Leyenda 16
El fantasma de la calle del Desengaño y el origen de un nombre
"Dos espadas se cruzaron, un velo se alzó, y un rostro sin carne exclamó: ¡Qué desengaño!"— Leyenda popular del Madrid de los Austrias
H emos recorrido palacios, conventos y museos, pero aún no nos hemos detenido a escuchar el susurro de una de esas pequeñas calles que, a espaldas del bullicio de la Gran Vía, conservan el eco más nítido del Madrid más castizo y legendario.
Hablamos de la calle del Desengaño, una vía tan breve en su trazo como intensa en la historia que encierra su propio nombre.
Porque el origen de esa denominación, lejos de ser fruto de la casualidad o de la simple toponimia, nos transporta a una noche del siglo XVI en la que dos caballeros se vieron sorprendidos por una aparición fantasmagórica que los llenó de estupor y que la tradición oral ha conservado hasta nuestros días con todos los visos de una leyenda verificable en el callejero de la villa.
Para entender esta historia debemos trasladarnos al Madrid del siglo XVI, una época de espadachines, duelos y disputas de honor donde el acero dirimía las desavenencias entre los nobles.
En aquel entonces, dos caballeros de reconocido prestigio, el Caballero de Gracia (cuyo nombre aún pervive en otra conocida calle de la capital) y el señor Vespasiano de Gonzaga, se enzarzaron en una violenta pelea cuyas causas el tiempo y el folclore no se han molestado en precisar.
Lo importante para nuestra leyenda es que los dos hombres, con las espadas desenvainadas y dispuestos a arreglar sus diferencias a golpe de acero, se hallaban en mitad de su duelo cuando una visión extraña y perturbadora cruzó su camino.
Cuentan las crónicas orales que, en el momento más álgido de la refriega, una doncella de rostro cubierto por un velo apareció de repente en la escena, perseguida por un zorro.
La escena era tan absurda y sobrenatural que los dos contendientes, olvidando por un instante su enemistad, detuvieron la lucha y decidieron seguir a aquella misteriosa figura.
Persiguieron a la dama hasta dar con ella cerca de una tapia, y fue entonces cuando, al acercarse y levantar el velo que le cubría el rostro, comprobaron con horror que no se trataba de una mujer mortal, sino de un espectro, un ser cuyo rostro ajado y momificado no pertenecía ya a este mundo.
Ante tan pavoroso desengaño, los dos caballeros exclamaron al unísono: «¡Qué desengaño!
», y desde aquella noche, según reza la tradición, la calle quedó bautizada con ese nombre tan sugestivo y castizo.
La leyenda, que ha llegado a nuestros días gracias a la transmisión oral y al carácter pintoresco de los cronistas madrileños, se ha visto reforzada por la propia placa cerámica que aún hoy puede contemplarse en la esquina de esta calle con la de Gran Vía.
En ella se representa a dos caballeros con las espadas desenvainadas, detenidos en seco ante la figura de una dama velada, una imagen que resume gráficamente el contenido de la historia y que invita al viandante a detenerse a recordar el relato de aquella noche en que lo fantástico irrumpió en el corazón del viejo Madrid.
No obstante, y como ocurre con casi todas las leyendas de tradición oral, existen otras versiones que matizan o amplían el relato.
Algunas fuentes, recogidas por investigadores y folcloristas modernos, añaden que la supuesta dama no era un espectro inocente, sino una aparición demoníaca o, según otras interpretaciones, una hechicera condenada por la Inquisición que, incluso después de ejecutada, seguía vagando por las calles de Madrid sembrando el terror entre los nobles y los caballeros.
Sea como fuere, lo cierto es que el nombre de la calle del Desengaño quedó grabado para siempre en el callejero de la ciudad como un recordatorio imborrable de aquella noche en que dos espadachines vieron truncada su pelea por la presencia de un ser espectral que encarnaba el más puro de los desengaños.
Hoy, la calle del Desengaño es una pequeña vía situada tras la Gran Vía, muy cerca de la popular plaza del Callao, y es transitada a diario por miles de madrileños y turistas que, en su mayoría, desconocen la historia que se esconde tras su nombre.
Pero si en alguna ocasión pasas por allí al atardecer, cuando el bullicio de la Gran Vía comienza a apagarse y las sombras se alargan entre los edificios, quizás puedas imaginar a aquellos dos caballeros con las espadas en alto, detenidos en seco por la visión de aquella dama velada que, según la tradición, aún sigue recorriendo sus adoquines en busca de nuevos desengaños que sembrar entre los desprevenidos transeúntes.
Porque en Madrid, como ya hemos comprobado en otras entregas, las calles hablan, y algunas de ellas, como la del Desengaño, aún conservan el eco de una noche en que el más allá se cruzó en el camino de dos hombres para recordarles que no todo lo que parece real lo es, y que la muerte, a veces, también tiene rostro de doncella y se pasea por las calles del centro a la hora menos pensada.