar a la puerta.

En la calle de Meléndez Valdés, casi en la confluencia con la Avenida de la Memoria frente al cementerio de la Florida, se alzaba una gran mansión que alguien apodó “Villa Javiera”.

Allí residía el señor Manuel Sánchez, el cochero del marqués de Santillana, y con él su esposa Eulogia y sus dos hijos, Luisa y Jesús.

Según los testimonios del lugar, aquellos eran los días de mayor esplendor del cocherito, que gozaba de un gran pasar económico, situación que le permitía enorgullecerse de su fiel caballo "Bravío" y de una preciosa victoria [ un coche ligero de dos ruedas] azabache que tripulaba con gran destreza.

Era tal su éxito y fortuna que en aquel entonces los vecinos del madrileño barrio de La Florida lo envidiaban, una alegría que, según la tradición más extendida, se truncó de la manera más trágica y repentina.

Cuenta la leyenda que don Manuel, cegado por la ambición y el deseo de mantener su estatus, llegó a un oscuro pacto.

Una noche de tormenta, el demonio se le apareció y le ofreció mantener la prosperidad a cambio de su lealtad eterna.

El cocherito, que al principio se resistió, no pudo oponerse al poder de aquella presencia demoniaca, y accedió al acuerdo que sellaría su destino.

Fue entonces cuando, una madrugada de niebla en la que regresaba de cumplir con su cometido, su carruaje se estrelló a gran velocidad contra uno de los muros del cementerio que tenía junto a su propia casa.

Él, su esposa e hijos menores murieron carbonizados en el acto, sus cuerpos quedaron reducidos a ceniza y un reguero de sangre tiñó las frías losas de la calle.

Pero lo peor estaba aún por llegar, pues su alma, atrapada en un contrato infernal y sin suerte, no halló descanso eterno y se quedó atrapada en el lugar del accidente.

A partir de entonces, alrededor del año 1915, los vecinos de la Dehesa de la Villa comenzaron a ver una carroza fantasmal tripulada por una silueta calcinada que circulaba a gran velocidad, envuelta en llamas, por las calles adyacentes al cementerio.

Los rumores sobre apariciones no se hicieron esperar: quienes bajaban la guardia por un instante declaraban haber cruzado su mirada con el espectro de aquel antiguo cochero que aún seguía al volante, condenado a vagar toda la eternidad por su soberbia.

El pánico cundió con tal virulencia que los vecinos llegaron a colocar a escondidas imágenes de vírgenes y santos en la fachada de la mansión, y se cuenta que la policía tuvo que desviar la ruta de los tranvías nocturnos para evitar que los pasajeros se toparan de bruces con el espectro y murieran del susto.

Pero lo más sobrecogedor de todo es que la tradición oral asegura que el fantasma del cocherito de Begoña sigue hoy tan campante en el lugar del siniestro, y que todavía puede vérsele en las noches cerradas, sobre todo cuando las farolas de la ciudad comienzan a parpadear con cierto ritmo fantasmal.

El lugar, una glorieta situada al final de la calle de Meléndez Valdés junto a la Avenida de la Memoria, en la que ya no existe la mansión carbonizada, se conoce popularmente como el“Semáforo del Cocherito”, un punto negro donde muchos conductores aseguran haber notado extrañas interferencias y, cómo no, haber visto en sus retrovisores una figura que, sentada a su lado, parece aún reclamar el puesto de conductor que perdió hace ya más de un siglo.

Incluso se dice que los vecinos de La Florida jamás estacionan sus vehículos en aquella zona durante la noche, y que en la fecha del aniversario del suceso, el 13 de enero, su silueta aún se deja ver en el mismo lugar donde el infortunio se llevó su vida y la de toda su familia.

La leyenda del cocherito de Begoña es, sin duda, uno de los relatos más emblemáticos del Madrid del siglo XX y una demostración flagrante de que los mitos y las leyendas también nacen en las ciudades modernas, al amparo del cemento y la gasolina.

Don Manuel Sánchez, con su carruaje de llamas y su silueta calcinada, nos recuerda que la ambición y la soberbia pueden llevar a los más terribles desenlaces y que, al igual que en los viejos cuentos, los pactos con el diablo siempre se acaban pagando con la condena eterna.

La próxima vez que pases por la confluencia de Meléndez Valdés y la Avenida de la Memoria, no olvides mirar con atención el semáforo y los muros del viejo cementerio.

Quién sabe si, al otro lado, un cochero con el sombrero calado te estará esperando para llevarte, quién sabe a dónde.