Leyenda 13
Cirilo, el espectro de la Plaza Mayor
"Si cruzas la Plaza Mayor cuando el reloj da las dos, no mires al soportal de la Carnicería. Cirilo aún paga por un crimen que nunca cometió."— Advertencia popular del Madrid castizo
S i hay un lugar en Madrid donde la muerte y la fiesta siempre han bailado juntas, ese es la Plaza Mayor, corazón de la capital y escenario durante siglos de todo tipo de eventos públicos: desde corridas de toros y procesiones religiosas hasta los más cruentos autos de fe y ejecuciones capitales.
Precisamente en ese pasado ominoso, en aquella costumbre de ajusticiar a los reos ante la mirada ávida del populacho, se gestó una de las leyendas más sólidas y emblemáticas de nuestro folclore, el espectro conocido popularmente como Cirilo, el fantasmaoficialde la Plaza Mayor, cuya fama ha trascendido el tiempo y se ha convertido en un personaje más del imaginario castizo madrileño.
Para situarnos en contexto, recordemos que desde bien entrada la Edad Moderna, la actual Plaza Mayor, entonces conocida también como Plaza del Arrabal, fue el lugar habitual donde la justicia del rey, y en ocasiones la del Santo Oficio, hacía efectivas sus sentencias.
Allí era donde concurrían las ejecuciones de todo tipo de reos: hechiceros, asesinos, nobles traidores y bandoleros, que, según las crónicas, sufrían garrote vil o morían ahorcados en los patíbulos que se levantaban frente a la Casa de la Panadería y la Carnicería.
Centenares de personas exhalaron así su último aliento con la visión de los soportales y el suelo empedrado, mientras los vecinos de las viviendas anexas presenciaban la escena casi desde sus balcones.
No es de extrañar, por tanto, que no tardaran en comenzar a propagarse los más variados rumores y fenómenos extraños, siendo el espectro de uno de aquellos ajusticiados el que acabaría por encarnar el miedo colectivo: Cirilo.
Según cuenta la tradición, alimentada por los chascarrillos populares y documentada por la costumbre oral de generaciones, Cirilo fue uno de los primeros ajusticiados sobre los que se empezó a tejer la leyenda en el siglo XVII.
Los relatos más extendidos aseguran que este infeliz se aparecía con preferencia en el soportal de la Carnicería (en el lugar donde hoy se encuentra un conocido hotel), justo donde él, o alguna de las almas que corrieron su misma suerte, había sido ejecutado con un hacha.
Su aparición, lejos de ser una visión grandiosa, era la de una sombra sigilosa que se ocultaba en los rincones más oscuros y solo se mostraba a aquellos caminantes rezagados que osaban cruzar la plaza en las altas horas de la madrugada.
Bautizado popularmente como el fantasma oficial de la plaza, su fama se disparó sobre todo a raíz de un suceso que conmocionó a la capital y que los madrileños de la época interpretaron como una maldición de los espectros ajusticiados: el gran incendio que asoló la Plaza Mayor en 1631.
Las llamas, que tardaron tres días en ser sofocadas, devastaron más de cincuenta casas y buena parte del perímetro original, lo que fue visto por la supersticiosa población del siglo XVII como un castigo enviado desde el infierno por todas aquellas almas que allí habían sido ejecutadas.
El pánico cundió de tal manera que, en señal de protección, los vecinos y las autoridades comenzaron a colocar imágenes de vírgenes y santos en las fachadas, con el objetivo de alejar a los espectros que, según se decía, deambulaban ya sin ningún pudor entre los soportales.
Con el paso de los años, la leyenda de Cirilo no ha hecho más que consolidarse en el acervo popular madrileño, hasta el punto de convertirse en un recurrente tema de las rutas de misterio y en un atractivo turístico más de la capital.
Son muchos los que afirman haber sentido en sus paseos nocturnos un cambio brusco de temperatura, un olor extraño o una leve sombra que se desvanece al intentar enfocarla, fenómenos asociados tradicionalmente a la presencia del espectro.
Incluso se dice, con un deje de humor castizo, que quien no ha visto a Cirilo en la Plaza Mayor no ha estado de verdad en ella.
La tradición, en este caso, ha tenido a bien poner nombre y apellidos (o al menos un nombre, que no es poco) a una de las almas en pena más famosas de la ciudad, convirtiendo a un ajusticiado anónimo en todo un símbolo del Madrid más popular y legendario.
Cirilo representa así la memoria de aquellos centenares de desgraciados que, por ignorancia o por maldad, pagaron con su vida en el patíbulo de la plaza.
Su espectro, que aún ronda en la noche, no es el de un gran poeta ni el de un rey, sino el del pueblo llano, el de un hombre común cuya injusta o merecida muerte se transformó en un eco eterno que aún resuena cada noche bajo los soportales.
La próxima vez que pasees por la Plaza Mayor a altas horas de la madrugada, cuando el bullicio haya cesado y solo quede el eco de tus pasos, acuérdate de Cirilo.
Porque quizás, si el silencio es completo, podrás escuchar un leve crujir de cadenas o percibir, de reojo, una sombra que aguarda en el arco de la antigua carnicería.
Un sombra que lleva más de tres siglos esperando a que alguien la reconozca y, tal vez, la libere de su condena.