Seres de leyendas de Madrid Leyenda 12
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Leyenda 12

El perro negro de El Escorial, el can infernal que aterrorizó a Felipe II

H emos cruzado puertas de palacios, iglesias y conventos, pero aún no hemos traspasado el umbral de uno de los monumentos más emblemáticos de la Comunidad de Madrid, un lugar que no solo es patrimonio de la humanidad, sino también una de las supuestas puertas del infierno en la tierra.

Hablamos del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, ese coloso de granito levantado por voluntad de Felipe II, cuyas piedras no solo encierran la grandeza de un imperio, sino también el eco de una de las leyendas más antiguas y sobrecogedoras de nuestra región: la del perro negro, un can infernal que aterrorizó a los obreros y al propio monarca durante la construcción del complejo.

Una tradición que se remonta al siglo XVI y que ha llegado hasta nosotros a través de crónicas, documentos y la transmisión oral generación tras generación.

Corría el año 1563 cuando Felipe II, el rey más poderoso de la tierra, ordenó levantar en las áridas estribaciones de la Sierra de Guadarrama un monumento que sirviera como panteón real, monasterio, biblioteca y basílica.

El lugar escogido no era baladí, pues según la tradición, aquel paraje era considerado una de las siete puertas del infierno que supuestamente existían sobre la faz de la tierra, al igual que la ciudad italiana de Turín.

El propio monarca, profundamente supersticioso, creía firmemente que allí se abría un acceso al mundo subterráneo, y su propósito era sellarlo para siempre con la construcción del monasterio consagrado a San Lorenzo.

Lo que el rey no imaginaba es que aquella puerta infernal, lejos de cerrarse, se abriría de par en par para dar paso a una presencia diabólica que paralizaría las obras en más de una ocasión.

Apenas comenzaron los trabajos de cimentación, los obreros empezaron a notar una presencia extraña en la zona durante las noches.

Un enorme perro negro, de ojos encendidos como dos brasas, deambulaba entre los andamios y los materiales de construcción, emitiendo unos aullidos y ladridos tan aterradores que los trabajadores, presa del pánico, huían despavoridos y se negaban a regresar a sus puestos.

Los más osados que se atrevieron a observarlo de cerca aseguraban que sus ojos eran rojos como el fuego del averno y que se movía de manera sobrenatural, como si fuera un espectro o un espíritu maligno.

El pánico cundió entre la cuadrilla de albañiles, canteros y artesanos, y las obras tuvieron que paralizarse en varias ocasiones ante la negativa de los trabajadores a seguir desempeñando su labor.

Mientras tanto, las interpretaciones sobre el origen de aquella bestia infernal no se hicieron esperar.

Unos dijeron que era un emisario del demonio enviado para impedir la construcción del templo; otros, más críticos con la política del monarca, afirmaron que era un castigo divino por los excesivos impuestos que Felipe II había impuesto a Castilla para financiar la magna obra.

Incluso hubo quienes prefirieron ver en el animal a un guardián, un protector del lugar sagrado que vigilaba los trabajos sobre un terreno considerado maldito.

El rey, alarmado por los rumores y temiendo que la superstición paralizara definitivamente su proyectado panteón, decidió tomar cartas en el asunto.

Ordenó a sus guardias que capturaran al animal fuera como fuese, y así lo hicieron.

Una vez apresado, Felipe II mandó ahorcar al perro en una de las torres del monasterio, cerca del refectorio, y su cuerpo permaneció colgado durante meses como escarmiento y advertencia para todos aquellos que creyeran en apariciones diabólicas.

Una versión más prosaica, aunque igual de inquietante, apunta que el animal no era un ser demoníaco, sino el sabueso extraviado del marqués de Navas, un consejero del rey que quedó atrapado en el recinto sin encontrar la salida.

Pero lo más sobrecogedor de esta leyenda está aún por llegar.

Dicen las crónicas que, a pesar de su ejecución, el monarca jamás logró librarse de la presencia del can infernal.

Cuando Felipe II, ya anciano y enfermo, regresó a El Escorial para pasar sus últimos días de vida, los trabajadores y los monjes aseguraban que aún se escuchaban en la distancia los lúgubres ladridos y aullidos del animal, que parecían surgir de las entrañas de la tierra, como si su espíritu maligno se hubiera quedado atrapado entre aquellos muros para siempre.

Cuenta la tradición que el rey, atormentado por aquellos sonidos que nadie más podía explicar, llegó a reunir más de 7.

000 reliquias de santos y mártires con las que pretendía proteger el monasterio de posibles influencias malignas, un botín sagrado que aún hoy se conserva en la cripta del Real Monasterio.

Pasaron los siglos, y la leyenda del perro negro de El Escorial no solo no desapareció, sino que se consolidó como uno de los relatos más emblemáticos del folclore madrileño.

A día de hoy, son muchos los visitantes y trabajadores del monasterio que aseguran haber sentido en sus paseos nocturnos una presencia extraña, o haber escuchado en la lejanía unos aullidos que parecen provenir de tiempos pretéritos.

Algunos incluso afirman haber visto, entre la bruma que a menudo envuelve la mole de granito durante las noches de invierno, la silueta fantasmal de un gran perro negro que merodea entre las torres y las almenas, protegiendo quizás el lugar que durante tantos siglos fue considerado la mismísima puerta del infierno en la tierra.

Esta es la leyenda de aquel can diabólico que aterrorizó a un rey y a todo un ejército de obreros, un relato que nos recuerda que la historia oficial de nuestro patrimonio a menudo se solapa con otra historia más secreta y sobrecogedora, aquella que nos habla de puertas infernales y guardianes espectrales que aún hoy velan por los lugares sagrados del Madrid más antiguo.

Quien visite el majestuoso Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, admirado por su arquitectura y por las obras de arte que alberga en su interior, jamás debería olvidar que bajo sus cimientos, según la tradición, se abre una puerta a las tinieblas, y que su guardián, un perro negro de ojos rojos y aullido eterno, sigue recorriendo sus torres y sus pasillos, fiel a su cometido desde hace más de cuatro siglos.

La próxima vez que el viento de la sierra silbe entre las piedras del coloso escurialense, escuche con atención.

Puede que no sea el viento, sino el lamento de aquel can infernal que aún recuerda cómo fue arrancado de la vida y cómo su espíritu se quedó para siempre entre estos muros consagrados a Dios, pero también, por siempre, a la leyenda.