Seres de leyendas de Madrid Leyenda 14
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Leyenda 14

Catalina González, la Panderetera de la calle Ventanilla

"Desde su ventana cantaba, y los hombres la oían; desde su tumba regresa, y los hombres la huyen."— Copla del barrio de La Latina

D etengámonos ahora para hablar de una de las leyendas más castizas, olvidadas y a la vez fascinantes del viejo Madrid, un fantasma que no vaga por palacios ni por conventos, sino por esa fina línea que separa la admiración popular de la envidia mortal.

Hablamos de Catalina González, más conocida por todos como la Panderetera, una joven de extraordinaria belleza y simpatía que habitó en la calle Ventanilla —una pequeña travesía que ya no existe, situada entre la calle Bailén y el viaducto de Segovia—, y cuya leyenda nos retrotrae a los siglos en que los mentideros madrileños dictaban sentencia sobre la vida y milagros de sus vecinos.

En el Madrid de los Austrias, entre los actuales barrios de Palacio y La Latina, vivía Catalina en una modesta casa de la que era su mayor tesoro: un ventanuco, una pequeña abertura en la fachada que daba a la bulliciosa costanilla.

Desde allí, la joven, que según la tradición era lutier o artesana de instrumentos musicales con especial destreza en la construcción de flautas, panderetas y chicharras, alegraba las horas muertas canturreando y tocando su inseparable pandereta, un sonido que pronto se convirtió en la banda sonora del barrio.

Su cara angelical y su simpatía natural no tardaron en atraer a todo tipo de viandantes, que paraban hechizados bajo su ventana para escucharla, mientras las mujeres del lugar, presas de los más bajos instintos, la miraban con una envidia difícil de disimular.

Tal era su fama, que en el Madrid de la época acuñaron incluso el término “panderetero” para referirse a aquellos hombres que, seducidos por Catalina, descuidaban sus obligaciones conyugales para hacerle la corte, un sinónimo de infidelidad que ha llegado hasta nuestros días.

Pero la admiración que despertaba tenía su precio. Cuenta la tradición que Catalina sufrió varios ataques por parte de mujeres celosas, y que en una ocasión llegaron incluso a intentar prender fuego a su casa para acabar con ella.

No se sabe a ciencia cierta si la causa de su muerte fue natural, achacable a algún atentado o fruto de una maldición, pero lo que está claro es que tras su fallecimiento algo extraño comenzó a suceder en aquella casa.

Los vecinos aseguraban que, al caer la noche, el pálido y precioso rostro de la joven volvía a asomarse a su ventana, como si la muerte no hubiera sido suficiente para apartarla de su lugar favorito.

Y aún hay más: se llegó a decir que algunos hombres, quizás víctimas de un embrujo o de un amor enfermizo, entraron en la casa tras la muerte de Catalina e intentaron poseer sus restos, para no volver a salir jamás por la puerta principal.

La casa, que nunca volvió a ser habitada, fue derruida con el paso del tiempo, y la calle Ventanilla desapareció del callejero de Madrid, absorbida por la modernidad.

Pero el recuerdo de Catalina perduró en la tradición oral, y su fantasma, el de la Panderetera, se convirtió en la personificación de la venganza desde el otro mundo, un escarmiento para los hombres que no saben controlar sus impulsos y para las mujeres que se dejan llevar por una envidia maliciosa.

La leyenda de Catalina González es un vivo ejemplo de cómo el Madrid castizo y popular siempre ha sabido convertir a sus vecinos más carismáticos en seres de leyenda, para bien o para mal, y de cómo la memoria de un barrio, con sus mentideros y sus chismorreos, puede sobrevivir incluso a la desaparición física de sus calles.

Quien se acerque hoy al viaducto de Segovia o pasee por las inmediaciones de la calle Bailén, debería recordar que bajo el asfalto y las nuevas construcciones aún yace el recuerdo de una mujer de belleza perturbadora, una artesana de panderetas cuyo espíritu, según los más antiguos del lugar, sigue buscando su ventana para cantar a los transeúntes una melodía que ya nadie puede oír, pero que todos deberían temer.